«Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria” escribió el Premio Nobel de Literatura, Louise Glück.
Además de periodista, soy profesora reemplazante de primaria. Trabajo especialmente con niños en edad preescolar, es decir de 3 a 6 años. “¡Me gustan tus aretes de plumas!”, “Y, tú ¿quién eres?”,” Profe, hoy es mi cumpleaños” “Gaby, el Nico me robó mi lápiz” “Tú ¿tienes papás?” “A mí también me gustan los aretes”. Así inició una clase la semana pasada. Apenas los mini alumnos ven que no entra la profe titular, la curiosidad les hace revolotear por el aula haciendo miles de preguntas, otros más absortos en sus propios proyectos como una torre de legos o pulseras de perlitas, ni se inmutan que he llegado.
Sus delicados cuerpitos comienzan a hacer un círculo en los cojines sobre el piso mientras me siento frente al pizarrón haciendo sonar una campanita. La mirada de los infantes es de una inquisición absoluta, enorme, apabullante. Gritan, sí, porque están aprendiendo a modular la voz. Interrumpen, sí, porque todavía no saben de sumisión. Corren, sí, porque sus piernas tienen la fuerza necesaria para andar el mundo. Ríen, sí, a carcajadas, porque sus mentes prístinas todavía no han sido manchadas de problemas, en la mayoría de casos.
La infancia es un grupo etario olvidado. Eso aprendí en un diplomado en periodismo enfocado en la niñez. La capacitación fue virtual, no duró ocho meses, no se si valga el cartón, sin embargo, junto a colegas de toda Latinoamérica aprendimos, por ejemplo, que invertir en la niñez es muy rentable: por cada dólar que el Estado ponga, recuperaría hasta 17 dólares a mediano y largo plazo.
En Ecuador hay 4.3 millones de niños y niñas entre 0 y 12 años. La mitad vive en situación de pobreza por Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI). De sus vidas, sus necesidades, su futuro, no hablamos. No están en la coyuntura ni en la opinión pública más allá de las fotos electorales. Los niños y niñas solo son noticia cuando son víctimas: de violencia física o sexual, de balaceras, de reclutamiento de grupos criminales, el menú de tragedias es enorme.
Según una nota de Primicias una de cada 10 víctimas mortales, en Ecuador, es un menor de edad. Entre enero y abril Ecuador registró 205 muertes violentas de menores de edad. Once eran infantes, o sea no llegaron a los 11 años. Algunos de los casos, producto de violencia intrafamiliar.
Los niños no están seguros ni fuera ni dentro de casa. Padres y madres agotados, cansados, estremecidos por una realdad que nos exige hasta niveles imposibles de producción, en un país tomado por el miedo y la inseguridad; ¿qué fuerza tenemos para criar, amar, y dar afecto a los niños?
¿Cuándo dejamos de entender que para criar a un niño se necesita toda una comunidad? ¿Lo supimos alguna vez? El actual ritmo de vida casi no permite tiempo para educar, quizá eso es lo que empuja a las nuevas generaciones a no tener hijos. El INEC calcula que en 2050 Ecuador tendrá más adultos mayores, menos niños y adolescentes ¡Qué aburrido!
Trabajar con niños me ha permitido tener las conversaciones más profundas, honestas, reales de mi vida. Mirar como niños, quizá nos permitiría resolver algunos problemas que como adultos lo estamos embarrando. Creo que es momento que, como ciudadanos, así como damo lucha por la voz de los ríos, de las diversidades, de las libertades, a ver si nos juntamos para incluir en las agendas al grupo que, sin saber, es el que puede salvar la especie.
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