Hay una regla no escrita en la política que se cumple con puntualidad implacable: cuando se acerca un proceso electoral y las autoridades buscan la reelección, las obras brotan por doquier y las calles se abren en canal. Quito atraviesa exactamente esa fase, con una presión adicional que se impuso la propia Alcaldía: lograr 3001 obras, muchas de ellas viales, antes de que finalice el período de Pabel Muñoz. La campaña comunicativa y la ejecución de los trabajos comenzaron hace un buen tiempo y, de acuerdo con la información oficial del Municipio, todavía nos espera un largo rato de calles cerradas, uso de vías alternas, desvíos obligatorios, trancones interminables, ruido ensordecedor y, por supuesto, una preocupante contaminación ambiental.
Sin duda, hay quienes están satisfechos y aplauden la gestión porque sueñan con que sus automóviles dejen de caer en los huecos que arruinaban las vías intervenidas. Pero hay otros tantos que, sin dejar de reconocer la importancia y la necesidad de los trabajos, desearían que estos se hubiesen desarrollado de una manera mucho más ordenada, lógica y planificada.
Para quienes viven en la capital y en sus valles colindantes no es ninguna novedad que en los meses de julio y agosto el sol y el calor se apoderan de la ciudad con fuerza. Y si de por sí el tráfico suele ser un dolor de cabeza diario —aunque hay que reconocer que por las vacaciones escolares baja un poco la cantidad de vehículos en circulación—, con tanto cierre simultáneo simplemente no hay por dónde ir. Ni Google Maps, ni Waze, ni Apple Maps garantizan una ruta lógica que permita movilizarse con cierta facilidad, porque todo está colapsado.
Ahora deténgase un momento a imaginar lo que significa soportar esto todos los días, durante varias semanas o meses seguidos: no solo tener que salir mucho más temprano de casa y demorarse el triple en ir de un lugar a otro, sino tener que hacerlo bajo los efectos de un calor sofocante, un brillo deslumbrante por la cantidad de radiación solar de la época, densas nubes de polvo, humo espeso de la maquinaria que labora en las vías, pitazos ensordecedores y conductores estresados que lanzan los carros unos contra otros. Hay que armarse de una paciencia inquebrantable y de pensamientos sumamente positivos para poder aguantar ese ritmo frenético e impositivo en el que nos tienen sumidos.
Sin embargo, los verdaderos héroes y víctimas invisibles de esta dinámica no están al volante con aire acondicionado, sino en la calle, a pie, hablo de los transeúntes. Ellos deben prolongar sus caminatas en medio de alertas constantes de riesgo por los rayos UV, en una sociedad donde la cultura de usar sombrero, paraguas protectores, prendas de mangas largas y beber suficientes líquidos —o, de ser posible, evitar salir a las horas pico de radiación— sencillamente no existe. Y la explicación es doble: no solo no estamos educados ni habituados a esos cuidados preventivos, sino que miles de personas se dedican obligatoriamente a las ventas informales y, por lo tanto, no tienen opción: o aguantan las quemaduras solares en las esquinas o no comen ni ellos ni sus familias.
El libre acceso al espacio público es un derecho fundamental, al igual que lo es contar con servicios municipales de calidad. También lo es poder desplazarse en tiempos previsibles y con absoluta seguridad, contemplando que esta última no solo se refiere a la delincuencia común, sino también a los peligros de estar expuestos a un calor extremo que en los autobuses públicos no alcanza con abrir las ventanas. Un poco de orden, empatía y mejor organización urbana se agradecerían con creces, incluso mucho más que pretender presumir una cifra récord tapando los miles de baches que hay y que, lamentablemente, seguirán presentes pese a la prisa electoral.
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