Existe una premisa profundamente humana que rara vez ocupa las primeras páginas de los tratados de biología. El ser humano es la única especie capaz de cooperar a gran escala con sus muertos. Vivimos rodeados de personas que ya no existen. Conversamos con ellas cada vez que abrimos un libro, aplicamos una ley, resolvemos una ecuación, admiramos una catedral o incluso encendemos el ordenador o la laptop desde donde usted, apreciado lector, está repasando estas líneas inútiles y palabreras.
Casi nada de lo que sabemos en esta vida lo hemos descubierto nosotros. La inmensa mayoría de nuestras certezas, de nuestros conocimientos y de las herramientas que hacen posible la vida contemporánea fueron imaginadas por mujeres y hombres cuyos nombres, en muchos casos, el tiempo ya ha borrado. La ciencia que explica el universo, la filosofía que interroga el sentido de la existencia, el derecho que organiza la convivencia o la literatura que fortalece al espíritu son herencias recibidas. Habitamos una civilización edificada por ausentes. Por nuestros muertos.
Pero este fenómeno resulta aún más extraordinario cuando entendemos que opera en ambas direcciones. También vivimos para quienes todavía no han nacido. Plantamos árboles cuya sombra nunca disfrutaremos. Levantamos universidades para estudiantes que jamás conoceremos. Escribimos libros con la esperanza de que un lector futuro encuentre en ellos una pregunta, una respuesta o una buena compañía. Nuestra existencia se desarrolla entre dos generaciones invisibles; la de quienes nos precedieron y la de quienes nos sucederán.
Hace casi dos mil quinientos años, Tucídides confesaba, al iniciar La guerra del Peloponeso, que no aspiraba a conquistar el aplauso inmediato, sino a escribir una obra que permaneciera como una posesión eterna para todas las generaciones. Aquella ambición no era vanidad; era un acto de confianza en la continuidad de la experiencia humana. Escribir para los desconocidos del futuro era reconocer que el conocimiento constituye el único patrimonio capaz de derrotar, aunque sea parcialmente, al tiempo.
Algo semejante expresaría siglos después Marco Tulio Cicerón al recordar que «no hemos nacido solamente para nosotros». Nuestra vida siempre pertenece, en alguna medida, a otros. A los que estuvieron antes y a los que vendrán después. Por eso comprender es, ante todo, reconocer. Reconocer que pensamos con ideas heredadas, hablamos una lengua que no inventamos y habitamos instituciones que otros imaginaron mucho antes de nuestro nacimiento. Somos el resultado de innumerables generaciones que acertaron, se equivocaron, construyeron, destruyeron y, aun así, nos entregaron un mundo infinitamente más complejo que el que recibieron.
La memoria colectiva no consiste en venerar un pasado perfecto, porque nunca lo fue. También heredamos errores, injusticias y tragedias. Sin embargo, incluso esos fracasos contienen lecciones que ninguna generación debería despreciar. Olvidar el pasado no nos hace más libres; únicamente nos condena a recorrer, con ingenuo entusiasmo, caminos que otros ya demostraron equivocados.
Quizá por eso la gratitud sea una de las formas más elevadas de la inteligencia. Honrar a quienes nos precedieron no significa convertirlos en santos, sino reconocer que nuestra existencia descansa sobre sus esfuerzos, sus dudas y también sobre sus imperfecciones.
Vivimos, en definitiva, en un incesante diálogo con los muertos para cumplir una única responsabilidad. La de entregar a los vivos del mañana un mundo que merezca, al menos, el mismo agradecimiento que nosotros le debemos al ayer.
Buenos Aires, julio de 2026
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