InicioOpiniónLa última tentación de los héroes
Pablo Begnini
Pablo Begnini
Director académico de Relaciones Internacionales de la Universidad Hemisferios en Quito. Historiador. Profesor investigador de paz y conflicto, geopolítica y asuntos humanitarios. Redes: X: @begnini IG:@pablo.begnini

La última tentación de los héroes

He estado releyendo El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien. Los años le dan a uno otros ojos y esa historia en la que un hobbit recibe la misión de destruir un anillo capaz de someter a todos los pueblos de la Tierra Media, tiene todavía mucho que enseñarnos. Aprovecho la cuña y por supuesto recomiendo su lectura. Volver a esas páginas me ha devuelto una pregunta que considero inmemorable, ¿puede el ser humano seguir siendo bueno aun cuando tenga el poder de hacer cualquier cosa sin consecuencias? Platón ya había imaginado esa tentación. En La República, se relata la historia del anillo de Giges. Un pastor descubre un objeto que le permite volverse invisible y, amparado en la impunidad, termina asesinando al rey y apoderándose de su trono. La pregunta es sencilla y recurrente, ¿seríamos justos si nadie pudiera descubrir nuestras injusticias?

Tolkien recoge esa antigua inquietud y la transforma en literatura. Pero el poder del Anillo Único en su obra no consiste en permitir el mal. Su verdadera hechicería es más sutil. Modifica aquello que consideramos razonable y altera nuestras convicciones para cambiar lo que creíamos inaceptable por lo que ahora juzgamos como necesario.

Boromir encarna esta tragedia. El personaje no desea el Anillo por maldad; sino para salvar al reino de Gondor, su patria amenazada. Esa tentación nace de una intención comprensible, utilizar el poder para defender el bien común. Y ahí comienza el peligro. El poder absoluto rara vez se presenta con rostro de maldad. Prefiere comparecer vestido de urgencia o patriotismo. Primero promete salvar el mundo y después nos convence de que solo nosotros sabemos cómo hacerlo.

En esta intuición hay una profunda resonancia platónica. Para el filósofo griego, la justicia no radica en obedecer las leyes, sino en alcanzar un orden interior en el que las pasiones no usurpen el lugar de la razón. El miserable Gollum es la representación literaria de esa derrota. Su obsesión por el Anillo ha desfigurado su identidad hasta convertirlo en una criatura decadente, prisionera de su deseo. Gollum no posee el tesoro; es el tesoro quien lo posee a él. En contraste está Samsagaz Gamyi, quizá uno de los personajes más entrañables de toda la literatura y el amigo que todos soñamos tener. Durante un breve instante, Sam tiene el Anillo en sus manos. Imagina entonces un Mordor convertido en un jardín espléndido, un paisaje florecido donde antes reinaban las cenizas. También él sueña con la grandeza, pero en poco comprende lo absurdo de su fantasía. El no necesita conquistar el mundo. Le basta con regresar a su pequeño jardín en la Comarca.

En ese gesto reside una sabiduría extraordinaria. Sam no renuncia al bien; renuncia a confundirlo con su propia voluntad de dominio. Comprende que salvar la vida no exige poseerla entera. Por eso quizá la última tentación del héroe consista, precisamente, en querer convertirse en uno. Descubrir que puede gobernarlo todo y concluir que, por ello, debe hacerlo.

Tolkien responde así al dilema de Platón. La resistencia a la tiranía no depende de la perfección moral, sino de la capacidad de reconocer nuestros límites. Los monstruos no siempre son quienes desean el mal, sino que con frecuencia son quienes consiguen convencerse de que mandar sobre todos se justifica en su propio bien.

Lo que asusta es que esa tentación es atávica, eterna y aterradoramente actual. Frente a ella, tal vez la forma más alta de la libertad consista en recordar que no necesitamos un mundo sometido a nuestros pies. A veces, para salvar la Tierra Media, basta con tener el valor de reconocer que seríamos felices con nuestro pequeño jardín y con quien compartirlo.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.