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César Ricaurte
César Ricaurte
Periodista ecuatoriano con más de tres décadas de trayectoria y cofundador de Fundamedios, organización dedicada a la defensa de la libertad de expresión y el fortalecimiento del periodismo independiente en Ecuador y la región. Su trabajo ha sido reconocido internacionalmente por su aporte a la protección de los derechos y la libertad de prensa.

El Niño ya sabe el guion. ¿Y nosotros?

Una calle convertida en río, una familia rescatando colchones y documentos, un puente que desaparece, cultivos bajo el agua. Hay imágenes que en Ecuador conocemos demasiado bien y que después sabemos tendrá una imagen gemela, la que cierra el ciclo cada cierto número de años: la autoridad con botas de caucho recorriendo el desastre, prometiendo que esta vez será distinto.

El Niño está de vuelta, y los pronósticos inquietan: hay cerca de 69% de probabilidad de que alcance magnitud histórica entre octubre y diciembre de este año, con anomalías de temperatura de hasta 4 grados sobre lo normal en el Pacífico. Ecuador ya declaró alerta roja. Según los propios escenarios de las autoridades, retomados por Plan Internacional, alrededor de 1,3 millones de personas estarían potencialmente expuestas, 390.000 de ellas niñas, niños y adolescentes.

Entonces regresa la pregunta de siempre: ¿estamos preparados? Habría que formularla distinto: ¿cuántas veces necesita un país repetir el mismo desastre antes de dejar de llamarlo emergencia?

El Niño no es un desconocido. Ecuador ya sufrió los episodios devastadores de 1982-83 y 1997-98, cuando pueblos enteros quedaron incomunicados semanas, la producción agrícola de la Costa se hundió y miles de familias perdieron todo lo que tenían. Sabemos exactamente qué ocurre cuando lluvias extraordinarias encuentran ciudades con drenajes insuficientes, ríos sin dragar, carreteras vulnerables y barrios enteros asentados donde nunca debieron construirse. No es una tragedia impredecible: es un guion que ya hemos visto, con el mismo elenco de causas evitables.

Esta vez hay una diferencia real, y conviene reconocerla sin ironía: el Estado no está esperando a que empiece a llover. Existe un Plan de Acción Nacional para El Niño 2026-2027, con mapas de riesgo, sistemas de alerta temprana, planes provinciales y cantonales, albergues identificados y algunas obras preventivas en marcha. Comparado con el desconcierto de otras décadas, es un avance que merece reconocerse.

Pero un plan no detiene una inundación. Un presupuesto anunciado no draga un río. Un mapa de riesgo no evacúa a una familia si nadie le explicó antes qué hacer cuando suene la alerta.

La diferencia está en la ejecución, y ahí los números son menos alentadores. Según la Secretaría de Gestión de Riesgos, 49 municipios tuvieron que corregir sus planes de contingencia por fallas de fondo: zonas de riesgo mal delimitadas, acciones sin presupuesto asignado, cronogramas que no calzan con la llegada del fenómeno. Hasta hace pocos días, 27 cantones fuera de zona de alerta y uno dentro de ella, El Triunfo, seguían sin entregar sus planes. No son detalles administrativos. Son la diferencia entre un municipio que sabe qué hacer el día de la emergencia y uno que lo improvisará.

Y conviene mirar con lupa los célebres 650 millones de dólares que el Gobierno repite en cada rueda de prensa. La cifra exacta, según el propio Plan de Acción Nacional, es 649.308.981,31 dólares, y no es un fondo nuevo creado para la emergencia: es presupuesto institucional que los ministerios ya tenían asignado para este año, reetiquetado como respuesta a El Niño. La mitad está en Salud, una cuarta parte en Ambiente y Energía, el resto repartido entre el IESS, Transporte y otras carteras. El dato incómodo es que el Ministerio de Gobierno, el que más ha publicitado esa cifra, no recibió ni un dólar adicional en ella. Repetir un número no equivale a crear un fondo, y la diferencia le importa a cualquier familia que espere protección real, no contable.

Por eso las preguntas que importan son otras, más aburridas y más necesarias: ¿cuánto se ha ejecutado?, ¿qué obra está terminada?, ¿qué río fue dragado?, ¿qué puente fue reforzado?, ¿qué comunidad sabe qué hacer cuando suene la alerta? Ninguna de ellas admite una respuesta genérica, y ese es justamente el punto: la prevención se mide obra por obra, no comunicado por comunicado.

El Niño pone la lluvia. La magnitud del desastre la ponemos nosotros.

Ecuador tiene, esta vez, planes, mapas, alertas y un número de recursos identificado. Falta comprobar lo único que de verdad importa: que toda esa preparación exista también fuera del papel, cuando llegue el agua.

Porque El Niño siempre vuelve. La pregunta es si nosotros aprendemos.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.