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César Ricaurte
César Ricaurte
Periodista ecuatoriano con más de tres décadas de trayectoria y cofundador de Fundamedios, organización dedicada a la defensa de la libertad de expresión y el fortalecimiento del periodismo independiente en Ecuador y la región. Su trabajo ha sido reconocido internacionalmente por su aporte a la protección de los derechos y la libertad de prensa.

Diez años como testigos de cargo

En octubre de 2016, cuando pusimos en marcha Ecuador Chequea, todavía creíamos que frente a una mentira bastaba con reunir los hechos, contrastar las fuentes y dejar que la razón hiciera el resto. Conocíamos de sobra la capacidad del poder para fabricar sus propias verdades, veníamos de una década de hostigamiento contra el periodismo independiente, y aun así ninguno de nosotros imaginaba hasta dónde llegaría la degradación del debate público en los años siguientes.

Nacimos a siete meses del final del gobierno de Rafael Correa, cuando su maquinaria de propaganda y disciplinamiento de la prensa parecía construida para durar. Habíamos visto medios asfixiados hasta el cierre, periodistas llevados a juicio por sus libros y sus columnas, a un caricaturista como Bonil obligado a «rectificar» un dibujo y una Ley de Comunicación convertida en instrumento de intimidación. Desde Fundamedios llevábamos años documentando aquellos atropellos y habíamos aprendido que al autoritarismo no le basta con controlar la información: necesita que los ciudadanos acepten su versión de los hechos como la única legítima.

Ecuador Chequea nació de esa lección. Una organización de defensa de la libertad de expresión decidía someter las declaraciones del poder al escrutinio de los datos, algo elemental en cualquier democracia y, en aquel Ecuador, una pequeña irreverencia.

Seis meses antes, el terremoto del 16 de abril había dejado a Manabí entre escombros. Vista desde hoy, la década que empezó entonces se parece a una réplica que no termina: sacudidas políticas, tecnológicas, económicas y sanitarias, y en medio de todas ellas un grupo de periodistas empeñados en una tarea aparentemente modesta, la de averiguar qué ocurrió de verdad.

Cuando empezamos ya sabíamos que las plataformas, que habían prometido democratizar la conversación pública, la estaban entregando a algoritmos cuya única preocupación es mantenernos mirando una pantalla; lo que no sabíamos era cuánto daño podía hacer esa entrega en una emergencia. La pandemia nos lo enseñó con su desfile de remedios milagrosos y vendedores de certezas. Mientras los hospitales se llenaban de pacientes, las redes sociales se llenaban de epidemiólogos improvisados, y en Guayaquil, desbordada por la muerte, verificar un rumor sobre medicamentos dejó de ser una especialidad periodística para convertirse en un asunto de supervivencia.

Las crisis siguientes llegaron sin que las anteriores se marcharan. En marzo de 2018, el equipo de El Comercio formado por Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra fue secuestrado en la frontera norte y asesinado semanas después, y el país entendió que el peligro para los periodistas ya no venía solo del poder político. Vinieron luego el avance del crimen organizado, la precarización de los medios y las presiones sobre la sociedad civil, y Ecuador descubrió que podía dejar atrás una etapa autoritaria sin haber construido defensas contra la siguiente.

Hoy tenemos una industria periodística que lucha por sobrevivir, una democracia con síntomas de agotamiento y una tecnología capaz de producir en segundos imágenes, voces y documentos falsos que nadie distinguiría a simple vista. Fabricar una mentira convincente exigía antes cierta destreza; ahora puede bastar una instrucción escrita en un teclado. El costo de falsificar la realidad se ha desplomado mientras el de comprobarla sigue midiéndose en horas de trabajo, fuentes y dinero, una asimetría que conviene muchísimo a los fabricantes profesionales de engaños.

La tecnología, de todos modos, no inventó la propaganda: le dio alcance y la abarató. La materia prima sigue siendo humana, el miedo, el resentimiento y esa vieja disposición a creer cualquier disparate con tal de que confirme lo que ya pensábamos.

Lo nuevo es la intención. A las noticias falsas que circulan por accidente se han sumado sistemas de propaganda que imitan al periodismo: portales con apariencia de medio, operadores que se presentan como comunicadores, cuentas coordinadas que simulan conversaciones espontáneas. No necesitan demostrar que algo es verdadero, les basta con repetirlo hasta que una comunidad lo adopte como parte de su identidad política. Cuando los hechos contradicen el relato, peor para los hechos.

Es lo que llamo el tercer ciclo de censura. Conocimos primero la censura directa, la que cierra medios y lleva periodistas a los tribunales; después aprendimos a reconocer la indirecta, hecha de publicidad retirada, litigios abusivos y campañas de desprestigio. Las dos siguen vigentes, pero la tercera ya no necesita callar a nadie, le basta con ahogar las voces en ruido, sospecha y versiones incompatibles hasta que distinguir entre información, propaganda y falsificación se convierta en un trabajo que pocos ciudadanos tienen tiempo de hacer. El periodista investiga durante semanas, el propagandista publica en treinta segundos, y cuando llega la rectificación la mentira ya tiene feligreses.

En la región el patrón se repite, a veces sin disimulo. Nicaragua y Venezuela son los casos extremos, y en otros países las presiones judiciales, económicas y digitales persiguen lo mismo por caminos menos visibles. Un estudio publicado en 2025 por el Programa de Libertad de Expresión y Derecho a la Información de la Universidad de Costa Rica, la Cátedra UNESCO de la Universidad Diego Portales y Fundamedios estimó en unos 913 los periodistas de quince países latinoamericanos forzados al exilio entre 2018 y 2024. Y el deterioro no es patrimonio de las dictaduras: hay democracias que lo padecen mientras conservan elecciones, tribunales y discursos oficiales llenos de referencias a la libertad.

Mientras tanto, el periodismo pierde el terreno sobre el que construyó su influencia. Según el Digital News Report 2026 del Instituto Reuters, la confianza en las noticias cayó al 37 % en los 48 mercados estudiados, entre los que no figura Ecuador, el nivel más bajo desde que empezó a medirse en 2015, y el 42 % de los encuestados dice evitar las noticias a veces o con frecuencia. ¿Qué le ocurre a una sociedad cuando desconfía de quienes investigan los hechos y entrega su confianza a quienes mejor explotan sus emociones?

He pasado demasiados años en las redacciones y cerca de ellas como para idealizar a la prensa, que ha puesto bastante de su parte, con errores, arrogancias y complicidades, en la erosión de su propio crédito. Por eso mismo valoro tanto la verificación independiente: obliga al periodista a rendir cuentas ante la evidencia y a corregirse cuando se equivoca.

Por Ecuador Chequea han pasado periodistas de varias generaciones. Algunos llegaron cuando aún era relativamente fácil separar una noticia de un montaje; otros empezaron el oficio en un mundo donde una fotografía puede ser sintética, una voz puede clonarse y una declaración presidencial se discute antes de que termine la rueda de prensa. Los he visto discutir una calificación, volver sobre un documento que ya habían leído, buscar una fuente más y resistir la tentación de dar por cierta una afirmación solo porque coincide con lo que piensan. Nos hemos equivocado, y lo hemos dicho, porque lo que defendemos es una forma de trabajar que admite el error y exige demostrar cada conclusión.

Lo que más me satisface de esta década es que aquella apuesta reunió a gente dispuesta a sostener un oficio incómodo en circunstancias cada vez más adversas. Con ellos he visto pasar gobiernos que se marcharon convencidos de su propia grandeza, promesas que envejecieron mal, discursos que se desmoronaron ante un documento y mentiras que, desmontadas una y otra vez, siguen gozando de excelente salud.

Hemos sido, en ese sentido, testigos de cargo, y lo hemos sido también contra nosotros mismos, porque la disciplina de los hechos no admite la dispensa de ninguna simpatía política.

Me ahorraré el inventario de triunfos que suele acompañar a los aniversarios. El país que viene será, me temo, más difícil que aquel en el que empezamos: la desinformación encontrará herramientas nuevas, el poder buscará maneras de escapar al escrutinio y la supervivencia económica del periodismo independiente seguirá siendo una pelea diaria.

Lo que no ha cambiado está detrás de cada verificación. Hace diez años construimos un medio alrededor de una pregunta casi infantil, que ningún periodista debería dejar de hacerse y que todavía incomoda a más de un poderoso: ¿cómo sabemos que esto es verdad?

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.