El debate sobre cómo se construye la política en América Latina suele quedarse atrapado en bibliotecas y conceptos abstractos, distantes de la realidad que viven los ciudadanos a pie. Sin embargo, cuando retomamos las herramientas teóricas y las cruzamos con la crisis que sacude al Ecuador actual, encontramos claves urgentes para entender por qué la democracia cojea y por qué las urnas se llenan de frustración.
En su origen, la teoría política tradicional reducía la lucha social al eje del capital y el trabajo, asumiendo que la identidad del ciudadano dependía rígidamente de su lugar en las relaciones de producción. Este esquema advierte que las sociedades son plurales —los grupos minoritarios, los informales, los jóvenes sin futuro— deben ser incluidos en las demandas sociales.
En el Ecuador de hoy, esta teoría cobra un rostro dramático. Con más de la mitad de la población activa sobreviviendo en la informalidad y una tasa de empleo adecuado que no logra arrojar certezas a los hogares, la política de partidos se vuelve sorda ante las urgencias del día a día. El problema ya no es solo ideológico; es material. Cuando la supervivencia económica pende de un hilo, la política deja de ser un espacio de debate democrático y se convierte en un grito de supervivencia.
A la precariedad laboral y económica se suma el problema que encabeza todas las encuestas de preocupación ciudadana: la inseguridad y la violencia estructural. En un escenario donde el Estado pierde territorio y capacidad de respuesta frente al crimen organizado, la noción misma de «pueblo» como sujeto político se fragmenta.
Bajo la óptica de Mouffe, la política se define por el conflicto y por la capacidad de construir un «nosotros» frente a un «ellos». No obstante, en el Ecuador contemporáneo, ese antagonismo corre el riesgo de ser capturado por la polarización vacía o por el miedo generalizado, donde la demanda ciudadana ya no exige solo participación o derechos, sino algo más elemental: el derecho a vivir sin miedo.
La gran lección que nos deja repensar la teoría política frente al espejo latinoamericano es que la estabilidad macroeconómica o el crecimiento en cifras frías no sirven de nada si no permean el bolsillo y la vida de las mayorías.
La democracia en Ecuador no se salvará con tecnicismos ni con discursos sepultados en dogmas del pasado. Exige, tal como planteaban las bases del pensamiento crítico, articular las demandas dispersas —el desempleo, la inseguridad, la falta de salud y educación pública— en un gran proyecto colectivo que devuelva la dignidad al ciudadano. Si la política institucional es incapaz de dar respuestas a estas urgencias materiales, seguirá abriéndole la puerta al descontento y a la deriva autoritaria.
Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.

