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Andrés Jaramillo Carrera
Andrés Jaramillo Carrera
Docente universitario y estratega de comunicación digital. Experto en Escucha Social e Inteligencia Artificial aplicada a la Comunicación. Redes: X: @andresgaj TikTok: @politicabohemia YouTube: @andresjaramillomedia

Ya no se vive del periodismo

Sin independencia económica, no hay independencia editorial. Esta premisa adquiere particular relevancia en la actualidad, cuando los modelos tradicionales de sostenibilidad de los medios de comunicación han sido arrastrados por las corrientes de la era digital y los renovados autoritarismos.

Hasta ahora, no se ha encontrado una fórmula definitiva que garantice la sostenibilidad económica del periodismo y no ha sido por falta de intentos. Se ha probado casi de todo: eventos pagados, suscripciones, donaciones, consultorías, programas de fidelización, venta de informes de inteligencia de mercado, asesoría en gestión de crisis y hasta entrenamientos para voceros.

La situación ha sido especialmente dura para los medios dedicados al periodismo de investigación y a la cobertura de asuntos políticos y económicos. Es decir, aquellos que suelen resultar incómodos para el poder.

Los medios especializados en información empresarial, tendencias, entretenimiento y deportes han tenido, en términos generales, mejores oportunidades de sostenibilidad, precisamente porque sus contenidos no suelen confrontarse de manera directa.

Por si fuera poco, el clima político, que nunca ha sido particularmente favorable para el ejercicio del periodismo independiente, se ha deteriorado todavía más. Las prácticas autoritarias han incorporado mecanismos cada vez más sofisticados de presión: asfixia económica, campañas de desprestigio digital, agresiones, acoso a familiares de periodistas y represalias mediante organismos de control.

En Ecuador, durante los últimos doce años, el mayor número de medios de comunicación registrados por el Consejo de Comunicación se alcanzó en 2020, con 1.348. Para julio de 2026, la cifra había descendido a 998. Es decir, una reducción del 25,96 % en el número de registros. Aunque esta disminución no equivale necesariamente al cierre de todos esos medios, sí constituye una señal preocupante sobre las transformaciones y dificultades del ecosistema mediático.

A este escenario se suman los casos recientes de Expreso y GK, así como las amenazas y presiones que enfrentan otros medios, entre ellos Ecuavisa, que en cuanto a televisión es básicamente lo que queda.

También debe considerarse la proliferación de canales digitales que se presentan como medios de comunicación, pero que, en la práctica, funcionan como portavoces de intereses vinculados al poder nacional o local.

A ello se añade la compra y apertura de medios con líneas editoriales marcadamente oficialistas, cuyas fuentes de financiamiento son una incertidumbre. ¿De dónde sale el dinero para sostener estas operaciones cuando el periodismo atraviesa una crisis de rentabilidad y cuando los auspiciantes (ya sea por preferencia, miedo o porque tienen rabo de paja) prefieren ceder a las presiones del poder y dejar de pautar en medios críticos.

Sería injusto, además, ignorar las consecuencias de la reforma constitucional de 2011, que incorporó una disposición según la cual las empresas privadas de comunicación de carácter nacional, sus directores y principales accionistas, no pueden ser titulares, directa ni indirectamente, de acciones y participaciones en empresas ajenas a la actividad financiera o comunicacional.

En la práctica, esta restricción limitó las posibilidades de diversificación económica de los grupos propietarios de medios y, con ello, una de las condiciones que pudieron contribuir a sostener una independencia editorial y a los medios.

Si bien la medida respondía a una lógica comprensible de separar los intereses de los grandes grupos económicos del ejercicio de la comunicación, sus resultados merecen una evaluación crítica. La separación formal de intereses no garantiza, por sí sola, la autonomía de los medios frente al poder.

Ocurrió antes y ahora también. Hay serios cuestionamientos sobre las operaciones de compra y cambios de propiedad o control editorial que involucran a medios como El Universo, La Posta, El Hoy, Visionarias, entre otros.

Las relaciones entre sus propietarios, financiadores y actores políticos requieren transparencia y documentación. No basta con cambiar de manos: es necesario conocer quién financia a los medios, cuáles son sus intereses y qué influencia ejerce sobre sus decisiones editoriales.

Frente a este panorama, ¿qué les queda a quienes quieren hacer periodismo o, sencillamente, no saben ni desean dedicarse a otra cosa?

Una opción es convertirse en una suerte de gitanos del periodismo, transitando de un medio alternativo a otro, dependiendo de proyectos y fondos de cooperación internacional para conservar su trabajo. Sacrificar su estabilidad y derechos laborales freelanceando en medios que contratan solo con factura.

Resignarse a alinearse editorialmente para no perder el empleo en medios que alguna vez fueron independientes, pero cambiaron de propietarios o siguen con los mismos dueños, pero han tenido que bajarle ‘dos rayitas’ de criticidad por temor a convertirse en los siguientes en cerrar.

Quizá ha llegado el momento de aceptar una realidad dolorosa: en la era digital, agravada por las presiones autoritarias, el periodismo corre el riesgo de dejar de ser una profesión que permita vivir dignamente de su ejercicio.

Y no hablo únicamente de ingresos económicos, sino también de la posibilidad de encontrar realización profesional en su esencia: investigar, cuestionar, fiscalizar al poder e incomodar cuando sea necesario.

Tal vez sea hora de invertir la ecuación. Quienes deseen ejercer el periodismo independiente deberían primero garantizar su estabilidad económica (estudiar o especializarse en otra cosa incluso) para después dedicarse al periodismo y no al revés.

De algún modo, eso significa regresar a los orígenes, cuando el periodismo era, antes que una actividad económica, una función social. Una tarea que algunas personas asumían después de cumplir con sus obligaciones de subsistencia.

La paradoja es amarga: después de décadas de esfuerzos por profesionalizar el periodismo y convertirlo en una actividad capaz de sostener económicamente a quienes lo ejercen, quizá su independencia termine dependiendo, otra vez, de que los periodistas puedan vivir de algo distinto al periodismo.

Porque al final, sin independencia económica, no hay independencia editorial.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.