Los tiempos mundialistas me han llevado a reflexionar sobre la derrota. En las últimas semanas he observado a diferentes selecciones marcharse eliminadas de la Copa del Mundo. Por supuesto, ninguna de estas despedidas dolió tanto como la de la Tri. Una derrota que me dejó con la sensación de que nunca competimos. La selección se vio superada y todo quedó sentenciado cuando el rival anotó el segundo gol. Luego pasaron más de 60 minutos y en ningún momento tuvimos la sensación de que era posible empatar. Días después observé la remontada de Argentina y publiqué en mi cuenta de X: «Sigo pensando en la forma en la que nuestra selección encaró un 0-2 abajo y cómo lo hizo la selección Argentina. Dos maneras diferentes de enfrentar el mismo problema».
Compartí esta idea con mis colegas profesores y llevamos la discusión hacia la realidad de nuestros estudiantes. Precisamente, a propósito del fin de semestre, vale la pena reflexionar sobre la derrota. Finalizar una materia universitaria significa el cierre de una etapa que tiene dos resultados posibles: aprobación o reprobación. Está claro que nadie quiere repetir una materia. Lo que sucede es que muchos alumnos, cuando se ven reprobados, activan sus estrategias para pedir trabajos o puntos extras que les permitan alcanzar la nota mínima necesaria. Quieren salvar la materia porque se niegan a aceptar el fracaso. No toleran la idea de que fallaron en su objetivo y buscan responsables sin mirarse a sí mismos.
Yo pienso que deben fracasar. Creo que lo necesitan, aunque en ese momento no puedan notarlo. No pretendo negar que a veces los estudiantes lidian con complejas situaciones y que, seguramente, existirá alguna excepción que pueda ser válida; sin embargo, en la mayoría de los casos, las reprobaciones son producto de la falta de disciplina y el incumplimiento de sus obligaciones académicas. En ese contexto, perder se vuelve necesario para que el alumno comprenda que sus actos u omisiones tienen consecuencias. Que no siempre alguien estará ahí para solucionar sus problemas y que es necesario aceptar el fracaso para mejorar. No entiendo un proceso educativo sin contratiempos. Sin retos que obliguen al educando a desafiarse para buscar la verdad.
Ya lo dijo el maestro Jorge Luis Borges: «la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece». Queridos alumnos: perder no los convierte en perdedores. Aprender a perder no es acostumbrase a ello, sino encontrar, en la derrota, el momento de reflexión que nos permite ser mejores. Reprobar una materia es un punto de inflexión: permito que la derrota me hunda o reacciono ante las adversidades. Algo más: la derrota de la reprobación no es un acto súbito. Se construye con el tiempo, semana a semana. Sepan detectar las alertas para que puedan reaccionar y no dejen que un resbalón se convierta en caída. Si el partido va 0-2 en su contra, ¿van a darse por vencidos o van a luchar hasta el final?
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