A 25 años del 11S: la mañana en que Quito contuvo el aliento

Dos periodistas de nuestra redacción que cubrieron aquella jornada desde una radio y un canal de televisión, y cinco testimonios más, reconstruyen para Ecuador Chequea cómo la capital ecuatoriana vivió, minuto a minuto, el 11 de septiembre de 2001.

Hay mañanas que no se olvidan porque el mundo entero se detiene a mirarlas. El 11 de septiembre de 2001 fue una de ellas. Han pasado 25 años desde que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York, un tercero contra el Pentágono y un cuarto cayó en un campo de Pensilvania, pero en Quito el recuerdo sigue intacto: oficinas que se vaciaron frente a un televisor, líneas telefónicas que colapsaron una y otra vez, y una ciudad entera que, sin saberlo todavía, empezaba a contener el aliento junto al resto del planeta.

Foto: Infobae

Ecuador Chequea reunió, a propósito de este aniversario, los testimonios de dos periodistas de nuestra propia redacción que ese día cubrían la noticia desde una radio y un canal de televisión, junto con los de un policía, dos historiadores y dos ciudadanos que la vivieron desde oficinas, gremios y las calles del norte de la capital.

«¿Un avión se había estrellado contra uno de aquellos gigantescos edificios?»

Juan Camilo Escobar, hoy periodista de Ecuador Chequea, cubría esa mañana una rueda de prensa del Ministerio de Agricultura, en el gobierno de Gustavo Noboa Bejarano. El aviso llegó como llegan las urgencias verdaderas: a gritos. «¡Prendan la televisión! ¡Prendan la televisión!», recuerda que alguien exigió, hasta que un funcionario, ya con un tercer llamado más urgente encima, encendió un televisor en el auditorio.

Lo que vio lo dejó sin palabras. «Quedamos sorprendidos al ver humo salir de una de las Torres Gemelas de Nueva York», cuenta. A su alrededor, unos hablaban de un incendio; otros, con la voz ya tensa, recordaban que tenían un familiar, un amigo, un conocido en Nueva York o en cualquier otro rincón de Estados Unidos. Nadie sabía todavía qué estaba pasando.

Hay un detalle que Escobar no puede separar de ese instante: de niño, sus padres le habían traído de un viaje dos pósteres enormes: uno de las Torres Gemelas, otro de la sede de las Naciones Unidas, que colgaban en su habitación junto a uno de El Hombre Biónico. «Nunca había estado allí ni había visto las Torres Gemelas en persona, pero desde niño tenía una idea de su magnitud», dice. Por eso, admite, «me parecía difícil de asimilar» ver una de esas torres, tan imponentes en su memoria de infancia, envuelta en humo.

La rueda de prensa dejó de importar en ese mismo segundo. Por teléfono, y sobre la marcha, Escobar coordinó con sus colegas en la radio un giro completo en la cobertura del día: había que contar lo que estaban viviendo los familiares de los migrantes ecuatorianos en Estados Unidos. Salió del ministerio, en la esquina de Amazonas y Naciones Unidas, tomó un taxi y se bajó en La Mariscal, donde los «café nets». Esos locales con letreros gigantes de «Net2Phone» que permitían llamar a Estados Unidos por internet, con apenas un breve «delay» en la voz y a una fracción del costo de una llamada internacional, eran, para muchas familias, el único hilo posible con sus parientes migrantes.

Lo que encontró allí lo describe con la crudeza de lo que se vio de cerca: gente llegando cada minuto, más y más, mientras la central 116: la de las llamadas de larga distancia internacional, empezaba a fallar. Corrían versiones, luego confirmadas, de que había ecuatorianos dentro de las Torres Gemelas, trabajando en labores administrativas, de limpieza o de seguridad. Con el audífono puesto, siguiendo la transmisión en directo, Escobar se enteró en medio de esa multitud de que un segundo avión se había estrellado contra la otra torre. «Algunos rompían en llanto. Otros exigían al gobierno que obtuviera información sobre los desaparecidos», recuerda. Había, dice, algo más profundo detrás de esas lágrimas: «la historia del país: la de quienes vieron partir a sus seres queridos en busca de oportunidades que no encontraron en Ecuador».

De ahí caminó a paso rápido hasta la Embajada de Estados Unidos, entonces en 12 de Octubre y Patria. La atención estaba suspendida, dos guardias lo repetían sin parar, pero nadie se movía de las filas formadas desde la madrugada. «Habían esperado varios meses por ese turno para tramitar la visa y no querían perderlo», cuenta Escobar, todavía con algo de asombro por esa mezcla de tragedia ajena y urgencia propia que definió aquella mañana.

«Nadie sabía cuáles eran las causas para esa tragedia»

Foto: Infobae

A pocos kilómetros, en el control máster de un canal local de señal UHF, Hugo Constante, también hoy periodista de Ecuador Chequea, vivía el mismo instante desde el otro lado de la pantalla. La jornada había comenzado como cualquier otra: micronoticias, la agenda política de siempre, «los camisetazos, entre otras perlas de la historia ecuatoriana», recuerda con cierta ironía. Nada anunciaba lo que vendría.

El cambio llegó por la pantalla que, en el control máster, monitoreaba de forma permanente los noticieros internacionales. «Fue esa pantalla la que alteró todos los planes informativos de ese día», dice Constante. Una cadena internacional interrumpió su programación para mostrar un avión estrellándose contra la Torre Norte del World Trade Center. La imagen se repetía una y otra vez, y con ella crecía la desorientación: «nadie sabía cuáles eran las causas para esa tragedia, ni el número exacto de víctimas». En un primer momento, recalca, «nadie lo atribuyó a un ataque terrorista».

El canal se enganchó por unos minutos a la señal internacional bajo el rótulo de «noticia en desarrollo» y luego volvió a su programación, mientras adentro trataban de entender lo que pasaba. Sin WhatsApp ni redes sociales: «sin la facilidad ni la inmediatez… de hoy», subraya Constante, la única manera de armar el rompecabezas era revisar cables de agencias internacionales y «cazar» nuevos datos monitoreando, sin descanso, las señales extranjeras. «La información era muy confusa y dispersa en los primeros minutos, incluso en la propia señal matriz», recuerda.

Fue en medio de esa tarea cuando llegó el segundo golpe: un avión contra la Torre Sur. Esta vez no hubo vuelta a la programación habitual. «Las imágenes posteriores serían devastadoras», dice Constante: la Torre Sur derrumbándose en segundos, luego la Torre Norte, y de por medio la noticia de un tercer avión estrellándose contra el Pentágono.

A partir de ahí, la redacción se dividió en dos frentes que Constante describe casi como una batalla propia: seguir la información internacional sobre las causas y las medidas de Estados Unidos, y, al mismo tiempo, presionar a la Cancillería ecuatoriana para saber si había víctimas ecuatorianas, cuántos compatriotas vivían en las ciudades afectadas y cómo podían contactar a sus familias desde Quito. Las llamadas al canal no paraban: gente desesperada pidiendo información, pidiendo ayuda para comunicarse. «En Ecuador se había desatado la desesperación entre toda aquella persona que tenía en ese momento por lo menos un conocido en Estados Unidos», dice. La embajada estadounidense en Quito se volvió, también para su equipo, un punto obligado de cobertura. La noche cerró como había empezado la mañana: con más preguntas que respuestas, tratando de programar nuevos entrevistados que ayudaran a explicar lo que apenas empezaba a entenderse.

«No podíamos creer, Dios mío, fue tan terrible»

Foto: Infobae

Mientras los dos periodistas armaban su cobertura, Quito entera se paralizaba oficina por oficina. Silvia Vallejo llegaba a las 7:30 de la mañana a un proyecto de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), en la avenida Eloy Alfaro, frente a la iglesia de Fátima. Lo primero que recuerda son los gritos: «Estábamos entrando a las oficinas cuando empezaron unos gritos y que sí, que hubo un atentado». Subieron corriendo a buscar un televisor. «Fue así que vimos la primera noticia de lo que ya había pasado, eso fue después del primer avión. No podíamos creer, Dios mío, fue tan terrible. Había gente que lloraba, el otro asustado, todo el mundo asustado», dice.

Por trabajar en un proyecto vinculado a Estados Unidos, al desconcierto le siguió la orden de cerrar y evacuar. «Había gente que tenía familias en Estados Unidos y todo el mundo empezó a llamar, el equipo estaba convulsionado. Ahí llamando a las casas, todo el mundo, y viendo todo lo que pasaba», recuerda. Cuando por fin salió a la calle, la ciudad ya era otra: gente por todas partes, imposible conseguir transporte, y en cada edificio, un televisor convertido en punto de reunión improvisado. «Todas las oficinas que podían tener televisión (la encendieron). Ahí fuimos a vernos todos, con un montón, no podíamos creer», relata. Después llegaron las preguntas de siempre entre conocidos: «¿Tienes alguien en Estados Unidos? Que mi hermana, mi amiga, todo el mundo. Fue muy complicado».

Detrás de esa angustia colectiva, la frustración con las líneas telefónicas: «al comienzo se podía, salían las chicas operadoras de la central telefónica 116 de Larga Distancia Internacional y entonces te contestaban, pero después ya colapsó, después ya no había cómo, era ocupado, ocupado, ocupado». A eso se sumaban las llamadas del personal estadounidense preocupado por sus hijos en la Academia Cotopaxi: «todo el mundo llamaba, era una locura, era una locura». Al final del día, Vallejo logró saber que sus primos en Estados Unidos estaban bien, aunque no sin antes vivir, dice, llamadas cargadas de llanto y desesperación.

«La reunión se terminó en ese momento»

Foto:Infobae

Cerca de la intersección de Amazonas y Eloy Alfaro, Diego Polanco, hoy con 71 años, entonces gerente de un laboratorio farmacéutico. Ese día estaba en una reunión de la Asociación de Laboratorios Farmacéuticos cuando otro gerente entró con la noticia. «Inmediatamente todos los que estábamos ahí nos sentimos inquietos, intranquilos y queríamos saber qué sucedió, así que prendimos la televisión de la sala de reuniones y prácticamente la reunión se terminó en ese momento», recuerda. En la pantalla veían «las escenas de la gente que corría, que lloraba, que estaban desesperados», mientras en la sala empezaban las preguntas por familiares, conocidos, viajes previstos a Nueva York.

«Todo el mundo andaba loco por ir a algún lugar donde haya televisión y poder ver lo que sucedía», dice Polanco. Muchos terminaron en el Mall El Jardín, buscando ver la tragedia en pantalla gigante. «La gente estaba realmente nerviosa, alterada. En las esquinas veías personas conversando en relación a esta situación.» Esa tarde intentó, junto a colegas, contactar a representantes de laboratorios estadounidenses: «todos estaban muy alterados, muy preocupados». Al llegar a casa esa noche encontró a su hija angustiada por unos amigos que vivían en Nueva York.

«El estupor más grande fue cuando las torres se cayeron»

El historiador Patricio Guerra Achig recuerda con precisión la secuencia emocional de esa mañana: primero la sorpresa, después la incredulidad, y finalmente la certeza. «Cuando vimos el primer ataque, bueno, nos causó alarmas, pensábamos tal vez una falla del piloto, una falla de la máquina, pero cuando vimos el segundo ataque, mucha gente decía: ‘No pues, esto ya parece broma, no creo que es cierto, tal vez están falseando la realidad'», dice.

Fue el segundo impacto el que cambió todo. «El estupor más grande fue cuando hubo el segundo ataque, y pensábamos que cómo un avión puede fallar y estrellarse contra el mismo edificio prácticamente dos veces. Ahí se pensó ya que no era nada de accidente», cuenta. Y todavía había algo peor por venir: «Yo creo que el estupor más grande fue cuando las torres se cayeron».

Para Guerra Achig, lo que realmente acercó Nueva York a Quito fue la migración. «Había ecuatorianos que trabajaban en ese edificio o cerca de ese edificio, entonces la desesperación de saber si el pariente de uno está vivo o no, esperar asimismo las comunicaciones hasta que salgan, ver si salen los listados», dice. Y añade una reflexión que resume buena parte de esta historia: «La migración produce todo eso, no solamente es el desarraigo de la tierra, no solamente la separación familiar, sino después la zozobra que viven los que estamos aquí y los que están allá, de saber el estado de cómo se encuentran nuestros parientes».

«Ahí sí vi gente desesperada»

Foto: Infobae

No todos vivieron esa mañana frente a un televisor. Alfredo Báez tenía 29 años y era cabo segundo de la Policía, en servicio preventivo por las calles de La Carolina, en el norte de Quito. Su versión es la de alguien que vio la tragedia llegar en fragmentos, sin pantalla de por medio: «poco a poco porque no todos sabían de lo que estaba pasando porque en ese tiempo la tecnología no era tan avanzada como ahora». Con las horas, empezó a notar algo distinto en la gente: «se le veía preocupada a parte de la gente porque buscaban una manera de comunicarse con los suyos allá».

El quiebre llegó también para él con el segundo impacto. «Ahí la gente se preocupó más. Entonces ahí sí vi gente desesperada, tratando de alguna manera de comunicarse lo más rápido con sus familiares allá.» Báez no tenía familiares cercanos en Estados Unidos, pero la preocupación lo alcanzó igual: «siempre había algún conocido allá».

«La misma zozobra, el mismo terror»

El historiador Santiago Cabrera lo resume con una frase que podría cerrar cualquiera de estos siete testimonios: «Lo que pasó en Quito fue que la gente reaccionó con la misma preocupación, con la misma zozobra, con el terror con el que muchas otras gentes miraron estos hechos». Para él, la jornada tuvo tres momentos: la incertidumbre sobre quién estaba detrás de los ataques, el impacto por el colapso de las torres, y finalmente «la reacción de la gente frente a todo esto», inseparable de la angustia de las comunidades migrantes como la ecuatoriana.

Una ciudad que no dejó de llamar

Veinticinco años después, los siete testimonios reunidos por Ecuador Chequea dibujan una misma mañana desde ángulos distintos: una rueda de prensa interrumpida, un control máster que no volvió a apagar la señal internacional, oficinas convertidas en salas de cine improvisadas, un mall abarrotado frente a una pantalla gigante, una fila que nadie abandonó y una calle donde la noticia llegó más lenta pero igual de dolorosa. En el centro de todos ellos, el mismo gesto repetido miles de veces esa mañana en Quito: alguien marcando, una y otra vez, un número en Estados Unidos, esperando que del otro lado alguien contestara.

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Primer medio de verificación de datos en Ecuador. Único verificador ecuatoriano certificado por la International Fact-Checking Network. Miembro de LatamChequea. Colaborador de Meta para verificaciones en redes sociales.

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