Cinco días al pie del fuego del Casitagua

La primera llama que María Pilco vio en el cerro era tan pequeña que regresó a atender su restaurante. Cinco minutos después, salió de nuevo y el fuego se convirtió en “un llamón insoportable”, que no solo llenó de humo los barrios aledaños, sino que también provocó que sus habitantes se organizaran para enfrentar la emergencia. Ecuador Chequea recogió testimonios de vecinos tanto en Pusuquí, al pie del cerro, como en el barrio San Rafael de Alugullá, en sus faldas.

“Hace solo dos fines de semana, mis dos hermanas, uno de mis sobrinitos y yo subimos al cerro, por Uyachul, a recoger ramas de eucalipto tierno para hacerle una infusión a mi otro sobrinito, que tenía tos y la garganta ronca por tanta sequedad y el sol fuerte, porque por acá no llueve desde hace más de un mes. Se le veía bonito, con pájaros chiquitos y grandotes, parecidos a halcones, y ahora es toda una lástima”, recuerda María Pilco.

De 73 años, ha vivido 53 de ellos al pie del cerro Casitagua. Atiende su propio local de mote con chicharrón y fritada en el barrio John F. Kennedy, en las faldas del cerro, en Pusuquí, diagonal al cuartel del Grupo de Intervención y Rescate de la Policía Nacional, GIR, cuyos uniformados son sus principales clientes.

Dos semanas después de aquella caminata, es ella quien todavía habla con la garganta ronca. Durante cinco días respiró el humo y las cenizas que cubrieron el barrio por el incendio forestal que avanzaba por las laderas del mismo cerro al que había subido poco antes en busca de  eucalipto.  Este monte que  forma parte de su vida cotidiana se convirtió en una amenaza para su barrio y otros dos barrios asentados a sus pies, en esta zona del noroccidente de Quito.

Así, Pilco y otros vecinos tanto de este barrio en la parte baja, como del barrio San Rafael de Alugullá, en la parte más alta, en las mismas faldas del cerro, contaron a Ecuador Chequea que hubo una respuesta comunitaria espontánea ante una emergencia que superó los límites de un solo barrio. 

Contaron que mientras unas personas subían al cerro por los senderos que comienzan donde termina San Rafael de Alugullá, otras permanecían en la parte baja. Allí se organizó una segunda cadena de ayuda: recibir a quienes descendían, repartir agua y alimentos y ordenar las donaciones que llegaban desde otros barrios.

Así, testimoniaron que  se organizaron de manera espontánea y salieron con lo que tenían a mano para enfrentar la emergencia y ayudar a contener un fuego que avanzaba por la vegetación seca de la montaña.

Sin embargo, este miércoles, los vecinos brindaron sus testimonios con cierto alivio, pero indicaron que tras el fuego no solo quedaron cenizas y olor a quemado, sino también una montaña que quienes viven y trabajan al pie y en sus laderas ya no miran de la misma manera.

La normalidad tampoco regresó de inmediato. Los moradores dijeron que permanecen atentos a cualquier columna de humo, bajo un cielo que ya no está completamente despejado, pero cuyas nubes no se convierten en lluvia ni alivian el calor de una temporada seca que parece no terminar.

La emergencia en las faldas del cerro

Karina Lanchimba, costurera de 41 años,  moradora de la parte alta de San Rafael de Alugullá, también conocido como Barrio Cuba, un sector separado por una quebrada de las laderas del Casitagua alcanzadas por el fuego, describió la inquietud que persiste entre los vecinos. “Ya se ve un poquito de humo y ya viene ese miedo a todo el barrio”, dijo.

Durante la noche del sábado y la madrugada del domingo, en las horas más críticas de la emergencia, las llamas avanzaron por el cerro y amenazaron con cruzar la quebrada y alcanzar las viviendas de San Rafael de Alugullá. Entre ellas estaba la casa donde Lanchimba vive y tiene su taller de costura.

Recuerda que llegaron personas de La Planada, La Roldós, San Antonio, Calderón y Pomasqui. Llevaban agua, comida, jugos y sándwiches para bomberos, vecinos y voluntarios.

“Ahí se vio cómo la comunidad ayudó mucho en esta situación, ayudaron como podían”, dijo. Entre quienes acudieron había jóvenes, mujeres y hombres. Según Lanchimba, incluso llegaron adultos acompañados de niños que subieron hacia la montaña para intentar colaborar.

Fue entonces cuando la montaña comenzó a llenarse de personas. La estrategia que Lanchimba observó era sencilla pero muy agotadora: abrir zanjas y dejar franjas de tierra expuesta para tratar de impedir que las llamas continuaran avanzando.

“La gente llegaba a pie o en carro, la que subía trataba de hacer zanjas para que el fuego no avance. Los bomberos, recuerda, también trabajaban en distintos puntos mientras todos intentabamos contener las llamas”, manifestó.

“Empezamos a subir la montaña a oscuras porque prácticamente lo único que nos acompañaba era la luz de la luna y el fuego que se veía más arriba”, contó Johanna Cutco, de 24 años, estudiante de Bioquímica y Farmacia en la Universidad Central del Ecuador y moradora del sector.

“Uno, con la adrenalina de que el fuego ya llegaba a nuestras casas, ni lo pensó una sola vez y subimos la montaña”, dijo.

La emergencia no terminó cuando las llamas parecieron disminuir la noche del sábado. “En la madrugada del domingo volvió a encenderse el fuego y otra vez, pues, la alarma del incendio, porque ya avanzó todita esta parte de acá atrás, que ya casi llegaba a las casas de aquí”, recordó Lanchimba.

Vecinos y voluntarios habían trabajado hasta aproximadamente las dos de la madrugada y muchos estaban exhaustos. Sin embargo, tuvieron que redoblar sus esfuerzos cuando el fuego volvió a avanzar. Según Lanchimba, el domingo fue todavía más crítico.

El fuego no llegaba a las casas, pero ya podía escucharse. Lanchimba recuerda el ruido de la vegetación mientras ardía montaña arriba durante la noche del sábado y madrugada del domingo. “Se escuchaba el crujir  de toda la vegetación que estaba quemando y parecía que ya llegaba acá”, contó.

Desde el barrio, los moradores observaron cómo ardían sectores de la montaña cada vez más próximos a las viviendas. Lanchimba recuerda que incluso se habló de una posible evacuación ante el avance de las llamas, aunque, según dijo, nunca se llegó a dar una orden para abandonar las casas.

“Era una llamita chiquita en forma de corazón”

Pilco dijo que nunca había visto un incendio tan grande “como un infierno” y que todo comenzó cuando, pasadas las 10 de la mañana de aquel jueves 17 de septiembre, cuando la gente que caminaba por la calle pasaba gritando “llama, llama”. Pilco salió a mirar hacia el Casitagua y lo que vio en ese momento no parecía todavía el incendio que terminaría marcando durante días la vida de los barrios asentados al pie de la montaña.

“Era pequeñita la llama, pequeñita, pequeñita, en forma de corazón”, recordó Pilco. Era tan pequeña la llama que volvió a entrar a su restaurante, pero bastaron unos minutos, cinco indicó, para que la escena cambiara. “Nos volvimos a entrar y, en cinco minutos, ya estaba, pero una llamota, una llamota que era insoportable”, indicó al recordar como el fuego se extendía por una zona de difícil acceso y lo que comenzó con aquella llama pequeña terminó convirtiéndose para ella en días de humo, ceniza, noches sin dormir y vecinos cargando agua y comida montaña arriba para ayudar a combatir el incendio. 

“La noche era un infierno, fue la primera vez que vi algo así, no podíamos dormir”, dijo al asegurar que nunca había presenciado un incendio de esa magnitud. Pero mientras el fuego avanzaba por la montaña, los moradores tampoco se quedaron mirando, recordó.  Dijo que sacaron mangueras y baldes. Otros cargaron agua en vehículos, pomas y tanques para acercarla a quienes combatían el incendio.

“Los vecinos sacaron mangueras, baldes, para ayudarles a los bomberos”, contó Pilco. Cuando el agua debía ser trasladada más lejos, agrega, “iban en carro, llevando en pomas, en tanques el agua”. 

La ayuda no terminó allí. Los vecinos comenzaron también a preparar y llevar comida y bebidas para quienes permanecían durante horas trabajando en el cerro. “Los bomberos no bajaban, pues. Entonces ellos necesitaban también alimentarse, agüita”, contó. “Todos los vecinos se fueron con agüita, con alimentos”.

Pilco recordó que las mujeres del barrio también se organizaron para preparar comida. “Aquí las del barrio tuvimos que colaborar para la comida de los bomberos, porque era duro, muy duro”, dijo.

El humo entró a las casas

El humo y la ceniza llegaron también hasta las viviendas. Pilco contó que durante los momentos de mayor contaminación tuvieron que cerrar puertas y ventanas. “Para que no entre la ceniza nos encerramos”, dijo. Aún así, aseguró, el humo conseguía entrar. “Entraba bastante humo adentro, por eso estamos con las gargantas roncas”, dijo. 

A poca distancia, hacia las 10:30, los policías cumplían sus labores habituales en el cuartel del Grupo de Intervención y Rescate, GIR, de la Policía Nacional, ubicado al pie del cerro, en el mismo barrio John F. Kennedy de Pusuquí. Al advertir las llamas, se dio la voz de alerta, sonó una sirena y la rutina cambió de inmediato para personal operativo, administrativo y alumnos de un curso avanzado.

“Nos activamos inmediatamente todos los servidores policiales que nos encontrábamos en el cuartel”, recordó Juan Pablo Torres,  jefe de Coordinación Operacional de la unidad.

“Nosotros tenemos aquí un protocolo: se toca la sirena y en ese momento nos activamos todos. Ya nos indicaron lo que pasaba y en ese momento comenzamos a coordinar y poder establecer las diferentes brigadas”.

Torres calcula que aproximadamente 70 policías del GIR participaron en las acciones y que recibieron el apoyo de unos 300 cadetes de la Escuela Superior de Policía, ubicada justo al lado.

Según el oficial, se conformó un comando de incidentes y se estableció un puesto de mando para coordinar con el Cuerpo de Bomberos, ECU 911 y la Escuela Superior de Policía.

El trabajo del GIR, explicó, incluyó ayudar hasta el día domingo a los bomberos a llevar mangueras y otros equipos hacia sectores altos de la montaña y desplegar brigadas para realizar tareas manuales en zonas previamente intervenidas.

“Primero, realmente, el Cuerpo de Bomberos, cuando llegó, necesitaba que le ayudaran, por ejemplo, en poder llevar la manguera hasta la parte superior y todos los instrumentos que ellos llevan. Nosotros les dimos ese soporte”, dijo Torres.

“En los lugares donde ya pasaba el Cuerpo de Bomberos, nosotros ayudábamos de una manera manual a poder frenar que sigan avanzando las llamas”.

Ese  jueves, según Torres, el personal del GIR permaneció trabajando hasta aproximadamente las 17:00 en el sector cercano a sus instalaciones. “Ya logramos aquí controlar en la parte cercana; sin embargo, el fuego, el viento, se fue trasladando a otros lugares”.

El incendio no había terminado, pero, con una quebrada en medio del cerro, era difícil llegar con el agua a “donde, con el viento, el fuego, de un lado a otro”, recordó Torres.

Ese mismo viento, con el que se propagaron las llamas, cambió de dirección y, el segundo día del incendio, empezó, a diferencia del primer día, a llevar el humo con más fuerza a todo el barrio John F, Kennedy, recuerda el vecino Fernando Ortega.“Fue un poco perturbador ver cómo iba creciendo”, dijo

“Los días posteriores, cuando el viento cambió, ahí sí ya nos afectó más el humo y nos dio bastante temor de que pueda tener alguna consecuencia mayor”, contó.

Patricia Coloma, presidenta del Comité de Seguridad y Convivencia Ciudadana del barrio John F. Kennedy, observó también cómo el incendio se desplazaba por distintos sectores.

Coloma vive allí desde hace 11 años. Dice que consultó a vecinos con entre 40 y 50 años en el sector si alguna vez habían presenciado algo semejante. Le dijeron que no, pero sí recordaron  un incendio de agosto de 2023, aunque aquel episodio no tuvo para los habitantes la dimensión de lo ocurrido en septiembre.

“Esto fue algo que jamás habíamos visto”. Durante el viernes 18, explicó, la emergencia todavía no se percibía tan próxima a las viviendas.

El cambio se produjo el sábado.“A partir del sábado en la tarde ya se veía eso mucho más cerca.Entonces ya lo veíamos así, de una forma que nos angustiaba”, recordó.

Cuatro días de fuego transformaron también el paisaje. “Nos ha angustiado realmente todos estos cuatro días que duró esto. Y no solo angustiarnos, preocuparnos: también mucha tristeza de ver el paisaje que ahora tenemos, que es todo negro, calcinado”.

¿Y si hay otra emergencia?

Tras el alivio de que se extinguió el incendio, los vecinos de San Rafael de Alugullá, expresaron otra preocupación en caso de una nueva emergencia. El abastecimiento diario de agua potable en la parte más alta del barrio, explicaron, depende de vecinos ubicados más abajo y de trasladar agua en tanques.

“Por este sector no tenemos agua y tampoco se podía contribuir mucho. Aparte que aquí es seco, no tenemos agua y  fue muy complicado”, recordó Lachimba  sobre los momentos más difíciles de la emergencia.

“Si se vuelve a producir esta situación, lo único que podrías hacer es volver a colaborar. Pero sacar agüita y subir a la montaña no se podría porque no tenemos agua en esta parte más alta”, dijo Lanchimba.

En la parte baja, donde sí existe el servicio regular de agua potable, los moradores dijeron que hay hidrantes, pero que desconocen si funcionan. Durante la emergencia, explicaron, la prioridad fue llevar agua desde sus viviendas hacia la parte alta, a pie o en vehículos.

El cerro, parte de sus vidas antes de arder

Para el GIR, la montaña forma parte del entrenamiento. Torres explicó que allí realizan actividades físicas y prácticas básicas de rescate en media montaña. “Es parte de nosotros, de la Policía Nacional”, dijo luego de recordar que incluso una tradición entre los servidores policiales es “dar la vuelta al árbol, es parte de nuestro entrenamiento, es parte de nuestra esencia desde que iniciamos nuestros primeros períodos de formación”, recordó Torres. 

Para Karina Lanchimba, el árbol también está ligado a la infancia. Cuando era niña caminaba con sus amigos montaña arriba hasta el llamado Árbol Solitario. “Subíamos al Árbol Solitario, estar ahí un rato, darnos las vueltas, jugar y bajar otra vez”.

Por eso dice que reducir todo a “un incendio”  significa no reconocer el valor de la montaña para quienes crecieron alrededor de ella. 

Johanna Cutco en cambio dice  que  no hay persona en Pomasqui que no haya subido al Casitagua o que tampoco no la haya cantado, porque se le nombra en la canción de Yo soy Pomasqueño. “Nuestros abuelos, nuestros papás, nuestros tíos, cada uno de nosotros llegamos a subir el cerro”.

Casitagua: incendio afectó unas 300 hectáreas

La restauración del Casitagua podría mostrar resultados desde el quinto año y avances efectivos en 20 a 30 años. El incendio afectó preliminarmente unas 300 hectáreas.

El cerro Casitagua podría comenzar a mostrar resultados de recuperación desde el quinto año y alcanzar avances efectivos en sus funciones ecosistémicas, es decir que la naturaleza del cerro recupere las condiciones que tenía antes del fuego, en 20 a 30 años con acciones de restauración. Sin intervención, la recuperación natural de este tipo de ecosistema podría tardar entre 50 y 100 años, indicó la Secretaría de Ambiente del Municipio de Quito.

La entidad estima, preliminarmente, que el  incendio forestal afectó unas 300 hectáreas del Casitagua. La cifra representa aproximadamente el 18,2% de las 1.648,83 hectáreas afectadas por incendios forestales en Quito, según el balance del Cuerpo de Bomberos actualizado a la noche del miércoles 23 de septiembre. La institución registra 217 incendios forestales en la capital.

Sebastián Pillajo, jefe de la Unidad de Patrimonio Natural de la Secretaría de Ambiente, explicó que todavía se evalúan la pérdida de cobertura vegetal, los daños al suelo y las afectaciones a la fauna. El estudio determinará cuántas hectáreas serán intervenidas y cuáles deberán protegerse para favorecer su regeneración natural.

“En lugar de esperar a tener las funciones ecosistémicas en 100 años, con estas ayudas podríamos ver resultados a partir del quinto año y en 20, en 30 años podríamos ya ver resultados efectivos”, dijo Pillajo.

La restauración incluirá microorganismos benéficos para el suelo, plantación de especies nativas y dispersión de semillas mediante un dron forestal. Se prevé utilizar algarrobos, espinos, pumamaquis, cabuyas y cactus.

“Restaurar es poner una especie correcta en el lugar correcto, en el momento correcto, con el objetivo correcto”, explicó Pillajo.

El Casitagua corresponde a un ecosistema de bosque seco en el que se han registrado aves, venados y fauna de tránsito. El sábado, la Secretaría de Ambiente registró un oso andino joven en Rayo Cucho, al oeste del cerro.

La Secretaría de Ambiente activó USD 400.000 para actividades de restauración durante el último trimestre de 2026, aunque todavía no ha precisado cuánto de ese monto se destinará específicamente al Casitagua.

El balance de los bomberos 

Ayer en la noche el Cuerpo de Bomberos de Quito informó que no detectó puntos calientes en el perímetro afectado por el incendio forestal del cerro Casitagua, en el noroccidente de la capital, después de realizar una evaluación del terreno una vez transcurridas las 48 horas previstas para el seguimiento de la emergencia.

Según la institución, las temperaturas registradas en el interior de la zona afectada también se mantienen dentro de parámetros normales.

Durante la atención de la emergencia, el Cuerpo de Bomberos desplegó más de 150 efectivos operativos, 25 personas encargadas de la gestión de crisis y 36 vehículos, de acuerdo con el balance proporcionado por la institución.

Juan Camilo Escobar
Juan Camilo Escobar
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador y Magíster en Periodismo Digital por la UDLA. Más de una década de experiencia cubriendo política local para Diario La Hora, también ha cubierto fuentes políticas, económicas y judiciales para Ecuadoradio, Radio Sonorama, Red Informativa Bolívar, Sistema Radial Colón y Corape.

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