Hace casi un año que tengo el honor de trabajar como director académico de la carrera de Derecho de la Universidad Hemisferios. Desde entonces, han sido varias las personas que se han acercado a mí con el mismo mensaje: «quiero dar clases». La mayoría son profesionales a los que respeto mucho. He conversado con cada uno de ellos sobre las distintas implicaciones y dificultades que tiene la selección de docentes para nuestra carrera. Esas conversaciones me han llevado a la conclusión de que ser profesor universitario requiere de varias virtudes y sacrificios que comparto a continuación con el único fin de que analice y evalúe sus intenciones. Antes, una aclaración: me refiero a los profesores por horas cuyas funciones se limitan a la docencia, sin que sea obligatorio que se involucren en tareas de investigación ni vinculación con la sociedad.
Lo primero es dejar el ego a un lado. Está claro que usted ha forjado una gran carrera profesional. Sus clientes y colegas lo reconocen como un abogado confiable y honesto. Los rankings lo recomiendan y su nombre aparece entre aquellos abogados to watch. Sin embargo, todos esos logros se desvanecerán si usted cree que es muy importante como para diseñar un sílabo, planificar y asistir a clases, evaluar y retroalimentar a sus alumnos, y cargar sus calificaciones a tiempo. Creáme cuando le digo que el estudiante no reconocerá sus grandes logros y será implacable cuando sea momento de evaluarlo. De nada servirá que usted sea tan reconocido si es que no está dispuesto a cumplir con todas las obligaciones inherentes a su cargo.
Es importante que entienda que hay algo bastante injusto detrás de la docencia universitaria: muchas de las horas invertidas no será retribuidas económicamente. Quiero decir que, a pesar de que cada hora de clase dictada es recompensada con un monto específico que, dicho sea de paso, no cambiará radicalmente su situación económica, no existirá pago alguno por las horas que invierta en planificar sus clases y evaluar a sus estudiantes. «No lo hace por la plata», lo sé. No obstante, déjeme decirle que muchas veces se verá tentado a simplificar o eludir las evaluaciones porque: «¿en qué momento va a calificar esas 30 entregas». Si usted está acostumbrado a cobrar por cada minuto de trabajo, esto no es lo suyo.
Aunque me faltan muchas cosas por decir, no puedo cerrar sin recordarle que sus alumnos hacen un gran esfuerzo por estar ahí. Madrugan, realizan largos traslados y sacrifican muchas cosas para estar en las aulas. Todo ese esfuerzo debe ser recompensado con una buena clase: planificada, desafiante y debidamente evaluada. Esto es lo mínimo que merecen nuestros estudiantes. No suspenda clases y, si lo hace, recupere cada hora perdida. No envíe a otra persona a cumplir con sus propias obligaciones. No modifique la modalidad de la clase a su antojo. No califique al azar sin que exista rúbrica ni retroalimentación. ¿Se comportaría de manera tan displicente con sus clientes? Termino con una última pregunta: ¿usted quiere dar clases o quiere decir que da clases? Fíjese que no es lo mismo.
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