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Pablo Begnini
Pablo Begnini
Director académico de Relaciones Internacionales de la Universidad Hemisferios en Quito. Historiador. Profesor investigador de paz y conflicto, geopolítica y asuntos humanitarios. Redes: X: @begnini IG:@pablo.begnini

Que vuelva la pedagogía social

Esta es polémica. Apreciado lector tengo una teoría que, en estos tiempos, constituye casi un acto de rebeldía intelectual. Políticamente incorrecta, pero tan evidente como la ley de la gravedad: el aumento de los tontos en el mundo es directamente proporcional a la desaparición de la pedagogía correctiva social.

Antes, uno cometía una tontería y el universo reaccionaba. No hacía falta un comité de expertos ni un protocolo institucional. Bastaba una madre, un vecino, un maestro o aquella tía implacable que preguntaba: «¿Tú eres tonto o te estás entrenando?». Y, aunque la frase dolía más que una caída en bicicleta, cumplía una función extraordinaria: recolocaba al individuo en la realidad. Era una forma rudimentaria, pero extraordinariamente eficaz de contención social. Había límites. La estupidez no era una identidad; era un estado pasajero que convenía abandonar cuanto antes.

Hoy ocurre exactamente lo contrario. Cualquier disparate recibe aplausos. «Bravo». «Gracias por expresarte». «Qué valiente eres al sostener tu idea sin argumento alguno». La verdad dejó de importar. Hemos convertido el debate público en una feria donde las ocurrencias y los hechos compiten en igualdad de condiciones. La dictadura del relativismo ha conseguido que una afirmación demostrable y una ocurrencia extravagante parezcan simplemente dos opiniones diferentes e igualmente valederas.

No se engañe lector. Todos hemos dicho tonterías. Yo el primero. Este profesor otrora más joven, defendió ideas con una seguridad que hoy me produce escalofríos. La diferencia es que entonces alguien aparecía para decirte que estaba equivocado. Hoy, en cambio, el algoritmo premia el error. Federico, el conspiranoico del barrio, abre una cuenta en la red social de turno, consigue cuarenta mil seguidores y termina vendiendo gorras con la teoría de que los reptilianos gobiernan una tierra plana mientras la Luna espía para un imperio intergaláctico. El problema no es la existencia del disparate; este siempre ha existido. El verdadero problema radica en que el tonto ha perdido a sus depredadores naturales. Nadie corrige porque corregir parece violencia simbólica. Nadie señala un error porque hacerlo podría herir sensibilidades. Hemos sentimentalizado la capacidad de decir, con serenidad, pero con firmeza que algo es falso, absurdo o sencillamente estúpido.

Cuando Hannah Arendt murió en su departamento de Nueva York dejó una sola palabra en su máquina de escribir: «juzgar». No era una casualidad. Después de dedicar buena parte de su vida a estudiar cómo mueren las democracias, comprendió que su decadencia rara vez comienza con una invasión extranjera. Empieza cuando las personas a su interno dejan de distinguir; cuando pertenecer al grupo resulta más importante que reconocer la realidad; cuando fragmentamos la verdad en versiones incompatibles y renunciamos a emitir juicios sobre los hechos.

No me malinterpreten, no hablo de prejuicios. El prejuicio condena antes de conocer. Juzgar exige exactamente lo contrario: encontrarse con la realidad, contrastarla y valorarla. Decir que algo está bien o mal requiere criterios, evidencia y honestidad intelectual. Eso era, para Arendt, el mundo común: un suelo compartido desde el cual pensar, discrepar y construir convivencia.

No, estimado lector. No todo es relativo. Defender el derecho a opinar no significa renunciar a la obligación de razonar. Las universidades, la ciencia, los tribunales y cualquier profesión seria siguen buscando criterios objetivos para decidir sobre asuntos que afectan la vida de todos. Quizá haya llegado el momento de recuperar aquella vieja pedagogía social. No para humillar personas, sino para corregir errores. No para fabricar obediencia, sino para cultivar discernimiento. Porque una sociedad incapaz de decir «eso es una tontería» termina creyendo en cualquier cosa. Y cuando todo vale por igual, la inteligencia deja de ser una virtud para convertirse en una extravagancia.

Ciudad de Panamá, junio de 2026

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