Más de 40 máscaras de Ecuador y Perú muestran en Quito una historia cultural compartida

La exposición reúne 24 piezas de cada país en la Embajada del Perú en Quito. La galería confronta tradiciones, personajes y fiestas populares de los dos países a menos de un mes del 28 aniversario de los Acuerdos de Paz de Brasilia.

“Si les quitamos las etiquetas a las máscaras, no vamos a saber diferenciar de dónde vienen”, dijo Piero Balarezo, arquitecto peruano, especialista en patrimonio y fotógrafo etnográfico, ante una colección en la que diablos, personajes festivos y seres rituales de Ecuador y Perú comparten una misma sala.

La muestra, que se exhibe desde la semana pasada en la Embajada del Perú en Quito, reúne 48 máscaras, 24 ecuatorianas y 24 peruanas. Cartulinas y fotografías documentales junto a cada pieza indican su lugar de procedencia y explican los personajes que representan y su relación con fiestas, danzas, prácticas religiosas y otras tradiciones desarrolladas durante varios siglos a ambos lados de la frontera.

Se trata de Nuestros Rostros. Máscaras rituales del Ecuador y el Perú, una exhibición que permanecerá abierta hasta el 20 de noviembre en la sala Qhapaq Ñan de la Embajada peruana. Podrá visitarse de lunes a viernes, de 9:00 a 13:00 y de 15:00 a 16:00, con entrada gratuita, según informó el jefe de la sección cultural de la embajada, Kenyi Díaz Oshiyama.

La curaduría de la muestra estuvo a cargo de los investigadores y coleccionistas David Maya, de Ecuador, y Piero Balarezo, de Perú.

“La exposición permite que los ecuatorianos y nosotros, los peruanos, podamos reconocernos”, dijo el diplomático, quien expresó su confianza en que la exhibición de estas piezas permita acercar al público a las costumbres, danzas y celebraciones que forman parte de la historia cultural de ambos países.

La muestra incluye piezas vinculadas con el trabajo de Balarezo y del investigador ecuatoriano David Maya, además de obras procedentes de otras colecciones y de artesanos de ambos pasíses. Según Díaz Oshiyama, la Cancillería peruana apoyó la organización de la exposición mediante sus programas de diplomacia cultural. 

Para Balarezo, las piezas no son solamente objetos que cubren un rostro. “Son 48 máscaras que nos representan como personas y nuestros imaginarios”, dijo. Son, agregó, una exteriorización de las ideas, creencias y personajes que las comunidades han construido y transmitido durante generaciones.

En la práctica, apenas el visitante ingresa a esta sala, puede observar una diversidad de máscaras con una gran cantidad de formas y materiales. Hay máscaras de papel y engrudo, cartón, textiles, lana, metal, plumas, cuernos y flores. Algunas representan rostros humanos; otras, animales, seres rituales y sobre todo, diablos.

Entre las piezas ecuatorianas, hay máscaras blancas con líneas amarillas, verdes, rojas y azules que, a primera vista, parecen representar payasos, pero en realidad representan curanderos.

También se exhibe el Capariche, un personaje vinculado a antiguos oficios de limpieza de calles y posteriormente incorporado a las comparsas de carnaval. La muestra incluye además un año viejo, asociado con las tradicionales celebraciones de despedida del año en casi cualquier parte de Ecuador .

Del lado peruano destacan varias representaciones de diablos, como el de “La Renegona”, una máscara de los Diablicos de Huancabamba, en Piura, elaborada con cartapesta, cartón y flores artificiales. La pieza está vinculada con la devoción a la Virgen del Carmen de Huancabamba.

Al ingresar a la sala, el visitante encuentra máscaras de diablos de la Diablada de Píllaro, en Tungurahua. Más adelante, la muestra presenta figuras similares vinculadas con celebraciones peruanas, en las que los diablos pueden aparecer disfrazados de santos, bailar con elegancia o vestir como “gente de bien”.

Ya en el centro de la sala, rodeado de una gran variedad de máscaras y de fotografías antiguas y actuales, en blanco y negro y a color, el visitante entiende, de un solo golpe de vista, que estos objetos tienen distintos significados según la comunidad y la celebración. Pueden representar personajes religiosos, animales, seres sobrenaturales, figuras satíricas o símbolos vinculados con la memoria colectiva.

La presencia recurrente de los diablos está estrechamente relacionada, según Balarezo, con el encuentro entre el catolicismo y las culturas prehispánicas: “El catolicismo empalmó muy bien con las culturas prehispánicas, entonces se heredaron y se combinaron en el sincretismo muchas de las costumbres y creencias”, explicó.

Balarezo relaciona esa presencia recurrente con el encuentro entre el catolicismo y las culturas prehispánicas. “El catolicismo empalmó muy bien con las culturas prehispánicas, entonces se heredaron y se combinaron en el sincretismo muchas de las costumbres y creencias”, explicó.

En un texto que acompaña una fotografía, Maya escribió que la máscara permite que los danzantes se diluyan en la colectividad, que de ellos devienen dioses, animales totémicos y ángeles que intermedian con el cosmos, que transmutan en sus propios antepasados.

De ese proceso de apropiación y transformación cultural forman parte personajes que pueden parecer contradictorios cuando se los observa fuera del contexto de la fiesta: diablos que participan en celebraciones religiosas y bailan en honor de vírgenes y santos. Entre las expresiones peruanas que Balarezo destaca están los Diablicos de Túcume, los Diablos de Salaverry y los Diablicos de Guadalupe, vinculados principalmente con tradiciones de la costa norte del Perú.

También se exhibe una máscara de hojalata con un rostro amarillo y naranja que sobresale por su volumen, que representa a El Capataz Principal de la Danza Folklórica de los Diablicos de Mochumí, en Lambayeque, Perú. Sobre la cabeza se levanta una estructura cubierta de flores blancas, amarillas, rosadas y rojas, rodeada de puntas pintadas de azul y otros colores. Del rostro sobresalen piezas semejantes a colmillos, mientras largas cintas amarillas, verdes, rojas y azules cuelgan de la parte inferior.

La relación entre máscara, personaje y persona que la porta es uno de los ejes de la exposición. Para Balarezo, colocarse una máscara permite al danzante asumir temporalmente otra identidad y representar algo que la vida cotidiana mantiene oculto.

“El enmascarado es una forma de liberación para el danzante de los pueblos, de representar algo que no es y que está dentro suyo”, dijo. “La máscara pide el cuerpo del danzante y el danzante pide el rostro de la máscara”.

Una exposición a las puertas de los 28 años de la paz

La exposición coincide con un momento significativo para las relaciones entre Ecuador y Perú. El próximo 26 de octubre se cumplirán 28 años de la firma del Acta Presidencial de Brasilia, que puso fin a décadas de disputas entre los dos países.

Los entonces presidentes Jamil Mahuad, de Ecuador, y Alberto Fujimori, de Perú, firmaron el acuerdo el 26 de octubre de 1998, tres años después de la Guerra del Cenepa de 1995.

El documento cerró el conflicto limítrofe y abrió una nueva etapa de relaciones diplomáticas, integración y cooperación bilateral. Díaz Oshiyama dijo que la exposición también forma parte de ese proceso. “La paz que cumple 28 años este año fue un hito muy importante en nuestra relación bilateral”, afirmó.

El diplomático señaló que uno de los objetivos de la Sala Qhapaq Ñan es, precisamente, promover el diálogo cultural entre Ecuador y Perú. La Embajada del Perú inauguró el espacio en 2024 para difundir el patrimonio y la producción cultural de ambos países.

Juan Camilo Escobar
Juan Camilo Escobar
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador y Magíster en Periodismo Digital por la UDLA. Más de una década de experiencia cubriendo política local para Diario La Hora, también ha cubierto fuentes políticas, económicas y judiciales para Ecuadoradio, Radio Sonorama, Red Informativa Bolívar, Sistema Radial Colón y Corape.

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