La lucha contra el crimen organizado, concretamente contra el narcotráfico, resulta insuficiente si se mantiene bajo una aproximación exclusivamente armada. Esta afirmación no es novedosa. Se ha repetido en múltiples escenarios, pero es la trinchera en la que nos hemos estancado.
Lo anterior no busca desconocer los esfuerzos planificados o ejecutados en materia de obra social, desarrollo y oportunidades de empleo. Sin embargo, existe una necesidad imperiosa que el país evita: un baño de verdad. Esto implica no solo combatir la impunidad, la corrupción y fortalecer el tejido institucional, sino atreverse a conversar sobre temas incómodos. Sugiero analizar dos puntos, dados los tiempos actuales:
1. Lo que pensamos como país sobre las drogas: estamos dispuestos a impulsar un debate serio, tanto nacional como internacional, sobre qué hacer frente a este flagelo que enferma a millones, hace ricos a muchos y destruye la sociedad y las democracias. Abrir este tema significa destapar una olla de grillos, pues atraviesa a la sociedad en su totalidad: su complejidad, sus principios, valores, creencias, formas de enriquecimiento y, fundamentalmente, las estrategias de supervivencia por las que han optado parte de los sectores vulnerables (y algunos no tan vulnerables).
2. La estructura de la economía ecuatoriana. Es momento de observar cómo funciona a través de sus tres componentes, clasificados por el origen de su capital: formal, informal y criminal. Centrémonos, por un momento, en el tercer pilar y hagamos una breve reflexión. Las estimaciones de algunos organismos sugieren que, en el caso ecuatoriano, cerca de 5.000 millones de dólares anuales (aproximadamente el 4% del PIB) son producto del lavado de activos. Pero es altamente probable que la cifra sea mínima. Hagamos matemáticas simples: desde 2024, Ecuador ha confiscado más de 200 toneladas anuales de cocaína. Naciones Unidas estima que solo se captura el 10% de lo que circula y el kilo de coca vale 2.000 dólares en el mercado local. Esto significa que por 200 toneladas hay 4.000 millones. Saque usted las conclusiones sobre las 800 toneladas que se escapan y el dinero que se queda en el país.
Este es un motor gigantesco que inyecta liquidez en el sistema y, perversamente, sostiene parte del engranaje económico nacional. Visto así, ¿podemos dimensionar la gravedad de nuestra dependencia?
El debate sobre estos temas es vital. El conflicto armado interno es sumamente costoso y el crimen organizado posee una capacidad
financiera superior a la de muchas instituciones estatales. Estamos viviendo una guerra de espejos donde reflejamos todo lo que dejamos de hacer por omisión o miedo; una batalla donde el Estado lucha contra un actor que no solo tiene armas, sino que ha logrado integrarse en la cotidianidad económica del país. Las consecuencias de esta simbiosis entre lo formal, lo informal y lo criminal son la factura que hoy pagamos con sangre.
Si no discutimos la viabilidad de desarticular esta dependencia económica y financiera, el tiempo para recuperar el control estatal será cada vez más escaso. No sabemos cuánto tiempo más podrá sostenerse esta estructura sin que el Estado termine siendo una simple fachada de intereses ilícitos. Es hora de dejar de mirar al espejo y empezar a romper la estructura que nos refleja.
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