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Gabriel Galán Melo
Gabriel Galán Melo
Gabriel Santiago Galán Melo, Doctor (PhD) en Derecho por la UASB-E. Magíster en Derecho Civil y Procesal Civil por la UTPL. Magíster en Derecho con mención en Derecho Tributario y Especialista Superior en Tributación por la UASB-E. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Abogado por la PUCE.

El límite sigue siendo humano

En Ecuador, la inteligencia artificial -IA- llegó a la educación sin previo aviso. Hoy está en las aulas, en las tareas, en las investigaciones y, aunque algunos prefieren no admitirlo, está también en el trabajo cotidiano de muchos profesores. Indiscutiblemente, la IA es útil: sirve para buscar información, ordenar ideas, corregir textos, preparar ciertos materiales, traducir e incluso para articular argumentos. Prohibirla, a estas alturas, sería tan inútil como pretender que los estudiantes vuelvan a escribir sus trabajos en máquinas de escribir -como lo hicimos hasta los 90- para evitar el uso del corrector ortográfico. Pero, aceptar su presencia no significa de modo alguno rendirse ante ella. La IA ofrece, ciertamente, oportunidades extraordinarias para la educación. Con ella se puede adaptar, por ejemplo, cierta información a diferentes ritmos de aprendizaje, ofrecer retroalimentación inmediata, facilitar el acceso al conocimiento y liberar al docente de algunas tareas repetitivas. Así, para un estudiante la IA puede convertirse en un tutor (en determinadas actividades); para el docente, en un asistente; y, para un investigador, en una herramienta capaz de procesar en segundos aquello que antes demandaba varias horas.

El problema aparece cuando confundimos asistencia o ayuda con sustitución. Una IA puede redactar un ensayo aparentemente impecable sin que el estudiante haya comprendido una sola de las ideas desarrolladas en aquel y puede construir una respuesta convincente aunque sea errada. Puede, asimismo, simular razonamientos o entregar como cierta información falsa o inexistente. Y, sobre todo, puede acostumbrarnos peligrosamente a delegar aquello que la educación debería fortalecer: pensar, cuestionar, contrastar y crear. Allí precisamente está el problema. Mientras más poderosa sea esta herramienta, mayor debe ser nuestra capacidad para decidir cuándo y cómo debemos utilizarla. Porque la IA es sencillamente eso: una herramienta. No es un estudiante ni un profesor. No tiene vocación, curiosidad, prudencia ni responsabilidad ética. Es cierto, puede identificar patrones y (re)producir respuestas en apariencia sofisticadas, pero no puede experimentar ni ha experimentado las vivencias humanas fruto de las decisiones que tomamos diariamente y que contribuyen a construir permanentemente nuestra conciencia, nuestros valores y nuestra cultura. Por ello, si bien puede sugerir, una persona siempre debe decidir. Si bien puede calcular, una persona es la que necesariamente debe valorar o juzgar. Y si bien puede producir conocimiento aparente, requiere inevitablemente de un individuo humano que cuestione si aquello es verdadero, justo y pertinente.

Por eso tampoco tiene sentido competir con ella. La calculadora no hizo inútiles a los matemáticos ni el internet volvió innecesarios a los docentes. Pero, las tecnologías transforman obviamente las competencias que necesitamos, aunque no eliminan la necesidad de quienes saben utilizarlas críticamente. Por ello, la educación tiene que enseñar algo más complejo que simplemente “usar inteligencia artificial”. Tiene que formar personas capaces de gobernarla, que sepan formular preguntas, verificar resultados, reconocer errores, proteger información, respetar la autoría y, especialmente, identificar todo aquello que no debe delegarse a una máquina como, por ejemplo, los juicios éticos. En consecuencia, el límite definitivo no es tecnológico, es ético. Es decir, cabe preguntarle a una máquina casi cualquier cosa, pero nos sigue correspondiendo a nosotros decidir qué hacemos con la respuesta. Porque cuando una herramienta multiplica nuestra capacidad de actuar, no disminuye nuestra responsabilidad, todo lo contrario, aumenta. En consecuencia, si bien la inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente nuestras capacidades, el sentido, el propósito y el límite deben seguir siendo humanamente éticos.

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