El Hogar San Vicente de Paúl acoge actualmente a 32 niños, niñas y adolescentes en situación de vulnerabilidad en La Recoleta, en el centro de Quito. La institución depende de convenios, donaciones y voluntarios para sostener su labor — y hay varias formas concretas de sumarse.
Hace cinco meses, una niña llegó al Hogar San Vicente de Paúl cuando apenas habían transcurrido seis horas desde su nacimiento. No había sido abandonada en una calle ni encontrada por la Policía: sus padres, dos adolescentes que no estaban en condiciones de cuidarla, y el sistema de protección de derechos de niños y adolescentes se hicieron cargo de ella.
Este caso es parte de la realidad cotidiana de esta casa ubicada en el tradicional barrio de La Recoleta, en pleno centro de Quito, según contaron sus autoridades a Ecuador Chequea.
Detrás de sus muros —literalmente a la sombra del imponente edificio del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas— viven actualmente 32 niños, niñas y adolescentes. Algunos ingresaron cuando todavía eran bebés. Otros permanecerán allí hasta cumplir los 18 años.
La mayoría no son huérfanos. Tienen padres o madres que, por consumo de drogas, vida en la calle, violencia, pobreza extrema o prisión, no están en condiciones de cuidarlos.
«Prácticamente aquí no hay niños que hayan ingresado por no tener a sus padres. Es por situaciones de calle», contó sor Ana María Maldonado, directora y representante legal del Hogar San Vicente de Paúl.
150 años y un año jubilar
Desde hace dos años, esta religiosa está al frente de una institución que acaba de cumplir un siglo y medio de existencia. El aniversario se cumplió el 23 de febrero y dio inicio a un año jubilar que se extenderá hasta el 23 de febrero de 2027.
Durante ese periodo, el hogar abre sus puertas el tercer domingo de cada mes, en jornadas que incluyen una eucaristía de acción de gracias por las personas y organizaciones que han sostenido la institución.
«Queremos que este año jubilar se celebre durante los 12 meses», señaló Maldonado. Las casas abiertas buscan que ciudadanos, amigos y posibles benefactores conozcan el trabajo que se realiza con la niñez y la adolescencia en situación de vulnerabilidad.
Una historia iniciada en el siglo XIX
La historia del hogar empezó con la llegada de las Hijas de la Caridad al Ecuador. Las religiosas arribaron desde París en 1870 para hacerse cargo de hospitales, pero durante su trabajo advirtieron que numerosos niños se encontraban en condiciones de abandono, orfandad o pobreza extrema.
Primero abrieron una casa de acogida en el Centro Histórico. Con el aumento del número de niños, el espacio resultó insuficiente y la comunidad adquirió un predio en La Recoleta en 1876. La institución pasó por diferentes edificaciones en la misma zona antes de instalarse definitivamente, en 1970, en el terreno que ocupa actualmente.
Sor Ana recordó que en otros momentos de su historia el hogar llegó a recibir a más de 90 e incluso 120 menores. Con nuevas regulaciones y modalidades de protección, la población disminuyó: hoy mantiene un convenio para atender a 30 niños, aunque en la práctica acoge a 32 y permanece disponible ante posibles solicitudes de ingreso.
«Es un número que va a fluctuar, va a cambiar», explicó la directora. «Hemos estado con 35 o 36; baja, sube. Eso va a depender de la situación que estamos viviendo en el país».
Cómo llegan los niños
El ingreso no se decide dentro del hogar. Los casos son detectados y canalizados por instituciones competentes, entre ellas la Dirección Nacional de Policía Especializada para Niños, Niñas y Adolescentes (Dinapen). Cuando un niño llega, el equipo técnico inicia un proceso de esclarecimiento de su situación familiar e informa a la autoridad judicial para que se dicten las medidas de protección correspondientes.
Según Maldonado, una causa recurrente es el consumo problemático de drogas por parte de los padres, especialmente de las madres, quienes suelen constar como las principales responsables de los niños. En ocasiones, las alertas se originan en las maternidades, cuando el personal de salud detecta que una mujer que acaba de dar a luz no está en condiciones físicas, sociales o psicológicas para hacerse cargo del recién nacido. También hay niños cuyas madres son adolescentes, muy jóvenes o extranjeras en condiciones de calle, y otros que han sido rechazados después de que uno de sus progenitores formó una nueva pareja o familia.
El objetivo inicial siempre es evaluar si existe la posibilidad de una reinserción familiar segura. Cuando esa alternativa no es viable, se inicia el procedimiento legal para resolver la patria potestad y, eventualmente, declarar al niño en situación de adoptabilidad.
La espera por una familia
El Hogar San Vicente de Paúl no decide qué familias pueden adoptar ni entrega directamente a los niños en adopción: ese trámite lo realiza el Ministerio de Desarrollo Humano, que revisa si las familias están preparadas y busca cuál puede ofrecer el hogar más adecuado a cada niño. El hogar, por su parte, investiga la situación de cada niño —salud, estudios, entorno familiar y social, bienestar emocional— antes de que se tome una decisión sobre su futuro.
Estos trámites pueden tardar entre dos y tres años. Según Maldonado, aunque existen leyes para proteger los derechos de los niños, las instituciones del Estado deberían actuar con mayor rapidez. «En la práctica siempre queda mucho por desear, más agilidad», agregó. La demora reduce las posibilidades de que los niños lleguen a una familia cuando todavía son pequeños.
«Los niños necesitan el afecto, el cariño personalizado de papá, de mamá; esas mamás de corazón y esos papás de corazón que son los que adoptan», dijo. «Ese niño que pudiera desarrollarse de la mejor manera en el seno familiar está acá esperando».
El equipo detrás del cuidado
La atención de los 32 residentes demanda el trabajo de 36 personas: 29 mantienen una relación laboral directa y las demás prestan servicios por horas o mediante facturación. El hogar cuenta con tutoras que cubren turnos las 24 horas, distribuidas en dos áreas principales: la escolar y la de cuna, donde permanecen los bebés y niños de hasta aproximadamente dos años y medio. «Los niños no pueden estar sin cuidados», enfatizó Maldonado.
El equipo incluye personal administrativo, médico, odontóloga, fisioterapista, enfermeras, personal de cocina y auxiliares de limpieza, además de un grupo variable de alrededor de 50 voluntarios entre personas particulares e integrantes de instituciones.
El voluntariado no es inmediato: quienes desean participar deben enviar una comunicación explicando cuánto tiempo pueden ofrecer, entregar referencias y asistir a una entrevista. «No es nada difícil, pero tampoco puedo ir, decir ‘quiero ser voluntaria’ y, acto seguido, ser voluntaria. Se pasa por unos filtros necesarios», aclaró la directora, una precaución que responde a la necesidad de garantizar entornos seguros para los niños.
Estudiar y preparar la salida
Todos los niños en edad escolar asisten a dos centros educativos cercanos al hogar. Desde los dos años y medio pueden ingresar a un centro de desarrollo infantil y, más adelante, continúan con la educación básica y el bachillerato. En la mayoría de los casos, el personal del hogar se encarga de llevarlos y recogerlos, y los niños reciben apoyo y tutorías para sus tareas escolares. «Aquí nadie está cruzado de brazos. Aquí están estudiando», sostuvo Maldonado.
Los adolescentes también pueden capacitarse los fines de semana en áreas como electricidad o panadería, según sus intereses y aptitudes. Algunos talleres cuentan con apoyo de organizaciones nacionales e internacionales que ayudan a los jóvenes a buscar trabajo o hacer prácticas, y algunos colaboran con una heladería y un almacén con los que el hogar genera ingresos propios.
Antes de cumplir los 18 años, los jóvenes preparan un proyecto de vida para decidir qué harán al salir del hogar. «No queremos personas que repitan una historia afuera, sino que aporten al crecimiento del país», señaló la religiosa, para quien la meta no es solo atender las necesidades de los niños mientras viven allí, sino darles herramientas para construir un futuro distinto.
«Que, en lugar del dolor que llevan por toda esta realidad, lo conviertan en resiliencia; que saquen bien del mal, que saquen bondad donde no recibieron bondad», comentó.
Un hogar que depende de la solidaridad
El hogar obtiene recursos de distintas fuentes. Una parte llega mediante un convenio con el Estado, a través del Ministerio de Desarrollo Humano, que ayuda a pagar algunos sueldos y una parte de la alimentación. El resto proviene de organizaciones nacionales y extranjeras, fundaciones católicas y personas que hacen donaciones.
Según Maldonado, las donaciones de personas y organizaciones cubren cerca del 30% de los gastos del hogar. En Quito, alrededor de 120 personas colaboran cada mes con dinero, alimentos u otros productos. Las organizaciones que apoyan económicamente al hogar reciben, cada seis meses, informes y documentos contables sobre el uso del dinero. «Creen en nosotros, creen en la administración honesta y responsable de los bienes que aportan», afirmó la directora. «No hay tela de duda de que el dinero se está administrando en función del objetivo planteado».
¿Qué necesita el hogar hoy?
- Productos de limpieza y aseo personal: detergente, cloro, desinfectantes, escobas, paños, pasta dental, cepillos, jabón, champú.
- Alimentos con proteína: pollo, huevos, queso.
- Insumos básicos: arroz, fideos, avena, pañales, leche de fórmula, útiles escolares.
- Calzado y ropa en buen estado, siempre que «se pueda volver a usar con dignidad», según indicó Maldonado.
«Nunca será suficiente. Siempre es necesario contar con nuevas personas que sigan aportando para el crecimiento y el desarrollo de estos niños», sostuvo la directora.
Mecanismos para realizar donaciones
Este Hogar recibe donaciones presenciales todos los días, de 08:30 a 16:30, en su sede ubicada en la calle San Vicente de Paúl E2-184 y La Exposición, sector de La Recoleta, en el centro histórico de Quito, detrás del Ministerio de Defensa.
Doris Egas, secretaria de la institución, señaló que durante ese horario siempre hay personal disponible para recibir los aportes. Cada donación entregada en el Hogar se registra en un libro al momento de su ingreso.
Las personas que prefieran realizar aportes económicos pueden depositarlos o transferirlos a la cuenta de ahorros 3390868300 del Banco Pichincha, asociada al RUC 1791131606001.
Si lo desea, puede coordinar previamente la entrega de donaciones o solicitar información adicional,llamando a los teléfonos 02 295 5355, 02 228 1356 y 096 773 6798.
Más que una donación: tiempo y acompañamiento
Para el hogar, ser benefactor no consiste únicamente en entregar dinero o alimentos. También implica compartir tiempo, acompañar a los niños, organizar actividades o seguir de cerca su crecimiento.
Algunas personas actúan como padrinos y mantienen contacto frecuente con un niño para conocer su desempeño escolar, sus necesidades y sus avances. Otras llevan un refrigerio, preparan una jornada recreativa o participan en actividades durante los fines de semana. «Los benefactores no solamente vienen y dejan algo. Hay posibilidades de venir a compartir un sábado con los niños, irlos conociendo e interactuar con ellos», explicó Maldonado.
Cada mes, la institución celebra una eucaristía por quienes han contribuido, en la que participan también los niños. «Todos los que han hecho una donación, aunque sea un grano de arroz, están presentes», dijo la religiosa.

