Escucho hasta acá el descorchar de las botellas rusas que celebran el caos en Europa. París, Madrid, Milán o Bruselas parecen haber despertado bajo el mismo estruendo; calles incendiadas, escaparates rotos, enfrentamientos con la policía y una indignación que amenaza con convertirse en una forma de identidad colectiva. No es casualidad que el descontento haya adquirido dimensiones continentales.
El Kremlin tiene muy presente que Europa ha financiado, desde el primer momento, la defensa de Ucrania. La guerra de desgaste se ha prolongado, entre otras razones, por el respaldo militar, económico y político de sus aliados occidentales. Putin no es tonto. El presidente ruso es consciente de que no puede permitirse una confrontación militar abierta con la OTAN. Pero existe otra posibilidad, explotar las fracturas internas de sus adversarios. La guerra híbrida ofrece precisamente ese repertorio de herramientas, sabotaje, desinformación, operaciones de influencia y amplificación de las tensiones sociales. Y ojo, no hace falta inventar el descontento cuando basta con encontrarlo y multiplicarlo.
Pero esa es apenas la chispa. La pólvora es europea. ¿Cómo explicar que una civilización que construyó universidades, catedrales, parlamentos y constituciones parezca incapaz de transmitir a sus nuevas generaciones las razones por las que levantó semejante arquitectura? La tradición grecorromana, tantas veces relegada a una insulsa asignatura de historia; el cristianismo, denostado y reducido a objeto de desprecio; y la Ilustración, deformada hasta convertirse en una racionalización extrema del proceder humano, parecen haber perdido su condición de pilares de Occidente. Sobre sus ruinas se levanta aquel último hombre de Fukuyama. Satisfecho, cómodo, convencido de que la historia terminó y de que ya no hay nada que defender.
Ahora pensemos en la paradoja. Una cafetería parisina incendiada por quienes ignoran que pertenece a una joven francesa, progresista, que ha defendido las políticas de acogida e integración que benefician a los agresores. ¿Qué queda cuando el resentimiento destruye incluso los espacios de convivencia de quienes han defendido sus causas? No se trata de convertir el origen de nadie en una explicación de la violencia. Se trata de comprender que ninguna reivindicación histórica concede licencia para destruir a los otros.
Las cosas que perdemos en el fuego no son vitrinas, hidrantes o escaparates de ropa. Lo verdaderamente devastado es el espíritu político capaz de comprender que los derechos y los deberes son dos caras de una misma ciudadanía. Una sociedad que exige libertades, pero renuncia a las responsabilidades que las hacen posibles, termina confundiendo emancipación con destrucción.
Hay una idea, atribuida indistintamente a Gustav Mahler y a G. K. Chesterton, que merece sobrevivir a la discusión sobre su autoría. La tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas.
Negar el pasado, la historia o la memoria siempre termina empobreciendo el presente. Heredar una cultura no significa conservar sus formas como piezas de museo ni repetir ceremonias vacías. Significa mantener viva la energía, la creatividad y el propósito que les dieron origen. Ahora mismo Europa debería preguntarse qué ha dejado de transmitir antes de preguntarse quién ha encendido sus calles. Porque cuando una civilización olvida las razones por las cuales construyó su casa, termina olvidando también cómo protegerla y cualquier chispa puede convertirla en cenizas.
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