He estado pensando en algo: tenemos demasiado miedo al conflicto. No me malentienda, estimado lector. No me refiero a buscar el conflicto como si uno no tuviera suficientes problemas con los que lidiar. Percibo que, últimamente, el conflicto ha sido visto como algo de lo que debemos huir desesperadamente como para cuidarnos de las malas energías o algo por el estilo. Creo que olvidamos que el conflicto es parte de las relaciones interpersonales y que alejarnos de él no hará que resuelva magícamente. Al contrario, tiende a empeorar.
Lo conversé con mis queridos alumnos un par de veces durante las últimas semanas. Justamente, dentro del marco de un evento académico sobre Mediación, discutimos sobre la importancia de permitir que las partes de un conflicto sean quienes busquen solucionarlo antes de poner el problema en manos de alguien más. Por supuesto, existen conflictos que, debido a su complejidad, requieren de la asistencia de otros. Sin embargo, me parece que muchos podrían resolverse si los involucrados estuviesen dispuestos a dialogar.
Dentro de mis funciones docentes, me sucede cada vez con más frecuencia que mis estudiantes acuden a mi oficina en busca de soluciones a problemas que ellos mismos deberían enfrentar y resolver. Conflictos con sus compañeros, con sus familiares, con sus profesores y con sus empleadores que no están dispuestos a enfrentar. Mi pregunta de siempre: ¿lo conversaste con la otra parte antes de buscar mi ayuda? Titubeos. Dudas.
Se acostumbraron a eludir los conflictos en lugar de hablar y buscar soluciones. Quizás sea porque muchas de las veces alguien solucionó cada uno de sus problemas, conviertiéndolos en criaturas adultas dependientes e incapaces de lidiar con una dosis de conflicto. Flaco favor que les hicieron. Me pregunto: ¿cómo esperan vivir de solucionar problemas ajenos si no pueden ni con los suyos propios?
Puede ser que, con tanta herramienta a su disposición, el individuo se esté malacostumbrando a ser asistido. No olvidemos que esta es la era en la que existen personas que no pueden ni responder un chat sin la ayuda de alguna inteligencia artificial. Lamento si se sintió aludido, pero creo que no deberíamos renunciar tan fácilmente al acto humano de dialogar y, por supuesto, discutir, hasta resolver los problemas. Le propongo un ejercicio: la próxima vez que tenga en frente el inevitable conflicto, anímese a decir lo que siente. Podría llevarse la enorme sorpresa y satisfacción de sentirse humano.
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