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Pablo Begnini
Pablo Begnini
Director académico de Relaciones Internacionales de la Universidad Hemisferios en Quito. Historiador. Profesor investigador de paz y conflicto, geopolítica y asuntos humanitarios. Redes: X: @begnini IG:@pablo.begnini

La insoportable incomodidad de la verdad

La verdad tiene un defecto imperdonable y es que siempre incomoda. Nunca ha sido particularmente buena compañía. Quienes se han encariñado demasiado con ella suelen terminar con frecuencia y rápidamente en el otro barrio. Sócrates bebió la cicuta; Cristo murió en la cruz; Galileo tuvo problemas con sus contemporáneos y Giordano Bruno terminó en la hoguera. No parece, precisamente, un club social recomendable.

Apreciado lector, yo defiendo la idea de que a las personas no siempre les interesa la verdad. Conozco de cerca algunos casos. Les interesa, más bien, lo que la verdad les hace sentir. Y aquí comienza nuestro dilema. La verdad es cara. Encontrarla exige tiempo, investigación, rigor, contraste de fuentes, lenguaje preciso y la incómoda disposición a cambiar de opinión. La ficción, en cambio, es barata. Puede fabricarse en minutos, simplificarse hasta caber en una idea y difundirse hasta convertirse en multitud (oclocracia dirían los entendidos). Una explicación profunda necesita paciencia; una mentira solo necesita imaginación y buena conexión a internet. Por eso creo que nos cuesta tanto admitir algunas verdades sobre la tecnología.

Toda tecnología materializa intereses. No es neutral. Incluso las perspectivas filosóficas más positivistas de la técnica reconocen que los artefactos aparecen dentro de circunstancias históricas concretas y responden a problemas determinados. Hubo un tiempo en que la rueda fue tecnología revolucionaria; después lo fueron los lentes, la imprenta o el grafito del lápiz. Hoy vivimos dentro de entramados tecnológicos tan complejos que apenas comprendemos la arquitectura que sostiene un teléfono o un modelo de inteligencia artificial.

Pero el principio sigue siendo el mismo. A un problema técnico corresponde una solución técnica y, detrás de esa solución, existe un interés. El interés puede ser general; pero difícilmente será universal. Toda tecnología decide, en alguna medida, qué hacemos, cómo lo hacemos y qué dejamos de hacer al utilizarla.

Jonathan Crary lo explica magistralmente en 24/7: Late capitalism and the ends of sleep, al analizar cómo los sistemas modernos han buscado extender la actividad humana hasta convertir la noche misma en territorio productivo. Incluso el sueño, esa antigua frontera biológica, terminó enfrentándose a la lógica de la disponibilidad permanente. La tecnología no apareció simplemente para resolver necesidades, también fue utilizada para reorganizar la conducta humana conforme a determinados intereses políticos y económicos.

La verdad tecnológica, entonces, resulta incómoda porque obliga a formular una pregunta elemental: ¿para qué fue hecha esta herramienta? Y quizá una segunda pregunta todavía más perturbadora: ¿para qué está siendo utilizada? Por ello hay recordar que la realidad tiene un mecanismo correctivo infalible. Podemos discutir sobre las leyes naturales, pero ellas no participan del debate. Podemos negar la gravedad, pero la acera seguirá estando debajo de nosotros. La verdad duele precisamente porque corrige las ilusiones. Nos obliga a mirar lo que es y no aquello que quisiéramos que fuera.

Por eso nos entusiasma tanto la inteligencia artificial. Hay algo extraordinariamente seductor en conversar con una máquina que, en demasiadas ocasiones, encuentra la manera de darnos la razón. Los chatbots suelen corregir con delicadeza, matizar con diplomacia y formular el desacuerdo de tal manera que nuestro ego apenas percibe el golpe. Son, en cierto sentido, espejos educados. (Léase el Mundo de los espejos de Jorge Luis Borges para que entienda como termina esa faena).

Así pues, querido lector, yo pienso que ahí radica el verdadero peligro; uno que ya hemos naturalizado con el tiempo. Confundimos comodidad con verdad. Toda tecnología responde a un interés y la pregunta que debemos hacernos no es solamente qué puede hacer tal o cual herramienta, sino qué interés estamos materializando cuando decidimos utilizarla.

Porque quizá la cuestión decisiva no sea si una tecnología es artificial. Quizá debamos preguntarnos si el interés que la gobierna es natural.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.