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Gabriel Galán Melo
Gabriel Galán Melo
Gabriel Santiago Galán Melo, Doctor (PhD) en Derecho por la UASB-E. Magíster en Derecho Civil y Procesal Civil por la UTPL. Magíster en Derecho con mención en Derecho Tributario y Especialista Superior en Tributación por la UASB-E. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Abogado por la PUCE.

Quito necesita un verdadero burgomaestre

Las elecciones seccionales colocan a Quito nuevamente frente a una decisión que debe superar los nombres, partidos y consignas, porque la pregunta fundamental no es quién quiere ser alcalde, sino qué tipo de alcalde necesita la ciudad. Quito requiere recuperar algo que parece haberse perdido entre diversas administraciones, disputas políticas y obras inconclusas -en medio de la permanente improvisación-. Requiere un proyecto de ciudad. Los problemas ya están suficientemente diagnosticados: la movilidad, inseguridad, deterioro vial, crecimiento urbano desordenado, contaminación, recuperación del Centro Histórico y generación de nuevas oportunidades aparecen recurrentemente entre las mayores preocupaciones ciudadanas. La movilidad, en particular, continúa siendo especialmente crítica y el deterioro actual de buena parte de la infraestructura vial demuestra que inaugurar obras no equivale necesariamente a construir una ciudad.

Por ello, Quito no necesita un alcalde que llegue con una nueva lista de promesas. Necesita un burgomaestre, en el sentido más profundo del término: alguien capaz de comprender, conducir y representar a la ciudad. Tal como lo indica Peter Drucker, administrar consiste en hacer correctamente las cosas, en tanto que que liderar supone hacer las cosas correctas. Y Quito necesita ambas capacidades, porque un alcalde debe administrar bien, pero fundamentalmente debe saber hacia dónde quiere conducir la ciudad. Gobernar Quito no puede ser reducido a tapar baches, recoger basura, controlar permisos o ejecutar el presupuesto. Todo ello, ciertamente, es indispensable, pero constituye apenas el punto de partida, ya que el próximo alcalde, a más de gobernar responsablemente, tiene que enfrentar algunos desafíos urgentes.

El primero, es el desafío de devolver el tiempo a los ciudadanos. Una ciudad en la que una parte importante de la vida cotidiana se pierde atrapada en el tráfico es una ciudad que reduce la productividad, la convivencia familiar y la calidad de vida. En fin, es una ciudad que disminuye el bienestar de todos. El Metro, por ejemplo, constituye una infraestructura fundamental, pero debe convertirse en la columna vertebral de un verdadero sistema integrado de movilidad, acompañado de transporte público eficiente, vías adecuadas y mejores condiciones para peatones y ciclistas. De manera que el sistema integrado de transporte nos garantice, verdaderamente, bienestar a todos los ciudadanos.

El segundo desafío es recuperar la seguridad y el espacio público. Aunque la seguridad tiene una importante dimensión nacional -articulada en un sistema integrado y complejo de competencias-, ningún alcalde puede declararse simplemente incompetente frente al miedo ciudadano. La iluminación, la tecnología, la recuperación de parques, el ordenamiento urbano, la prevención y coordinación interinstitucional también construyen seguridad. El propio diagnóstico metropolitano (divulgado por el Municipio de Quito en su página web institucional) reconoce la relación entre espacio público, convivencia y percepción de seguridad. Pero es necesario abandonar la queja y actuar. Ya es hora de hacer y no solo alegar.

Y existe un tercer desafío, quizá más importante: volver a pensar Quito a veinte o treinta años. Una capital no puede reinventarse cada cuatro años. Necesita planificación que sobreviva a los alcaldes, requiere continuidad de las buenas políticas públicas y capacidad para corregir aquellas que han fracasado o fracasarán. Y para ello, inevitablemente, necesita algo más: liderazgo. Quito requiere un alcalde que dialogue con el Gobierno nacional sin subordinación ni confrontación permanente; que articule al sector privado, universidades, barrios y organizaciones sociales; y, que, sobre todo, escuche antes de decidir y explique después de hacerlo. Por ello, las elecciones no deberían convertirse en un concurso trivial de popularidad. Deberían permitirnos a todos los quiteños discutir qué ciudad queremos construir. Porque Quito no necesita simplemente alguien que ocupe la Alcaldía. Necesita alguien capaz de gobernar la ciudad, pero sobre todo de imaginarla.

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