Usualmente, en cada elección -y vamos nuevamente a una en noviembre- la atención se centra en las preferencias de quienes ya han decidido su voto. Sin embargo, desde hace algún tiempo, el verdadero desenlace electoral en nuestro país ha dependido de un grupo menos visible: los indecisos. Lejos de representar apatía o desinterés, estos electores responden a un proceso psicológico complejo en el que confluyen emociones, percepciones y evaluaciones racionales. Al respecto, Kahneman sostiene que las personas no decidimos únicamente mediante cálculos racionales, ya que, nuestros juicios están inevitablemente influidos por atajos mentales, emociones y sesgos cognitivos. Así ocurre en la política. El elector no compara solamente los planes de gobierno, sino que valora la credibilidad, liderazgo, competencia y confianza que le inspira cada candidato. Cuando ninguna alternativa satisface suficientemente sus expectativas, aparece la indecisión.
En Ecuador, este fenómeno ha adquirido una relevancia particular. La crisis política, el deterioro de la seguridad, la incertidumbre económica y el reiterado incumplimiento de las promesas electorales han erosionado la confianza ciudadana. Cuando la confianza se debilita, las instituciones pierden legitimidad y los ciudadanos incrementan su cautela frente a quienes aspiran a gobernarlas. De ahí que, el elector indeciso no busque necesariamente al candidato con el discurso más emotivo, con la mayor cantidad de ofertas o con la imagen de mayor capacidad económica, sino a quien logre reducir la incertidumbre respecto de su futuro. Downs lo explica de la siguiente manera: sostiene que los ciudadanos actúan racionalmente dentro de los límites de la información disponible, pero en contextos de alta incertidumbre como el ecuatoriano, esa racionalidad suele expresarse en la postergación de la decisión hasta contar con señales más claras sobre la verdadera capacidad de los candidatos para gobernar.
La indecisión, entonces, no constituye un signo de ignorancia, sino una estrategia prudente frente al riesgo. Y este escenario debería modificar la lógica de las campañas electorales, pues persistir en la descalificación del adversario únicamente fortalece a quienes ya tienen una preferencia definida, pero difícilmente persuade a quienes aún dudan. El elector indeciso demanda evidencia de gestión, coherencia entre el discurso y la trayectoria, conocimiento de los problemas públicos y capacidad para construir acuerdos. Lakoff afirma, en dicho sentido, que las decisiones políticas están profundamente condicionadas por los marcos mentales desde los cuales interpretamos la realidad; sin embargo, dichos marcos solo producen efectos duraderos cuando el mensaje resulta consistente con la experiencia cotidiana del ciudadano común. De manera que, aunque la propaganda pueda captar la atención, es la credibilidad la que finalmente construye la confianza.
Así, la democracia se fortalece gracias a estos ciudadanos que todavía se permiten dudar. Su existencia obliga a los candidatos a competir por méritos y no únicamente por identidades partidistas. Como advierte Sartori, la calidad de una democracia depende, en buena medida, de la calidad de las decisiones que adoptan sus ciudadanos. Y las mejores decisiones rara vez nacen de la adhesión automática, porque surgen, en verdad, de la reflexión crítica. Y aunque el mayor desafío de la política ecuatoriana quizá no sea simplemente conquistar el voto de los indecisos, sino recuperar la confianza que durante años se ha ido perdiendo, cabe asimilar que, al final, las elecciones no las gana quien habla más fuerte ni quien promete más, sino quien logra convencer a la ciudadanía de que posee la capacidad, la integridad y la solvencia para gobernar mejor.
Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.

