Tras el asesinato de Fernando Villavicencio, la atención pública se concentró en los autores materiales, las investigaciones y las consecuencias políticas del crimen. Sin embargo, hubo otra batalla que se libró en paralelo: la de la información.
En esta columna de opinión, César Ricaurte analiza cómo, desde las primeras horas posteriores al asesinato, se difundieron narrativas destinadas a sembrar dudas sobre la víctima, desacreditar a quienes exigían justicia y contaminar el debate público con versiones contradictorias y desinformación.
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