Se ha hablado mucho de las cumbres que reunieron en mayo en Beijing -a semana seguida, aunque por separado- a los líderes de las tres potencias globales: Donald Trump y Vladimir Putin con Xi Jinping, el anfitrión. La primera, Xi-Trump, acaparó la atención de los medios occidentales. No era para menos, después de un año de tensiones por la guerra arancelaria impulsada por Washington, así como el atolladero de la guerra en Irán y las repercusiones económicas derivadas de la crisis en el Estrecho de Ormuz, existían razones suficientes para seguir de cerca el encuentro. Y había un tema adicional que resulta determinante en esta relación: Taiwán.
La segunda, sin embargo, pasó relativamente desapercibida, pese a que un análisis geopolítico adecuado exige revisar ambas cumbres de manera complementaria. De hecho, es el encuentro entre Xi y Putin el que permite entender mejor hacia dónde se está desplazando el centro de gravedad del orden internacional.
Vamos a lo concreto. La cumbre con Trump no produjo una declaración conjunta, ni siquiera un comunicado. En cambio, la Xi-Putin concluyó con dos declaraciones conjuntas muy relevantes: la Declaración sobre coordinación estratégica integral China-Rusia; y la Declaración sobre multipolaridad y nuevo orden internacional. La primera es una profundización de una ya larga alianza estratégica. La segunda es la más interesante, pues, entre otras cosas, defiende un orden multipolar, critica la hegemonía de una sola potencia, promueve el fortalecimiento del papel de la ONU, y habla de la necesidad de reformar la gobernanza global. La paradoja es evidente: mientras Washington parece cada vez más dispuesto a actuar al margen de las instituciones multilaterales que ayudó a crear tras la Segunda Guerra Mundial, Moscú y Beijing se presentan hoy como defensores de principios fundamentales del orden internacional de la posguerra.
Trump insinuó en la cumbre la propuesta de un G2 entre Beijing y Washington. Xi respondió que no, pero sin decirlo, al proponer que más bien se debe promover una multipolaridad para beneficio mutuo. Una semana después, en la cumbre con Putin, lo repitió.
Pero, en realidad, China sí forma parte de un G2 de facto, con Rusia. Y es que, durante los mandatos de Xi y Putin, China y Rusia han tenido una relación mucho más cercana de cuanto se tenga en cuenta. Desde que Xi Jinping asumió el liderazgo del gigante asiático en 2013, ambos mandatarios se han reunido en persona más de 40 ocasiones, algo sin precedentes entre grandes potencias. Y, si se cuenta las cumbres bilaterales desde que Putin asumió en el año 2000, el número casi se duplica; antes de Xi Jinping, con Hu Jintao (2003-2013) se reunió más de 20 ocasiones, y con Jian Zemin (2000-2003) una decena de veces. Así que -además de los vínculos económicos, energéticos y de defensa- los números aquí son contundentes. China y Rusia han construido una relación de confianza y coordinación estratégica que ha sobrevivido a profundas transformaciones del sistema internacional; entre ellas, la expansión de la OTAN, las sanciones occidentales contra Moscú, la guerra en Ucrania y las galopantes tensiones entre China y EE.UU. En perspectiva, esta asociación constituye una de las alianzas políticas más estables y duraderas de las últimas décadas…
En marzo de 2023, al final de una cumbre bilateral en Moscú quedó reflejada la profundidad de esta relación. Al despedirse, Xi le dijo a Putin: “Estamos viendo cambios como no ha habido en 100 años y somos nosotros los que los impulsamos juntos”. Aquí no hay espacio a dudas; la frase está grabada y fue difundida públicamente… Toda una declaración de intenciones.
En septiembre de 2025, mientras la atención de Occidente se concentraba en el intenso primer año del segundo mandato de Donald Trump, Beijing fue sede de un contundente desfile para conmemorar el 80.º aniversario de la victoria en la Resistencia contra la Agresión Japonesa contra China (1945-2025). El evento -solo una semana después de que Trump recibiera a Putin con alfombra roja en Alaska para no llegar a ningún acuerdo- no tuvo repercusión en Occidente a la medida de las circunstancias. Sin embargo, fue una de las mayores demostraciones de poder político y militar de las últimas décadas: más de 12 mil soldados del Ejército Popular de Liberación, misiles nucleares, misiles transcontinentales, aviones y drones de combate… La lista de mandatarios presentes también fue reveladora: 26 jefes de gobierno de cuatro continentes; entre ellos, Vladímir Putin, de Rusia, Kim Jong-un, de Corea del Norte, Alexander Lukashenko, de Bielorrusia, y Masoud Pezeshkian, de Irán. No fue solo un desfile de conmemoración sino un claro mensaje: vivimos una evidente etapa de transición geopolítica. Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, que dio fin a la Guerra Fría, el orden unipolar liderado por EE.UU. no existe más. Resta ver el orden que vendrá.
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