Daniel tiene orígenes revolucionarios, siempre ligados a la izquierda. Nace en la política combatiendo la dictadura como guerrillero. Tuvo un paso breve y sin mucho brillo por el Congreso para luego llegar a la presidencia y no abandonar nunca más el poder.
Corto de estatura, pero con aires de grandeza, gobierna el país con mano dura. Se ha tomado todos los poderes del Estado, ha reescrito la Constitución y la ha reformado a su antojo, al punto de cogobernar con su esposa, quien ostenta el cargo de co presidenta de la República.
El trato de Daniel con la prensa ha sido calificado por organismos internacionales de derechos humanos, la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa) y relatores de la ONU como una persecución sistemática y un desmantelamiento absoluto de la libertad de prensa. Esto porque ha asfixiado a los medios independientes con acoso y el retiro de pauta del gobierno. Medios emblemáticos han sido asaltados y tomados por el régimen, llegando incluso a la intervención violenta con la policía. Ni se diga la persecución judicial a periodistas, quienes han tenido que emigrar del país.
En las últimas elecciones, Daniel utilizó a jueces y fiscales para encarcelar a los principales aspirantes presidenciales de la oposición bajo cargos inventados de «traición a la patria», asegurando su reelección sin competencia.
Ha eliminado progresivamente a la oposición a través de leyes que permiten la confiscación de cuentas y de bienes de más de 3.500 organizaciones de la sociedad civil, universidades privadas y organismos de derechos humanos.
Cuando hace varios años Daniel se dio a conocer, apareció como un joven líder que sembró esperanza en la gente. Un valiente contradictor del dictador a quien reemplazaría. Lo que la gente no esperaba es que, como en la Rebelión en la granja de Orwell, al final casi no hay forma de distinguir entre los unos y los otros. Terminaron convirtiéndose en lo que tanto juraron combatir.
La dictadura de Daniel lo es en todas sus formas, con la complicidad de muchos de sus coidearios que callan, aunque se rasgan las vestiduras cuando sus adversarios políticos hacen lo mismo. Es que a ellos no los mueven los principios ni la coherencia; los mueven las galletas que les tiran y las migajas que alcanzan a comer.
Pero como el poder no es eterno, algún día, que ojalá sea pronto, Daniel Ortega dejará el poder, y Nicaragua podrá recuperar la democracia y el desarrollo.
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