El espejismo del dinero fácil: así es la economía real detrás de OnlyFans

Un informe destapa la cara oculta de la economía sexual digital y su impacto en jóvenes y adolescentes 

Detrás de la promesa de libertad financiera, autonomía y empoderamiento que ha convertido a OnlyFans en un fenómeno global, existe otra historia mucho menos glamurosa: la de un mercado sostenido por la precariedad económica, la desigualdad de género y una desprotección estructural hacia las mujeres jóvenes que lo alimentan.

Así lo revela el informe «La monetización de la intimidad: Juventud, plataformas y economía sexual en OnlyFans«, elaborado por la Fundación Child Heroes, una investigación que desmonta paso a paso el mito del «dinero fácil» y pone el foco en los procesos de captación, exposición y explotación sexual digital que afectan de forma especial a adolescentes y jóvenes.

El informe no se limita a describir una plataforma, analiza un ecosistema económico completo, sus actores, sus incentivos y sus consecuencias silenciadas.

El mito del dinero fácil, cifra por cifra

Hay que recordar que, OnlyFans nació en 2016 como una plataforma de suscripción generalista. En pocos años se transformó en uno de los principales espacios mundiales de producción y consumo de pornografía online, y España se cuenta hoy entre los países europeos que más dinero destinan a este tipo de contenido.

Pero el informe contrapone, casi como un desmentido en cifras, «el mito» y «la realidad» de este negocio:


Mito vs Realidad — Ingresos de creadoras
×El mito

Los ingresos totales generados por las creadoras en 2024 ascendieron a 7.220 millones de dólares, la cifra que circula públicamente y que alimenta el relato del éxito fácil.

La realidad

De media, una creadora ingresa apenas 131 dólares al mes, unos 1.342 euros al año ($1.534,63 dólares estadounidenses).


A esa desproporción se suman otros datos que retratan un mercado saturado y desigual:


Datos — Creadoras y usuarios en la plataforma

4,6 millones

de creadoras activas en 2025, un aumento del 1.222% respecto a 2019.

377,5 millones

de usuarios registrados en la plataforma, lo que equivale a unos 82 consumidores por cada creadora.

168,7 millones €

de gasto en España, que la sitúa en el puesto 10 a nivel mundial y 4º en Europa.


La desigualdad de género atraviesa toda la cadena: el 84% de quienes crean contenido son mujeres, frente a un 16% de hombres u otras identidades.

En el lado del consumo, el patrón se invierte: el 79% de los «fans» son hombres, frente a un 21% de mujeres u otras identidades.

Como resume el propio informe, «la mayor parte de quienes crean el contenido son mujeres jóvenes, mientras que el consumo es mayoritariamente masculino», un modelo que, en la práctica, «se sostiene sobre la monetización de la imagen, la intimidad y la sexualidad de las mujeres».

No es una plataforma, es un ecosistema

Uno de los aportes más reveladores del informe es su insistencia en que «el mercado del contenido sexual online es mucho más amplio que OnlyFans». No se trata de una app aislada, sino de un entramado en el que participan plataformas de venta de contenido (OnlyFans, Fansly, JustForFans), redes sociales de uso masivo (Instagram, TikTok, X, Reddit, Snapchat), aplicaciones de mensajería (Telegram, WhatsApp), foros especializados y toda una red de intermediarios.

En ese engranaje aparecen figuras poco conocidas fuera del sector:


Agencias, chatters y gurús

Agencias

De gestión de cuentas y representantes.

“Chatters”

Personas contratadas para conversar con los suscriptores haciéndose pasar por las propias creadoras, con el fin de generar vínculo emocional y aumentar las ventas, llegando a gestionar simultáneamente decenas de perfiles.

“Gurús”

Promocionan estrategias de crecimiento y monetización dentro de la industria.


El informe subraya que la existencia de estos intermediarios «evidencia que el negocio no siempre responde al modelo de autonomía individual con el que habitualmente se presenta».

Cuando terceros administran ingresos, fijan estrategias comerciales o ejercen distintos grados de control sobre la actividad de las creadoras, surge el debate sobre nuevas formas de «proxenetismo digital» adaptadas al entorno online.

A esto se suma un diseño tecnológico que no es neutral: «los algoritmos de recomendación, las métricas de popularidad, las notificaciones y los incentivos económicos están diseñados para maximizar la visibilidad, la interacción y el tiempo de permanencia de los usuarios», señala el informe.

Y aunque las plataformas dicen aplicar controles y moderación, en la práctica «los contenidos circulan con facilidad entre espacios digitales diferentes», lo que dificulta cualquier supervisión efectiva.

El coste oculto que pagan las creadoras

Ser creadora de contenido, explica el informe, va mucho más allá de grabar fotos o vídeos. Implica «convertir la propia imagen, la intimidad, las emociones y las relaciones con los usuarios en una fuente de ingresos»: mantener la atención de la audiencia, gestionar conversaciones, construir una identidad digital atractiva y proyectar cercanía, disponibilidad o exclusividad de forma constante.

Ese trabajo emocional tiene un precio. El informe documenta que muchas creadoras llegan a la plataforma tras trayectorias marcadas por la precariedad económica, la vulnerabilidad social o dificultades emocionales: diagnósticos psiquiátricos, antecedentes de violencia de género, bullying o divorcios, siendo las mujeres jóvenes el grupo más expuesto a las presiones económicas que empujan hacia este tipo de plataformas.

A ello se añade el poderoso relato cultural del «empoderamiento»: una narrativa que asocia el éxito con la visibilidad, la autonomía económica y el emprendimiento digital, y que legitima discursos que romantizan la libertad sexual.

Pero, advierte el informe, esa idea de empoderamiento «convive en la práctica con dinámicas de vulnerabilidad estructural», mostrando que detrás de la apariencia de autonomía muchas creadoras enfrentan riesgos y presiones reales.

Los riesgos, además, no terminan cuando termina la actividad: la dificultad de recuperar el control sobre imágenes y contenidos una vez difundidos puede generar consecuencias personales, laborales y relacionales incluso años después de abandonar la plataforma.

Acoso, violencia digital, estigmatización, pérdida de privacidad, fraudes, extorsiones y difusión no autorizada de material íntimo son, según el informe, riesgos que las propias creadoras denuncian de forma recurrente, mientras la responsabilidad de gestionarlos recae, en la práctica, casi exclusivamente sobre ellas.

Los consumidores: el actor invisible

Si algo señala con contundencia el informe es la asimetría con la que se observa a cada lado de esta industria. Mientras el debate público, mediático e incluso moral recae casi siempre sobre las creadoras, los consumidores, pieza imprescindible sin la cual el mercado no existiría, permanecen mucho más invisibilizados.

El informe distingue perfiles diversos entre quienes consumen este contenido: una parte importante busca «ejercer poder y dominación sobre las mujeres», aprovechando la relación de poder que otorga la transacción económica para pedir prácticas de humillación o vejación, o fantasías que otras mujeres no aceptarían fuera de ese contexto. Otro grupo busca compañía y atención emocional, lo que también refleja una forma de cosificación, aunque no sexual sino como proveedoras de cuidado y afecto.

Como resume una de las frases más contundentes del informe:

«La mayoría consume. Pero el foco social suele recaer sobre quienes venden el contenido y no sobre quienes sostienen la demanda.»

Los datos respaldan esa desproporción: la inmensa mayoría de los consumidores de contenido sexual online son hombres, mientras las mujeres representan la mayor parte de quienes lo producen.

Menores: la promesa legal que el mercado ignora

Uno de los capítulos más preocupantes del informe es el que aborda la exposición de niños, niñas y adolescentes a este ecosistema.

La pornografía y la comercialización de la sexualidad, advierte el estudio, «ya no se circunscriben a páginas especializadas»: circulan de forma masiva por redes sociales de uso diario entre menores, normalizando a edades cada vez más tempranas la sexualización, la exposición de la intimidad y la monetización del cuerpo.

Pese a los sistemas de verificación de edad que dice aplicar OnlyFans, el informe es tajante: «los controles siguen siendo insuficientes para garantizar una protección efectiva de los menores».

El uso de documentación falsificada, cuentas de terceros o servicios que facilitan el acceso permite sortear estas barreras con relativa facilidad. Y tampoco existen, señala el informe, mecanismos plenamente eficaces para impedir que los propios menores consuman este tipo de contenidos.

Pero quizás la denuncia más incómoda del informe tiene que ver con la estética que premia el propio mercado.

Cumplir 18 años es una exigencia legal, pero «la demanda no busca necesariamente mujeres adultas». Con frecuencia, los contenidos más valorados reproducen estéticas y comportamientos asociados a la adolescencia, la ingenuidad, la vulnerabilidad y la inexperiencia sexual. Como resume el propio informe:

«La ley exige mayoría de edad, pero el mercado premia la apariencia de menor edad.»

Esta dinámica, advierte el estudio, no solo sexualiza a las mujeres adultas: contribuye a la infantilización de la sexualidad femenina y a la erotización de la infancia y la adolescencia, incentivando su reproducción por parte de algunas creadoras que buscan mayor visibilidad e interacción.

El informe también alerta sobre la existencia de comunidades y canales digitales donde se comparten y normalizan contenidos obtenidos sin consentimiento, junto a otros materiales potencialmente ilícitos.

Aunque estas prácticas no forman parte de la actividad ordinaria de las plataformas de monetización de contenido íntimo, su coexistencia en determinados ecosistemas digitales evidencia las limitaciones de los sistemas actuales de control frente a nuevas formas de violencia y explotación facilitadas por medios digitales.

Las recomendaciones: educar, regular, proteger, reparar

Frente a este panorama, la Fundación Child Heroes plantea un marco de respuesta organizado en cuatro ejes:

Educar, regular, proteger, reparar

Educar

  • Educación afectivo-sexual y digital.
  • Prevención de grooming, captación y violencias digitales.
  • Pensamiento crítico frente a la pornografía y la hipersexualización.

Regular

  • Supervisión de algoritmos y plataformas.
  • Responsabilidad de empresas e intermediarios.
  • Sanciones frente al lucro derivado de la explotación sexual digital.

Proteger

  • Verificación efectiva de edad.
  • Protección reforzada de menores.
  • Mecanismos seguros frente a violencia y explotación digital.

Reparar

  • Atención psicológica, jurídica y social especializada.
  • Canales rápidos de denuncia.
  • Derecho efectivo a la reparación de las víctimas.

Una responsabilidad que no es individual, sino colectiva

El informe cierra con una advertencia que resume el espíritu de toda la investigación: sin una respuesta colectiva, se corre el riesgo de seguir normalizando que la intimidad, el cuerpo y la sexualidad de las mujeres se conviertan en mercancías.

La llamada «pornificación de la cultura» y el blanqueamiento de determinadas formas de explotación sexual no son fenómenos inevitables, sino el resultado de decisiones sociales, económicas y políticas concretas.

Por eso, concluye la Fundación Child Heroes, la respuesta debe ser también colectiva: educar, proteger, regular y reparar frente a un fenómeno que, lejos de ser marginal, se ha convertido en una de las expresiones más visibles y menos cuestionadas de la desigualdad de género en la era digital.

Fuente:

 Las imágenes de este explicativo fueron generadas con Gemini.

Karen Mantilla Ulloa
Karen Mantilla Ulloa
Licenciada en Periodismo con especializaciones en “Fake News” y Desinformación (RELIAL) y Periodismo de Visualización de Datos (DW Akademie y Desenredatos, Ecuador). Con más de 5 años de experiencia en medios digitales, como presentadora y reportera de noticias. También, escribo sobre temas científicos y culturales, combinando el rigor informativo con la claridad y el análisis de datos

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