Es común responder a una verificación con una experiencia personal: «a mi hija le pasó», «yo me curé con eso», «a mi tío le funcionó». Son relatos reales y las personas que los viven no están mintiendo. El problema no es la experiencia: es la conclusión causal que se saca de ella sin poder comprobarla. Te explicamos por qué la ciencia exige más que una coincidencia en el tiempo, con dos ejemplos que lo ilustran.
¿Qué pasa cuando alguien dice «a mí me funcionó»?
Ocurre en todo tipo de temas. Durante la pandemia, mucha gente tomó ivermectina —un antiparasitario— convencida de que la curó del COVID-19. En otros casos, alguien tocó un objeto en la calle y sintió mareo, por lo que concluyó que fue drogado con escopolamina. En ambos casos el síntoma o la mejoría fueron reales. Lo que no se puede probar solo con esa experiencia es que la causa fue la que la persona asume.
¿Por qué el cerebro cae tan fácil en esta trampa?
No es falta de inteligencia ni de buena fe: es el modo en que el cerebro humano está diseñado para funcionar. El cerebro procesa una cantidad enorme de decisiones e información cada día, y para ahorrar energía tiende a dar por buena la información que coincide con lo que ya cree, porque le cuesta menos esfuerzo que evaluar algo nuevo desde cero, como explica un análisis de Cambio16 sobre neurociencia cognitiva.
Además, cuando encontramos información que confirma una creencia previa, el cerebro libera dopamina —el mismo neurotransmisor asociado al placer y la recompensa—, lo que genera una sensación agradable de «lo sabía», según explica iNeurociencias. En cambio, procesar información que contradice lo que creemos exige más esfuerzo mental y genera incomodidad, por lo que el cerebro tiende a evitarlo.
Por eso, cuando alguien ya escuchó que «la ivermectina cura el COVID» o que «te pueden escopolaminar con un papel», y luego vive algo que parece confirmarlo, su cerebro conecta ambos hechos casi automáticamente — y esa conexión se siente correcta, aunque no lo sea.
Algunas anécdotas vs. la ciencia
¿Qué dice la evidencia sobre la ivermectina y el COVID-19?
Un grupo de expertos independientes convocado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revisó los datos agrupados de 16 ensayos clínicos aleatorizados, con más de 2.400 pacientes, y concluyó que la evidencia sobre si la ivermectina reducía la mortalidad o la gravedad del COVID-19 era de certeza muy baja.
Años después, FactCheck.org revisó más de 80 estudios adicionales sobre el tema y encontró que, de forma consistente, ensayos clínicos controlados y aleatorizados muestran que no hay evidencia de un beneficio clínico con la ivermectina.
National Geographic explicó además que muchos de los estudios que sí mostraron beneficios solían reclutar pocos pacientes o no estaban bien diseñados, lo que a veces lleva a los investigadores a sobrestimar los impactos del medicamento.
Es decir: quienes mejoraron tras tomarla probablemente lo hicieron porque la gran mayoría de casos de COVID-19 mejoran por sí solos, no por el medicamento.
¿Qué dice la evidencia sobre la escopolamina y el contacto con objetos?
El mismo patrón se repite con el mito de que basta tocar un papel para ser «escopolaminado». El Instituto de Salud Pública de Chile explicó que la escopolamina tiene muy poca absorción por la piel, por lo que no sería posible someter a una persona solo con tocarla.
Un académico de la Universidad de Chile agregó que la absorción de escopolamina a través de la piel solo se logra mediante parches transdérmicos, no por contacto casual. Quien sintió un mareo tras ese contacto probablemente lo sintió por otra causa —presión baja, calor, ansiedad— y lo conectó automáticamente con la advertencia que ya conocía.
¿Qué es el sesgo de confirmación?
Es la tendencia natural del cerebro a interpretar un evento nuevo de forma que confirme lo que ya creíamos antes, tal como lo define la American Psychological Association. Si alguien ya escuchó que «la ivermectina cura el COVID» o que «te pueden escopolaminar con un papel», y después vive una experiencia que parece confirmarlo, el cerebro conecta ambos hechos automáticamente, aunque no exista una relación causal real entre ellos.
¿Por qué la anécdota no es evidencia científica?
Toda anécdota individual tiene tres límites que la ciencia está diseñada para resolver:
- No hay grupo de comparación. Con la ivermectina: ¿cuántas personas con COVID-19 mejoraron sin tomarla? La mayoría, según los ensayos revisados por la OMS.
- No hay confirmación causal. Que un síntoma aparezca o desaparezca después de un evento no prueba que ese evento lo causó (correlación no es causalidad).
- No hay verificación objetiva. Nadie midió, en el momento, si realmente hubo una relación entre la causa asumida y el efecto sentido — por ejemplo, un examen de sangre que confirme escopolamina, o un ensayo clínico que aísle el efecto real del medicamento.
¿Entonces la gente está mintiendo?
No. La distinción clave es: el síntoma o la mejoría que sintieron puede ser real, pero la explicación que le dan no siempre lo es. Esto no invalida la experiencia de nadie como persona, solo separa lo que se sintió de la causa que se le atribuye sin poder comprobarla.
¿Por qué importa esta distinción?
Porque las decisiones basadas en anécdotas, en lugar de evidencia, tienen consecuencias reales. Con la ivermectina: personas que confiaron en ella en lugar de buscar tratamientos con eficacia comprobada. La FDA ha señalado además que el medicamento antiparasitario no ha sido aprobado ni autorizado para prevenir o tratar el COVID-19, y que su consumo en dosis altas o en formulaciones para animales es peligroso.
Con la escopolamina: personas que bajan la guardia frente al riesgo real —bebidas y alimentos adulterados— por concentrarse en evitar un objeto que, según la evidencia, no es el mecanismo real de exposición.
Entonces…
Escuchar y validar lo que la gente vive es importante. Pero para explicar por qué pasó algo, hace falta evidencia que se pueda comprobar en muchos casos, no solo la coincidencia de que dos eventos ocurrieron uno después del otro.
Fuentes
- Organización Mundial de la Salud, «La OMS desaconseja usar ivermectina para tratar la COVID-19 si no es en ensayos clínicos» — https://www.who.int/es/news-room/feature-stories/detail/who-advises-that-ivermectin-only-be-used-to-treat-covid-19-within-clinical-trials
- FactCheck.org (SciCheck en español), «Ensayos clínicos muestran que la ivermectina no beneficia a pacientes con COVID-19» — https://www.factcheck.org/es/2022/09/scicheck-ensayos-clinicos-muestran-que-la-ivermectina-no-beneficia-a-pacientes-con-covid-19-contrario-a-afirmaciones-en-redes-sociales/
- National Geographic en Español, «Ivermectina: ¿Por qué la FDA no recomienda su uso para la COVID-19?» — https://www.nationalgeographicla.com/ciencia/2021/09/ivermectina-por-que-la-fda-no-recomienda-su-uso-para-covid-19
- American Psychological Association, definición de «confirmation bias» — https://dictionary.apa.org/confirmation-bias
- Instituto de Salud Pública de Chile, citado en La Tercera — https://www.latercera.com/que-pasa/noticia/burundanga-existe-una-droga-que-con-solo-tocarte-te-haga-perder-la-conciencia/KOLQN7P5ZVHBBEFLFH2XHDJWPI/
- Universidad de Chile (Mario Rivera), vía Fast Check CL — https://quimica.uchile.cl/noticias/185294/profesor-mario-rivera-opina-sobre-el-mito-de-las-drogas-por-contacto

