Imaginémonos que tenemos puesta la camiseta de La Tri -que seguro será el caso de muchos en este momento- ese amarillo que late como sol de costa, ese azul que se mece como el Pacífico en Montañita, ese rojo que sube con el volcán Tungurahua cuando ruge. La camiseta de La Tri no solo es tela, es territorio. Pero detrás de esa prenda que millones quieren llevar puesta en este Mundial 2026, hay una arquitectura jurídica tan compleja como un sistema de juego bien armado, y tan invisible como el fuera de juego automático.
La camiseta no tiene un dueño. Tiene varios, alineados en capas, cada uno marcando su zona.
La Federación Ecuatoriana de Fútbol controla el escudo, la denominación «La Tri» y los emblemas oficiales, todos registrados como signos distintivos ante el SENADI —la autoridad ecuatoriana de propiedad intelectual. Marathon Sports, empresa quiteña fundada en 1981, es el licenciatario exclusivo, su contrato con la FEF le otorga derechos sobre el diseño, la fabricación y la comercialización de la camiseta oficial, con su propia marca cosida en el pecho y su tecnología textil Hidrotec —sistema de absorción y evaporación de sudor con tratamiento antibacterial— que puede ser protegida como modelo de utilidad o patente industrial. Y sobre todo esto, la FIFA extiende su paraguas legal hacia sus logos, eslogan, trofeo, mascota y tipografía del Mundial 2026 protegidos por derechos de autor y marcas registradas en decenas de jurisdicciones simultáneamente.
Una sola prenda. Cuatro titulares. Ninguno dispuesto a ceder en la cancha.
Cuando alguien falsifica esa camiseta, no solo “copia tela” comete una infracción simultánea contra todos esos titulares a la vez. Es como hacer falta dentro del área, con la mano, desde fuera del terreno de juego y mientras insultas al árbitro —todo al mismo tiempo.
El SENAE decomisó hace apenas días un lote de camisetas falsificadas de la Selección que pretendía ingresar al país en un camión de encomiendas, alertando que la falsificación afecta a la industria nacional y fomenta actividades económicas al margen de la ley. En Hong Kong, autoridades decomisaron cerca de diez mil camisetas de selecciones del Mundial con destino a países de África y Sudamérica, en un cargamento valorado en más de medio millón de dólares. En São Paulo, la policía incautó miles de camisetas piratas en operativos vinculados al Mundial. La fiebre mundialista es el mejor negocio para las redes de falsificación.
Entonces, ¿por qué en cada semáforo la venden a diez dólares?
Porque hay una brecha que ningún decomiso cierra: la camiseta oficial cuesta entre 60 y 95 dólares. En un país donde el salario básico es 460 dólares mensuales y más del 55% de la población económicamente activa trabaja en condiciones informales, esa camiseta es un lujo real. La del semáforo resuelve algo que el mercado formal no está dispuesto a resolver a precio posible.
Y el hincha que la compra no está pensando en licencias ni en contratos. Está pensando en ponerse los colores de su país el día del debut. Eso no es piratería moral, es sentimiento de pertenencia a precio posible.
El pitazo final.
La ley es clara, reproducir el escudo, el diseño oficial, la marca del fabricante o cualquier signo que genere apariencia de licencia es una infracción real con consecuencias reales. Pero mientras exista un abismo de sesenta dólares entre la camiseta oficial y el bolsillo del hincha promedio, el semáforo seguirá ganando el partido.
El amarillo tiene dueños. La identidad, no.
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