InicioOpiniónDisentir no es oposición política
Saudia Levoyer
Saudia Levoyer
Periodista e investigadora. Doctora en Comunicación por la Universidad Santiago de Compostela (España). Dirige el Doctorado en Comunicación de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. Se ha especializado en periodismo político, judicial y de investigación. Ha sido editora política, judicial y de investigación. Fue corresponsal para El Mundo de España. Ha colaborado como columnista en medios como El Universo y El Comercio. Autora de varios libros académicos y periodísticos.

Disentir no es oposición política

¿Desde cuándo disentir es oponerse? ¿Desde cuándo opinar es oposición? ¿Desde cuándo expresar temores es atacar o hacer oposición? Pongámoslo desde los derechos fundamentales: ¿desde cuándo la libertad de expresión, de pensamiento y de opinión se debe interpretar únicamente como oposición? Al parecer, en las sociedades actuales, en donde reina el sesgo, la confirmación de creencias (por más absurdas que sean) y la polarización, no hay manera de entender que el pensamiento es amplísimo y que eso es un elemento valiosísimo de la democracia.

Parecería que ya no se recuerda lo que es la oposición en política: un proceso complejo y profundo, que implica presentar opciones distintas, alternativas que enriquezcan la toma de decisiones, y que deben estar construidas sobre información real, que muestre una ruta distinta para el bienestar de una sociedad. No es dejarse llevar por las emociones, el número de likes o las encuestas.

Si la oposición es real, madura y argumentada, se convierte en un ejercicio de pluralismo. Ese abanico de ideas distintas —que, insisto, debe sostenerse sobre una base informativa real— ayuda a mejorar el debate, no trata de entorpecer la acción de una administración, sino de sentar un criterio. Es una práctica que desarrolla un músculo, el democrático. Y hoy más que nunca este hay que trabajarlo a diario, justamente con escucha, con discusión, con altura, con sustento, con tolerancia.

Esta última, la tolerancia, también combate algo que está regado en la sociedad desde hace mucho y que tiene su origen en la violencia, la criminalidad, la inseguridad y, por supuesto, en las acciones de amedrentamiento provengan de donde provengan, me refiero al miedo. El autoritarismo, en una casa, en una empresa, en cualquier nivel de administración lo provoca. Vivimos una década de autoritarismo y muchos jóvenes crecieron con ese ejemplo, por eso a ellos les corresponde ampliar sus visiones, entender y ejercitar la democracia, para formar y formarse como ciudadanos. Frente a este desafío formativo, quienes ejercen liderazgo público deben dar el ejemplo: hay que diferenciar con claridad entre el criterio discrepante de una persona, de un representante gremial, sindical o de un periodista, y lo que significa ejercer la oposición con un poder real y estructurado en el sistema democrático.

Esta exigencia recae directamente sobre quienes están en cargos de representación ciudadana, es decir, quienes ganaron elecciones y los que aspiran ganarlas en noviembre. Si queremos una política distinta, hay que tener políticos que en realidad sirvan al país. Sí, puede sonar muy romántico y muy a “deber ser”, cuando la realidad que tenemos es lo que tenemos, pero quizás eso es lo que les haga falta escuchar una y otra vez.

La oposición y quienes gobiernan tienen la responsabilidad de hacer sentir segura a una sociedad. Y eso no es solo con operativos y enfrentamientos, es también sintiéndose libre de poder opinar y disentir. Para consolidar un auténtico Estado de derecho, la institucionalidad pública debe garantizar que ninguna discrepancia ideológica derive en persecución o censura laboral.

Solo desterrando el temor cotidiano y fomentando la deliberación racional en plazas, aulas y medios, lograremos superar los rezagos autoritarios que todavía lastran nuestra convivencia colectiva y nuestra democracia.

Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva del autor/a y no reflejan la postura editorial de Ecuador Chequea.