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Gabriel Galán Melo
Gabriel Galán Melo
Gabriel Santiago Galán Melo, Doctor (PhD) en Derecho por la UASB-E. Magíster en Derecho Civil y Procesal Civil por la UTPL. Magíster en Derecho con mención en Derecho Tributario y Especialista Superior en Tributación por la UASB-E. Licenciado en Ciencias Jurídicas y Abogado por la PUCE.

Farmear aura

Indudablemente, cada generación inventa sus propios términos para explicar aquello que, aunque parece ser nuevo, siempre ha estado presente con el ser humano. Y una de estas expresiones que actualmente circula entre los jóvenes es farmear aura; es decir, hacer algo que, en definitiva, les permita ganar presencia, respeto, admiración o reconocimiento frente a los demás. Pero, detrás de la aparente banalidad de esta frase, existe una necesidad profundamente humana: la de ser visto. Quizá por esto convenga prestarle algo más de atención a este fenómeno. Porque vivimos en sociedades que proclaman la diversidad mientras seguimos castigando la diferencia. Y si bien se ha incorporado la palabra inclusión en discursos, políticas públicas y campañas institucionales, seguimos construyendo, lamentablemente, espacios sociales en los que pertenecer exige parecerse a los demás; en los que, en el mejor de los casos, se puede aceptar al diferente pero siempre que su diferencia no incomode demasiado.

Al respecto, la psicología -por algún tiempo ya- viene advirtiendo sobre la importancia de la necesidad de la inclusión y el sentido de pertenencia. Erikson, por ejemplo, en 1950, sostuvo que la adolescencia y juventud son momentos decisivos en la construcción de la identidad del individuo y Maslow colocó -a inicios de la década del 40- la pertenencia, la estima y el reconocimiento entre las necesidades psicológicas fundamentales de la persona. Por ello, no debería sorprendernos hoy en día que quien no encuentra reconocimiento en los espacios sociales tradicionales salga a buscarlo en otros menos convencionales. Y el problema adquiere especial relevancia entre los jóvenes que perciben un mundo que no construyeron, pero cuyas consecuencias deben asumir: precariedad, incertidumbre económica, deterioro ambiental, violencia, polarización política, social y económica, y una creciente desconfianza en las instituciones que en antaño prometieron certezas que ahora ya no pueden ofrecer. Frente a este escenario aparecen nuevas comunidades organizadas alrededor de identidades, estéticas, música, videojuegos, deportes, causas sociales o espacios digitales alternativos.

Desde afuera, estos nuevos espacios podrían parecer superficiales, pero desde dentro permiten a los diferentes existir frente a otros. Y en estos espacios es donde, precisamente, se farmea aura. Y es que -como lo sostiene Vygotsky- nuestro desarrollo no ocurre en aislamiento, aprendemos y construimos significados mediante la interacción social. Y el otro no es simplemente aquel que nos observa sino quien participa también en la construcción de aquello que llegamos a ser. Por eso, excluir injustificadamente al diferente no significa únicamente apartarlo de un grupo, sino negarle un espacio para construir su propia identidad. Pero, existe una paradoja: las comunidades creadas por quienes alguna vez fueron excluidos también pueden reproducir la exclusión. Quien reclamó tolerancia puede volverse intolerante frente al disenso. Y ninguna identidad debería buscar un enemigo para existir. El desafío, entonces, no consiste en pedir a los jóvenes inconformes que abandonen sus comunidades para integrarse dócilmente a una sociedad que muchas veces no los comprende, consiste, más bien, en construir una sociedad lo suficientemente amplia para que nadie deba renunciar a su individualidad como precio de su admisión.

Por ello, deberíamos considerar, quizá, que cuando alguien farmea aura no busca únicamente popularidad. Tal vez nos está diciendo algo mucho más profundo: ¡mírame!, ¡reconóceme!, déjame pertenecer sin obligarme a ser como tú. En cuyo caso, deberíamos darnos cuenta que una sociedad verdaderamente inclusiva empieza cuando dejamos de juzgar la aparente necesidad de llamar nuestra atención y empezamos a cuestionarnos por qué tardamos tanto en verlos.

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