El juicio más mediático de los últimos años se está desarrollando en los Estados Unidos, en el estado de Massachusetts. Se trata del terrible crimen cometido por Lindsay Clancy, quien asesinó a sus tres hijos: de 5 años, 3 años y 8 meses de edad.
Tras varios meses de inestabilidad emocional y psicológica, de medicamentos y de clínicas de salud mental, el 24 de enero de 2023 Lindsay pidió a su esposo que fuera por unas compras y, en diferentes habitaciones, asesinó a cada uno de sus hijos. Luego, intentó quitarse la vida atentando contra sí misma con un cuchillo y lanzándose por la ventana de su casa. Cuando volvió su esposo, encontró a Lindsay tirada sobre el piso e intuyó de inmediato lo que pudo pasar con sus hijos, lo que corroboró segundos después. Lindsay sobrevivió, quedando parapléjica, y actualmente es juzgada por este atroz crimen, donde Fiscalía solicita cadena perpetua.
El juicio duró seis semanas en donde se presentó la prueba y los alegatos de acusación y defensa. El jurado deliberó por seis días, pero no llegó a un veredicto unánime. Terminaron 11 a 1. El único voto era de condena. El juicio se declaró nulo y tendrá que repetirse.
¿Qué puede estar en discusión ante un caso tan evidente? ¿Por qué el jurado por mayoría pretendió absolver? ¿Por qué grupos feministas apoyan a la asesina?
La polarización que se ha generado alrededor de este caso pasa principalmente por la ignorancia de quienes más vehementemente opinan en las redes sociales. Este caso no es nada nuevo. A nadie se le puede ocurrir que matar a los tres hijos está bien. Nadie discute que ese hecho merece la pena más grave prevista en la ley.
Pero sucede que lo que se reprocha penalmente no es tanto el daño causado, sino sobre todo la voluntad de la persona para efectuar el acto. Por lo que, para declarar a una persona responsable de un delito e imponerle la pena de cárcel, esta persona debe haber actuado con plena comprensión de los actos que realiza. Es decir, que se le pueda imputar el delito. Bajo esa lógica es que un niño o una persona con esquizofrenia no responde penalmente, por más atroz que sea el crimen.
Y no se trata de ninguna discusión de la modernidad o del wokismo; la imputabilidad es un concepto que al menos tiene 200 años. La discusión jurídica pasa por determinar si Lindsay Clancy estaba en pleno uso de sus facultades mentales al momento del crimen. Teóricamente parece sencillo: si estaba en sus cabales, es culpable. Si sufría un trastorno mental que le impedía comprender sus actos, entonces no es penalmente responsable. En este segundo caso tendría que ser internada en un hospital psiquiátrico por el tiempo que dure el tratamiento, incluso de por vida.
Finalmente, las feministas entran en el debate porque el caso de Lindsay Clancy evidencia los gravísimos problemas psicológicos que pueden enfrentar las mujeres en el posparto, y la necesidad imperiosa de atender este problema. Lo cual tampoco es ninguna novedad en el mundo ni es el único caso en la naturaleza. Las feministas no celebran el asesinato de los niños, no lo justifican. Simplemente entienden el grado de afectación al que puede llegar una mujer en el posparto.
El derecho penal castiga a los culpables, no a los enfermos. De eso va el juicio.
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