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Pablo Begnini
Pablo Begnini
Director académico de Relaciones Internacionales de la Universidad Hemisferios en Quito. Historiador. Profesor investigador de paz y conflicto, geopolítica y asuntos humanitarios. Redes: X: @begnini IG:@pablo.begnini

La tiranía del algoritmo

Se estrena una nueva paradoja en las democracias occidentales. Mientras reclamamos mayor participación, una parte importante de las decisiones que organizan nuestra vida se traslada del espacio del debate hacia el espacio de la codificación de la IA.

No es casual que exista una cuota importante de inconformidad democrática en sociedades cada vez más gobernadas por algoritmos. Los códigos no deliberan. Ejecutan. Si un automóvil supera el límite de velocidad programado, la máquina no pregunta por las circunstancias; sino que aplica la regla. El problema aparece cuando esa lógica abandona el automóvil y comienza a gobernar decisiones sociales complejas. Precisamente donde la democracia admite excepciones, prudencia y contexto, el algoritmo tiende a convertir la realidad en variables. Todo se reduce a ceros y a unos.

La cuestión no es menor. En 2025, más del 90 % de los modelos de IA considerados relevantes fueron desarrollados por la industria, sin consenso ni participación alguna de la sociedad civil. Todo esto mientras los sistemas de tecnología más avanzados son cada vez menos transparentes. La IA generativa, entretanto, alcanzó en apenas tres años una adopción mundial del 53 %, una velocidad superior a la que tuvieron en su momento el computador personal o el internet.

Mi maestro Aristóteles habría formulado una pregunta elemental: ¿cuál es el telos de todo esto? Todo instrumento posee una finalidad, una teleología. La cuchara fue concebida para comer; el balón, para ser pateado. No pedimos a un balón que escriba porque su forma contiene ya una finalidad. Del mismo modo, ninguna tecnología es completamente neutral. Ha sido diseñada por alguien, para algo y bajo determinados intereses. La respuesta habitual —“depende de cómo la usemos”— es cierta, pero insuficiente. El uso puede modificar una herramienta; pero no elimina necesariamente su teleología original.

La IA se alimenta, además, de cantidades extraordinarias de datos, muchos de ellos personales. Es por ello que preocupa cuando interviene en ámbitos donde antes gobernaban el juicio humano y como no, la deliberación pública. No pocas investigaciones recientes advierten precisamente sobre los riesgos que podría sufrir la participación democrática cuando sistemas algorítmicos median o en algunos casos toman las decisiones de gobierno. El peligro no es que las máquinas se vuelvan tiránicas; es más sutil. Que los seres humanos terminen por considerar deseable una sociedad en la que nadie tenga que deliberar porque el sistema ya decidió por nosotros.

La democracia es, en esencia, el arte imperfecto de convivir con el desacuerdo. Los algoritmos buscan resolverlos mediante parámetros diseñados por un grupo restringido de mujeres y hombres reunidos en Shenzhen o en Silicon Valley. Y si, resulta imposible negar que en la vasta mayoría de los casos las resoluciones humanas llegan después de la violencia. Nos cuesta pacificar el camino al consenso. Pero de eso se trata. Aquí hay profesor que cree que lo verdaderamente inteligente, es formar seres humanos capaces de resolver desacuerdos y no encargar su gestión a un procesador de datos que tome la decisión por nosotros. Porque eso no es resolver es evitar. Quizá la pregunta decisiva no sea qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos seguir haciendo nosotros con nuestra inteligencia natural.

Porque una sociedad que delega demasiado pronto su juicio terminará descubriendo, como en los intrincados laberintos de Borges, que el monstruo no estaba afuera; sino que era el camino que habíamos elegido.

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