“Su vida estaba en mis manos, no podía soltarlo”: el bombero quiteño que entró a los escombros de La Guaira para rescatar a un niño de 12 años

El grupo USAR EQ01 del Cuerpo de Bomberos de Quito regresó a la 01:00 de hoy tras siete días de trabajo en Venezuela. Según el capitán Danilo Mendoza, jefe de Operaciones del equipo, la misión quiteña rescató con vida a dos personas: Marlene, de 80 años, y Carlitos, de 12.

Cuando el capitán Danilo Mendoza ingresó por un espacio estrecho, rodeado de concreto roto, polvo y riesgo de colapso, tenía una sola idea: no soltar a Carlitos.

El niño, de 12 años, estaba atrapado entre los escombros de lo que había sido un edificio de nueve pisos en La Guaira, Venezuela. Según contó Mendoza, jefe de Operaciones del grupo de Búsqueda y Rescate Urbano (Urban Search and Rescue, USAR, por sus siglas en inglés) del Cuerpo de Bomberos de Quito, a Ecuador Chequea, el menor aparentemente se encontraba en el segundo piso cuando los siete pisos superiores cayeron sobre él.

Esta misión de rescate salió el viernes 26 de junio, un día después de la activación por la emergencia en Venezuela, y regresó a Quito este viernes 3 de julio, alrededor de la 01:00. Fueron siete días de operación en una zona golpeada por edificios colapsados, viviendas destruidas, vías afectadas, calor extremo y familias esperando noticias bajo los escombros.

El doble terremoto dejó una de las emergencias más graves recientes en el norte de Venezuela, con La Guaira entre las zonas más afectadas. Reportes recientes citan miles de fallecidos y más de 12.000 heridos, aunque las cifras han variado conforme avanzan las labores de rescate, identificación y evaluación de daños.

Mendoza tiene 45 años y cerca de 20 años en el Cuerpo de Bomberos de Quito. Dice que nunca pensó originalmente en ser bombero, pero sí en ayudar. “Siempre me gustó utilizar un uniforme”, recordó. “Gracias a Dios y gracias a la vida pertenezco a una noble institución”.

Esa vocación se puso a prueba desde el primer momento de la emergencia. Según el capitán, el grupo USAR EQ01 se activó inmediatamente, la misma tarde del jueves, después del terremoto. Bajo sus protocolos, el equipo tiene aproximadamente seis horas para reunir personal, equipos, logística y capacidades de respuesta antes de movilizarse.

La operación comandada por Mendoza llevó 46 personas, dos perros de búsqueda y cerca de seis toneladas de equipos. En la carga iban herramientas tecnológicas para localización de víctimas, equipos de perforación, apuntalamiento, penetración, corte, comunicación, logística para los canes y material de campamento. La autosuficiencia era clave: el equipo debía poder sobrevivir y operar por siete días con sus propias reservas de alimentación, hidratación y soporte básico.

El traslado fue posible, según Mendoza, con apoyo de la Fuerza Aérea Ecuatoriana. El equipo cargó en Latacunga, voló hacia Guayaquil y desde allí a Venezuela. Al llegar, con la ayuda de personal de distintas instituciones venezolanas, los bomberos quiteños descargaron y trasladaron sus equipos en un camión y un vehículo de transporte hacia la “zona cero”.

En ambos vehículos flameaban la bandera de Quito y la bandera de Ecuador, recordó Mendoza, con una combinación de orgullo y de satisfacción por la labor cumplida.

Al llegar a La Guaira, el panorama fue el de una ciudad herida: edificios colapsados total o parcialmente, casas caídas, estructuras fracturadas, vías dañadas y personas en la calle pidiendo ayuda. “Se pudo encontrar la desesperación de la gente”, dijo Mendoza. “Sobre todo la desesperación para poder sacar vivas a sus familiares, a sus conocidos”.

“Estábamos contra reloj”, dijo Mendoza luego de explicar que en gestión de riesgos, las primeras horas después de un sismo son decisivas. No solo por la posibilidad de hallar sobrevivientes, sino por el peligro para los propios rescatistas: réplicas, estructuras inestables, caída de elementos, calor, agotamiento, polvo, falta de acceso y presión emocional de las familias.

También contó que el equipo quiteño aplicó técnicas de estabilización, apuntalamiento y monitoreo estructural antes de entrar en edificaciones dañadas. El miedo estaba presente. El capitán no lo niega. “A todos nos da miedo, pero para eso nos entrenamos”, dijo. “Para controlar y manejar de la mejor manera este tipo de situaciones”.

El primer rescate con vida relatado por Mendoza ocurrió al tercer día. En una vivienda de cuatro o cinco pisos, el equipo realizó maniobras de llamada y escucha, desplegó equipos de localización y trabajó con los perros. Allí encontraron a Marlene, de 80 años, atrapada dentro de la estructura. El equipo abrió paso, accedió hasta ella, la estabilizó y la entregó a sus familiares.


Luego vino Carlitos. El rescate del niño exigió cinco días de búsqueda y trabajo hasta lograr ubicarlo. Después, seis horas continuas de corte, penetración y acceso en un espacio estrecho, en medio de escombros. Todo esto para para llegar hasta él, estabilizarlo y sacarlo con vida.

Afuera, los equipos trabajaban contra el tiempo. Adentro, Mendoza llegó hasta el niño, lo estabilizó y esperó el momento seguro para extraerlo.

“Mi objetivo nunca fue soltarle”, contó el capitán. “Estuve decidido a quedarme con él en caso de ser necesario. Era una vida más que estaba en mis manos”.

Los perros también fueron parte central de la misión. Mendoza los llama “héroes de cuatro patitas”. Los dos binomios, perro-hombre, marcaron puntos y señas donde podía haber personas con vida y trabajaron junto con equipos de otros países desplegados en La Guaira. Tras el retorno, los animales quedaron en reposo y aislamiento en el campo de entrenamiento para recuperarse del esfuerzo y del clima extremo.

La misión no terminó al salir de Venezuela. Para los rescatistas, el regreso también forma parte del protocolo. Mendoza explicó que el personal recibió atención médica, apoyo psicológico y espacios de descarga emocional antes de volver plenamente con sus familias.

Antes de viajar, Mendoza alcanzó a despedirse de sus hijos. Su familia, entre Ibarra y Quito, le pidió cuidado. Él entendió ese pedido como parte de la vida que eligió, una profesión donde el deber no elimina el miedo, pero lo ordena.

“Somos buenos bomberos, buenos profesionales, pero somos seres humanos”, dijo.

En Venezuela, contó, la gente agradecía al ver la bandera ecuatoriana y los uniformes de Quito. Para él, esa respuesta confirmó el sentido de la misión: ayudar sin mirar fronteras.

Lo que se llevó de la emergencia no fue una imagen heroica, sino una lección de prevención y humildad. “Nos duele lo que está viviendo la gente de Venezuela”, dijo. “Aprendí a seguir ayudando, a tener la madurez necesaria, a ser más prevenido, a concienciar sobre lo que puede pasar”.

Y dejó una advertencia que vale también para Ecuador: los terremotos no avisan, pero la preparación sí puede marcar la diferencia.

“Esperemos que nunca pase algo en nuestra localidad”, dijo el capitán. “Pero si pasara, Bomberos de Quito está preparado para responder de la mejor manera”.

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Juan Camilo Escobar
Juan Camilo Escobar
Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador y Magíster en Periodismo Digital por la UDLA. Más de una década de experiencia cubriendo política local para Diario La Hora, también ha cubierto fuentes políticas, económicas y judiciales para Ecuadoradio, Radio Sonorama, Red Informativa Bolívar, Sistema Radial Colón y Corape.

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