Desde hace mucho tiempo se ha hecho común encontrarse con megaoperativos, vehículos blindados, policías de élite, custodiando a las autoridades en sus almuerzos extendidos en los restaurantes gourmet de la capital. Esto, mientras la criminalidad aumenta año tras año y la ciudadanía vive en indefensión.
El poder en una República debe ser sobrio. Los altos cargos son para servir y no para servirse de ellos. Cuando el funcionario necesita trajes caros, carteras costosas, comitivas imperiales, demuestra que confunde el servicio público con privilegios temporales.
El problema de ello es que la ostentación es la antesala de la corrupción. Quien abusa del tiempo de almuerzo, de los vehículos, de los custodios, de los gastos reservados, para procurarse un momento de distracción o de comodidad, ya ha normalizado el abuso de los recursos públicos y seguramente no tendrá problema en suscribir contratos con sobreprecios a cambio de sobornos.
Mujica decía que a los que les gusta mucho del dinero hay que correrlos de la política, porque son un peligro. Hacer dinero y disfrutar de él es una suerte, pero la ética republicana exige que esos placeres se hagan con dinero privado, jamás con dinero público.
El funcionario público, al contrario, debe ser austero. De hecho, no hay ninguna forma de hacer una fortuna, lícitamente, desde el servicio público. Y eso que soy del criterio de aumentar los sueldos de las altas autoridades en proporción con las altísimas responsabilidades que asumen. Por eso es que deben dudar siempre de esas fortunas de funcionarios de carrera. ¿Jueces con múltiples propiedades y varios viajes familiares al año? Simplemente no es posible con un sueldo de 4.000 dólares mensuales.
Les soy honesto y les cuento un prejuicio: cuando veo un juez vestido todo de “Ferragamo” o una jueza con diferentes carteras cada día, de esas marcas que cuestan miles de dólares, no puedo sino dudar de su pulcritud. Y puede que sean hasta prendas falsas, o que tengan el dinero para procurarse esos lujos, por fuera de su sueldo (lo dudo). Pero es que las autoridades deben ser y parecer.
El servicio público debe volver a ser un honor que exige humildad, no un privilegio que financia la soberbia incluso a costa de la seguridad de todos.
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