Europa vive una paradoja histórica. El continente que enseñó al mundo el arte de la diplomacia, la estrategia y el equilibrio de poder parece haber olvidado las lecciones fundamentales de la geopolítica. Durante ochenta años, Europa Occidental disfrutó de un privilegio excepcional: habitar bajo el paraguas protector de la denominada Pax Americana.
El concepto, desarrollado por diversos autores contemporáneos como Joseph Nye, describe el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial, sostenido por la supremacía militar, económica y tecnológica de Estados Unidos. Gracias a ese sistema, Europa pudo concentrarse en construir prosperidad, bienestar y mercados comunes mientras Washington garantizaba, en última instancia, su seguridad.
Claro, toda protección prolongada genera hábitos y algunos hábitos terminan convirtiéndose en dependencias. Europa desarrolló una suerte de burbuja de seguridad ontológica. Esa convicción de que la estabilidad estratégica era un hecho natural y permanente. El resultado fue un progresivo letargo geopolítico. El viejo continente comenzó a confundir la ausencia de amenazas inmediatas con la desaparición de la política de poder.
Los números son reveladores. Durante décadas, Estados Unidos aportó alrededor del 70 % del gasto total de la OTAN, mientras numerosos aliados europeos permanecían por debajo del objetivo del 2 % de su PIB destinado a defensa. Incluso en 2024, Washington seguía representando cerca de dos tercios del gasto militar de la Alianza Atlántica. La consecuencia fue evidente: quien asume la seguridad termina conduciendo la estrategia.
No es casual que Emmanuel Macron haya advertido repetidamente que “para ser libres hace falta ser fuertes”. La frase encierra una verdad elemental que Europa parece haber relegado al olvido. La libertad política no es un estado natural; requiere capacidad de defensa, autonomía estratégica y voluntad de asumir riesgos. La tragedia intelectual europea consiste en haber tercerizado su comprensión geopolítica. Acostumbrada a los beneficios de la zona de influencia estadounidense, terminó observando el mundo como si la historia hubiese concluido. Pero los clásicos (irónicamente europeos) ya lo sabían. Tucídides escribió que la ilusión de seguridad suele ser la antesala de los mayores errores políticos. La historia de las grandes potencias demuestra que las dependencias prolongadas rara vez concluyen pacíficamente; con frecuencia terminan en crisis, rupturas o tragedias.
La pregunta para Europa ya no es si desea más autonomía. La pregunta es si aún conserva la capacidad política, intelectual y estratégica para asumirla. Porque en un mundo donde la competencia entre potencias ha regresado, el verdadero analfabetismo geopolítico consiste en creer que otros seguirán escribiendo indefinidamente nuestra propia historia.
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