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Pablo Begnini
Pablo Begnini
Director académico de Relaciones Internacionales de la Universidad Hemisferios en Quito. Historiador. Profesor investigador de paz y conflicto, geopolítica y asuntos humanitarios. Redes: X: @begnini IG:@pablo.begnini

Evitar a toda costa otra torre de Babel

No es la primera encíclica que leo, lo prometo. Pero es la que más me ha impactado. Será la edad, la madurez incipiente de las primeras canas o los tiempos en los que vivimos. Pero a las pocas páginas de haber iniciado, Magnifica Humanitas del Papa León XIV, me he transportado a una de las historias más poderosas del Génesis. Aquella en la que la humanidad decide levantar una torre que alcance los cielos. Babel no fue únicamente una obra de ingeniería; fue, sobre todo, una expresión de soberbia. Los hombres creyeron que podían prescindir de todo límite, de toda trascendencia, de toda conciencia de fragilidad. La torre cayó y, con ella, la ilusión de que basta el poder para dar sentido a la existencia.

Esa antigua historia reaparece hoy bajo nuevas formas. En su reciente publicación el Papa advierte que la humanidad enfrenta una decisión semejante: construir una nueva Babel tecnológica o edificar una civilización capaz de mantener la dignidad humana en tiempos de inteligencia artificial. El documento propone una afirmación inquietante: nunca la humanidad había tenido tanto poder sobre sí misma. Nunca habíamos poseído herramientas tan capaces de modificar nuestra memoria, nuestra percepción de la verdad e incluso nuestra propia comprensión de lo humano.

Los capítulos primero, tercero y quinto constituyen el núcleo filosófico de esta advertencia. Allí el pontífice rechaza tanto el tecnopesimismo ingenuo como la idolatría tecnológica. La tecnología no es mala en sí misma; pero tampoco es neutral. Toda herramienta incorpora los valores y ambiciones de quienes la diseñan y controlan. Por eso la concentración del poder algorítmico, la manipulación de la verdad, la automatización de la guerra, la vigilancia masiva y el transhumanismo, son deformaciones que pretenden negar la condición humana, como si la fragilidad fuese un defecto técnico. Frente a ello el Papa propone un humanismo que resulta profundamente contracultural. No se trata de producir seres más eficientes, sino personas más humanas.

Así recordé a George Orwell, cuando escribió que no basta con mantenerse vivo; hay que mantenerse humano. Esa parece ser también la preocupación central de León XIV. El paradigma tecnocrático contemporáneo promete comodidad antes que bienestar. Nos ofrece eliminar el esfuerzo, el silencio y hasta la incertidumbre. Pero al hacerlo corre el riesgo de negar aquello que precisamente nos constituye.

Hace poco una escritora contemporánea, cuyo nombre prefiero omitir, afirmó que soñaba con una inteligencia artificial que lavara su ropa y arreglara su casa para que ella tuviera tiempo de ejercer su oficio. Yo sospecho lo contrario: lavar la ropa y arreglar la casa en proporciones justas también es vivir; y hay que vivir para poder escribir. Y ojo que escribir es propiamente humano.

Por eso la encíclica insiste en que la tecnología debe estar al servicio de la persona y no al revés. No para producir existencias más cómodas, sino para ampliar nuestras posibilidades de ejercer plenamente nuestra vocación humana. El pontífice sostiene que ningún algoritmo puede volver moralmente aceptable a una guerra. La responsabilidad de la paz sigue siendo humana. Siempre. Y con ella permanecen también la conversión, el arrepentimiento y el perdón como categorías irrenunciables de la vida política.

Quizá allí reside la enseñanza más profunda de León. La redención no pertenece a las máquinas ni a los sistemas. Pertenece a quienes insisten en seguir siendo humanos. Como proclaman los ángeles al final del Fausto de Goethe: “Solo a aquel que lucha incesantemente podemos redimir”. En tiempos de inteligencias artificiales, acaso esa lucha consista precisamente en resistir en espíritu para evitar, a toda costa, otra Babel.

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