Esta semana empezó la medida de control nocturno que implica la prohibición de movilidad en la Capital. Desde el domingo 3 de mayo, los quiteños no podemos andar por las calles ni a pie, ni en auto. Desde el domingo pasado no podemos asomar las narices entre las once de la noche y las cinco de la mañana del día siguiente.
Los datos son confusos porque el 5 de marzo de 2026, un boletín de la página Quito Informa, anunció que, según la plataforma Quito DataHub, los delitos de alto impacto ciudadano ―esos nombres técnicos que usan burócratas me suelen dar ternura―se redujeron en un 30% tomando en cuenta el mismo primer trimestre de 2025.
Una nota de la página digital de El Universo, del 19 de abril, explica las estrategias de la Policía Nacional para que entre el 1 de enero y el 12 de abril de 2026 la tasa de actos delincuenciales en Quito se haya reducido en un 25% en relación con el año anterior.
A pesar de estos datos, el presidente de la República, el 29 de abril, dijo a los quiteños, que en las noches ¡a sus casas! La primera pregunta que me saltó fue ¿para qué?, si esta franciscana ciudad ya es aburrida las noches. Desde el paro de 2019, la pandemia y todo el encadenamiento de sucesos que no dejan de ocurrirnos, lo que menos hemos podido recuperar los capitalinos es la divertida vida nocturna.
Recomendar a un extranjero un lugar de entretenimiento en las noches ya es difícil como para que sea necesario resaltarlo en un Decreto Presidencial.
El día que entró en vigor el toque de queda, lo primero que sentí fue pereza de ir a cubrir la primera salida de un convoy de militares a las calles de Quito: ¡Qué frio!, pensé. Sin embargo, como para los periodistas la curiosidad es nuestra cruz, me fui llevando a dos colegas canadienses que habían llegado a mi casa.
Fuimos al Batallón 33 del fuerte Rumiñahui al norte de Quito. Maletas enormes y verdes en el piso en las que sabe dios qué cargarían. Hombres uniformados con trajes pesados de selva y rifles sostenidos contra sus pechos, hacían dos filas y eran el background del vocero del pabellón que explicaba que estaban por zarpar a las calles.
Por diversión más que por otra cosa, o quizá para disculparme con mis colegas de la poca vida nocturna que hasta el sábado pude recomendar; hice las gestiones para que los dos periodistas canadienses vayan dentro del camión militar. Logré que dos jóvenes extranjeros encontraran algo extremo que hacer un domingo a las once de la noche en Quito.
No conforme con esto, dos días después, acompañé a un grupo de militares de la zona centro norte de la ciudad, a sus rondas que van desde la Avenida Río Coca, en el norte, hasta la Avenida Patria, al sur. Esta vez fui con un colega de Argentina.
¿Qué podía decir a un amigo periodista que vive en Buenos Aires sobre lo que íbamos a ver? Porque con tanto color verde, camiones y aparataje casi de guerra, uno esperaría algo de acción. Lo bizarro de la expedición saldrá en una crónica que también dude en escribirla porque me pregunté: ¿qué cuento, si el recorrido fue aburridísimo?
En Quito entre las 23h00 y las 5h00 “no pasa naiden” me dijo un gran amigo escritor. Y es verdad. Lo confirmé con los uniformados que, en dos horas y media, en una camioneta que iba a una velocidad de entre 15 y 20 kilómetros por hora, no encontraron “a naiden”. Bueno, sí a un joven que estaba a pasos de su casa, y a dos conductores que hacían de Uber.
Buscando un poco en las cifras del Ministerio del Interior, en enero de 2026 hubo 26 homicidios en Quito, de los cuales, ocho se dieron entre las horas del toque de queda. Es decir que, 7 de cada 10 muerte ocurrieron fuera del toque de queda.
Desconfiada, busqué las cifras de homicidios en Quito, de febrero de 2026: de las 14 contabilizadas, 5 fueron entre las 23h00 y las 5h00. O sea, el mismo patrón, el 65% de las muertes violentas se dieron fuera de las horas en las que los capitalinos estamos prohibidos de salir.
Mientras manejaba detrás de la camioneta municipal que fue prestada al grupo militar para que puedan hacer esa ronda me preguntaba ¿cuánto nos cuesta esto? Con lo cara que está la gasolina, andar por Quito en medio de una neblina que daba un aire fantasma a medianoche, es casi un lujo ¿no?
En puntos como la Plaza Artigas o el Redondel del ciclista, había dos policías por cada calle y creo que más bien debe ser divertido que pase algo, o alguien. No “naiden”.
En fin, esta mañana salí al mercado Iñaquito y mi caserita de confianza me preguntó: “¿Estará sirviendo del algo el toque de queda?” y mientras yo hacía las cuentas en mi cabeza de lo que tenía que comprar de verduras y frutas, le conté un poco de mi periplo en las noches de Quito. La mujer suspiró y me dijo “¿Qué será, mi reina? Como no se puede ni salir, yo ni sé qué estará pasando. Lo único que desde la ventana de mi casa he podido ver es que ese grupito de jóvenes bulliciosos que se me sientan en frente ya no han asomado”.
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