El Niño 2026-2027: por qué el cambio de fecha de las seccionales no despeja el riesgo

El posible desarrollo de El Niño en 2026 volvió a instalarse en la agenda pública después de que The Washington Post difundiera un análisis basado en proyecciones del ECMWF que advierte sobre la posibilidad de un evento muy fuerte, incluso cercano a la categoría de “super El Niño”, con impactos que podrían extenderse hasta 2027. La nota sostiene que el calentamiento del Pacífico ecuatorial podría intensificarse hacia la segunda mitad del año y alcanzar su pico entre diciembre y enero. 

Para Ecuador, el problema no se limita a los primeros meses de 2027. Los principales organismos de monitoreo coinciden en que, si El Niño se consolida durante el segundo semestre de 2026, sus efectos podrían empezar a sentirse antes, de forma gradual, desde septiembre u octubre, con aumento sostenido de lluvias, mayor humedad atmosférica y un océano más cálido frente a la costa. La NOAA (Administración Nacional Oceanográfica y Atmosférica, por sus siglas en inglés) proyecta que El Niño podría emerger entre junio y agosto de 2026, con 62% de probabilidad, y persistir hasta finales de año; además, estima una probabilidad de 1 en 3 de que el evento sea fuerte entre octubre y diciembre de 2026. 

Esa cronología importa porque pone en cuestión la idea de que mover las elecciones seccionales a noviembre de 2026 resuelve el problema logístico. Si bien los modelos ubican los efectos más críticos hacia finales de 2026 e inicios de 2027, el propio avance del fenómeno podría traducirse antes en lluvias atípicas, saturación de suelos y afectaciones en zonas vulnerables de la costa. La OMM (Organización Meteorológica Mundial), por ejemplo, señala que la probabilidad de El Niño aumenta gradualmente hacia mayo-julio de 2026 y advierte que sus efectos deben analizarse junto con factores regionales y locales, no solo con una fecha de pico estimada. 

¿Qué es El Niño y cuándo se habla de un “super El Niño”?

El Niño es la fase cálida del sistema ENOS (El Niño – Oscilación del Sur), una oscilación climática del Pacífico ecuatorial que altera la circulación atmosférica y modifica los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones del planeta. Cuando el calentamiento del mar es más intenso y sostenido, sus impactos suelen amplificarse.

En el artículo de The Washington Post se recuerda que los eventos de “super El Niño” ocurren, en promedio, cada 10 a 15 años y suelen asociarse con anomalías superiores a +2 °C en la región clave del Pacífico ecuatorial. También se advierte que estos eventos pueden tener efectos más persistentes y extendidos que un episodio convencional. 

¿Qué dicen hoy los pronósticos más sólidos?

Los pronósticos internacionales apuntan a una transición desde La Niña hacia condiciones neutrales, seguida por una probabilidad creciente de El Niño en el segundo semestre de 2026. La NOAA indica que la transición a ENOS-neutral se esperaba en el corto plazo y que El Niño era probable entre junio y agosto, con persistencia hasta finales de año. Añade, además, que el fortalecimiento del evento seguía siendo incierto, aunque con opciones reales de alcanzar intensidad fuerte hacia octubre-diciembre. 

La OMM mantiene una lectura prudente: para marzo-mayo de 2026 estimó 60% de probabilidad de condiciones neutrales y para abril-junio, 70%. Es decir, la señal cálida aumenta, pero el nivel exacto de intensidad todavía no estaba cerrado con certeza absoluta. 

En la escala regional, CIIFEN (Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño) reportó anomalías cálidas en el Pacífico oriental y, para abril-junio de 2026, previó precipitaciones sobre lo normal en el oeste de Sudamérica, con mayor intensidad en Ecuador, Perú, Bolivia y partes de Colombia. También reportó mayores probabilidades de lluvias por sobre lo normal en la costa y sierra ecuatorianas. 

¿Cuándo podrían sentirse los efectos en Ecuador?

La evolución más probable no apunta a un salto brusco de un día para otro, sino a un proceso escalonado. Si El Niño emerge entre junio y agosto, como proyecta la NOAA, el país podría entrar desde septiembre y octubre en una fase de lluvias más persistentes y alteraciones progresivas del patrón habitual de la estación seca. 

Eso es consistente con la lógica física del fenómeno: un mar más cálido aumenta la evaporación, incrementa la humedad disponible en la atmósfera y favorece precipitaciones más frecuentes o más intensas. The Washington Post subraya justamente que un evento de gran magnitud podría disparar flujos récord de humedad atmosférica y elevar el riesgo de inundaciones. 

En otras palabras, aunque el tramo más severo podría concentrarse entre diciembre de 2026 y los primeros meses de 2027, el deterioro de las condiciones no necesariamente esperaría hasta entonces. En zonas vulnerables del litoral, el riesgo puede comenzar antes, con acumulación paulatina de lluvias, suelos saturados y crecientes problemas de drenaje.

¿Qué implica esto para el cambio de fecha electoral?

Ese punto vuelve más discutible el argumento de que adelantar las elecciones a noviembre elimina el riesgo asociado a El Niño. El problema es que noviembre ya quedaría dentro de una ventana en la que podrían existir lluvias anómalas y afectaciones tempranas si el fenómeno sigue la trayectoria que hoy describen los modelos.

Dicho de otro modo: el calendario podría haber sido movido para evitar el pico histórico del fenómeno, pero no necesariamente para esquivar su fase previa de impacto. Si desde septiembre y octubre ya pueden aparecer escenarios de aumento prolongado y paulatino de lluvias por el calentamiento del mar, entonces la nueva fecha tampoco queda completamente fuera del área de riesgo. Esa es una de las debilidades centrales del razonamiento institucional.

Además, los propios organismos internacionales insisten en que los pronósticos estacionales deben leerse con cautela y junto con información local. Eso exige explicar con más precisión por qué noviembre sería operativamente seguro si el segundo semestre ya podría registrar alteraciones relevantes en la costa ecuatoriana. 

¿Qué zonas del país podrían resentir primero el fenómeno?

En Ecuador, los mayores impactos suelen concentrarse en la región litoral y en zonas bajas expuestas a inundaciones. Guayas, Los Ríos, Manabí, El Oro y Esmeraldas figuran entre las provincias con mayor vulnerabilidad por su topografía, sus cuencas fluviales y la exposición de infraestructura, cultivos y vías. 

CIIFEN también proyectó lluvias sobre lo normal para la costa ecuatoriana, lo que refuerza la preocupación sobre afectaciones tempranas en territorios donde el drenaje, la conectividad vial y la logística electoral suelen ser más frágiles. 

Preguntas frecuentes

¿Ya está confirmado un “super El Niño”?
No. Lo que existe es una probabilidad creciente de un evento fuerte o muy fuerte. La NOAA habla de probabilidad de desarrollo de El Niño en junio-agosto y de una chance de 1 en 3 de que sea fuerte en octubre-diciembre. 

¿Los efectos más graves serían solo en 2027?
No necesariamente. El pico podría concentrarse entre finales de 2026 e inicios de 2027, pero desde septiembre y octubre de 2026 ya podrían darse lluvias más persistentes y afectaciones graduales en Ecuador. 

¿Mover la elección a noviembre evita el riesgo?
No de forma completa. Si el fenómeno se consolida en el segundo semestre, noviembre también podría quedar dentro de una etapa de lluvias anómalas y complicaciones logísticas.

¿Qué zonas serían más vulnerables?
Principalmente la costa y las cuencas bajas, donde aumentan los riesgos de inundación, desbordamientos y daños a la infraestructura. 

Entonces…

La evidencia disponible no permite tratar noviembre de 2026 como una fecha plenamente blindada frente a los efectos de El Niño. Si bien los modelos sitúan los impactos más críticos entre finales de 2026 y comienzos de 2027, también apuntan a un deterioro progresivo desde el segundo semestre, con señales que podrían hacerse visibles desde septiembre u octubre en forma de lluvias prolongadas, mayor humedad y afectaciones tempranas en la costa ecuatoriana. 

Por eso, la discusión no debería plantearse como si el riesgo empezara solo en 2027. El cambio de fecha puede haber buscado esquivar el peor escenario, pero no deja automáticamente fuera de peligro a la jornada electoral. La pregunta de fondo sigue abierta: si el fenómeno puede empezar a alterar las condiciones del país antes del pico, el traslado de las seccionales a noviembre no elimina el problema; apenas lo desplaza a una fase previa del mismo proceso climático.

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