En el ecosistema digital actual, una fotografía ya no es solo una imagen. Es un archivo de datos, un contenedor de información técnica y contextual que puede ser analizada, cruzada e interpretada por sistemas automatizados.
En la era de la inteligencia artificial, una imagen puede revelar mucho más de lo que aparenta.
En muchos hogares se repite la misma escena: un adolescente edita una foto antes de compartirla. Borra la matrícula de un coche, elimina el logotipo del uniforme escolar, cambia el fondo con una herramienta de IA o difumina un rostro. La sensación es tranquilizadora: “Ahora es segura”. Sin embargo, esa sensación puede ser engañosa.
Como advierte el experto en protección del menor y ciberseguridad Guillermo Cánovas, una fotografía editada con inteligencia artificial puede seguir revelando la ubicación exacta en la que fue tomada.
En determinados contextos, incluso puede facilitar la identificación del colegio o del entorno habitual de un menor. El riesgo no está únicamente en lo que vemos, sino en lo que no vemos… y en lo que la tecnología es capaz de inferir.
Este explicativo aborda el problema desde una perspectiva técnica, jurídica y educativa.
Editar no es anonimizar: el riesgo de los metadatos ‘Exif’
Cada vez que un teléfono celular toma una fotografía, puede incorporar automáticamente información técnica al archivo. Y a estos datos se los conocen como metadatos ‘Exif’ (Exchangeable Image File Format).
Entre la información que pueden contener se encuentran:
- Coordenadas GPS exactas
- Fecha y hora de captura
- Modelo del dispositivo
- Parámetros técnicos de la cámara
- Orientación del teléfono
Si la geolocalización está activada, las coordenadas quedan incrustadas en el archivo original. Y ese es el punto crítico.
Es que, cuando una imagen se comparte sin eliminar estos metadatos, cualquier persona que descargue el archivo puede consultar sus propiedades y extraer la información.
Introducir esas coordenadas en un servicio como Google Maps permite localizar con precisión el punto exacto donde fue tomada la fotografía.
La asociación internacional de auditoría y seguridad tecnológica ISACA ha advertido que los metadatos ‘Exif’ constituyen un riesgo de seguridad frecuentemente subestimado, especialmente cuando revelan patrones de rutina o ubicaciones sensibles, como domicilios o centros educativos.
Entonces, ¿las redes sociales eliminan estos datos?
No siempre. Algunas plataformas suprimen parte de los metadatos al subir imágenes. Sin embargo, si la fotografía se envía como archivo original, por ejemplo, como “documento” en aplicaciones de mensajería, puede conservar íntegra su información técnica.
La mayoría de los usuarios desconoce esta diferencia. Y esa brecha de conocimiento es, en sí misma, un factor de riesgo.
Cuando no hay metadatos: geolocalización visual mediante IA
Eliminar los datos GPS ya no garantiza anonimato.
Hoy existen sistemas de inteligencia artificial capaces de estimar la ubicación de una imagen analizando exclusivamente su contenido visual. Herramientas como GeoSpy han demostrado que es posible inferir ubicaciones a partir de elementos como:
- Arquitectura
- Vegetación
- Señalización vial
- Idioma de carteles
- Relieve del terreno
- Mobiliario urbano
- Orientación de sombras
La IA compara estos patrones con enormes bases de datos geográficas y genera una estimación probabilística.
Investigaciones publicadas en arXiv muestran que los modelos de visión por computadora pueden geolocalizar imágenes sin metadatos con niveles relevantes de precisión. Esto implica un cambio sustancial: incluso un ‘selfie’ aparentemente neutro puede contener suficientes pistas contextuales para aproximar su ubicación.
La privacidad ya no depende solo de borrar datos técnicos, sino también de comprender la capacidad inferencial de los sistemas actuales.
El efecto acumulativo: cuando una foto no es solo una foto
El riesgo rara vez se origina en una única imagen. Se construye por acumulación.
Publicaciones repetidas en el mismo entorno, historias con horarios, comentarios que mencionan lugares o trayectos cotidianos: todo suma. La inteligencia artificial puede cruzar esa información y reducir progresivamente la incertidumbre geográfica.
En el caso de menores, este efecto acumulativo puede permitir identificar:
- El centro escolar
- El barrio de residencia
- La ruta habitual entre casa y colegio
La fotografía deja de ser un instante aislado y se convierte en un elemento dentro de un patrón.
El problema no es únicamente técnico; también es jurídico.
En Europa, el Reglamento General de Protección de Datos establece que es dato personal cualquier información que permita identificar directa o indirectamente a una persona. La ubicación geográfica puede encajar en esta definición si posibilita la identificación.
La Agencia Española de Protección de Datos ha insistido en la necesidad de extremar la prudencia al publicar imágenes de menores, especialmente cuando contienen información contextual que pueda facilitar su identificación o localización.
Los centros educativos deben aplicar el principio de protección de datos desde el diseño y por defecto. Las familias, por su parte, deben asumir que compartir imágenes con información geográfica no es una decisión trivial.
La posibilidad de geolocalizar imágenes puede facilitar conductas como:
- Ingeniería social
- Seguimiento no autorizado
- Acoso dirigido
- Doxxing
Un agresor no necesita una dirección exacta; basta con reducir la incertidumbre. Si una IA aproxima una ubicación y esa información se cruza con redes sociales, horarios escolares o referencias familiares, el riesgo aumenta de manera significativa.
La exposición no siempre es inmediata, pero puede construirse con el tiempo.
Más allá de la foto: los retos generales de la IA en menores
La reflexión del experto Guillermo Cánovas va más allá de la geolocalización. El uso creciente de sistemas como ChatGPT, Claude o DeepSeek plantea desafíos adicionales.
Entre ellos:
- Impacto en el pensamiento crítico
El uso intensivo sin acompañamiento pedagógico puede reducir el esfuerzo cognitivo autónomo.
- Privacidad cognitiva
Las interacciones personales alimentan sistemas que procesan información potencialmente sensible.
- Autoridad percibida
La fluidez lingüística de estos modelos puede generar una percepción de veracidad automática.
- Fraude académico
Presentar como propio contenido generado por IA constituye una forma de engaño.
- Sesgos algorítmicos
Los modelos pueden reproducir sesgos presentes en los datos de entrenamiento.
- Dependencia emocional
La personalización puede fomentar vínculos simulados que requieren supervisión adulta.
Editar una imagen genera una sensación psicológica de protección. Se realiza una acción visible, difuminar, recortar, sustituir el fondo y se asume que el riesgo ha desaparecido.
Pero los riesgos invisibles pueden permanecer. Metadatos, patrones arquitectónicos, hábitos repetidos: la tecnología actual puede reconstruir información a partir de fragmentos. Esta distancia entre percepción y realidad constituye uno de los grandes retos de la alfabetización digital contemporánea.
La responsabilidad no recae únicamente en las familias.
Empresas como OpenAI o Anthropic desarrollan sistemas que operan en entornos donde la protección de menores debe integrarse desde el diseño. La regulación internacional sobre inteligencia artificial avanza hacia mayores exigencias de transparencia, evaluación de riesgos y protección de datos sensibles.
La cuestión es tecnológica, pero también ética y política.
La respuesta no es el alarmismo, sino la formación.
Algunas medidas concretas:
- Talleres sobre metadatos
Enseñar a los estudiantes a identificar y eliminar información EXIF. - Análisis de geolocalización visual
Explicar cómo la IA puede inferir ubicación sin necesidad de GPS. - Protocolos claros en centros educativos
Establecer criterios transparentes sobre la publicación de imágenes. - Diálogo familiar estructurado
Conversar sobre qué significa realmente compartir información en línea.
La alfabetización digital del siglo XXI exige comprender tanto lo visible como lo inferible.
Conclusión
La inteligencia artificial no convierte automáticamente una fotografía en un peligro. Lo que transforma es el contexto en el que esa imagen circula.
Antes, el riesgo estaba en lo que se veía. Hoy también está en lo que se puede deducir.
Una fotografía puede contener coordenadas. Puede revelar patrones.
Puede alimentar sistemas capaces de extraer más información de la prevista.
Como subraya Guillermo Cánovas, la solución no pasa por el miedo, sino por la educación.
Hay que recordar que, editar no es anonimizar. Borrar no es proteger. Compartir no es neutro. En la era de la inteligencia artificial, una fotografía puede ser un recuerdo. Pero también puede ser un mapa.
Fuentes:
- Guillermo Cánovas – Análisis y declaraciones públicas sobre IA, privacidad y menores.
- ISACA – Informes sobre riesgos de metadatos EXIF.
- arXiv – Investigaciones académicas sobre geolocalización de imágenes mediante IA.
- Reglamento General de Protección de Datos.
- Agencia Española de Protección de Datos.
- Documentación técnica del estándar EXIF.
- Información pública sobre herramientas como GeoSpy.

