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miércoles, febrero 11, 2026

Mujeres en la ciencia, la brecha que el 11 de febrero nos obliga a mirar

Cada 11 de febrero no se marca una efeméride más en el calendario internacional. Se conmemora el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, una fecha que existe porque, pese a los avances en educación y derechos, la igualdad dentro de la investigación científica aún no es una realidad.

Este día, no surgió de un gesto simbólico aislado, sino de un diagnóstico respaldado por resoluciones y datos. En 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró oficialmente el 11 de febrero como Día Internacional para reconocer el papel clave que desempeñan las mujeres en la comunidad científica y tecnológica y para promover su participación plena y en igualdad de condiciones.

Pero ¿por qué fue necesario crear este Día? ¿Qué dicen las cifras? ¿Y qué implica para países como Ecuador?

La igualdad de género no es una agenda reciente dentro del sistema internacional. Desde 1945, la Carta de las Naciones Unidas, establece entre sus propósitos promover el respeto a los derechos humanos sin distinción por sexo.

Con el paso de las décadas, la ONU desarrolló instrumentos específicos. En 2011, la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer adoptó conclusiones sobre el acceso y la participación de mujeres y niñas en educación, capacitación, ciencia y tecnología. En 2013, la Asamblea General reconoció que la participación plena de mujeres y niñas en ciencia, tecnología e innovación es imprescindible para alcanzar la igualdad de género y el desarrollo sostenible.

El 22 de diciembre de 2015 se dio el paso definitivo: se proclamó el 11 de febrero como Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia. La resolución destacó el trabajo de organismos como la UNESCO, ONU Mujeres y la Unión Internacional de Telecomunicaciones para promover el acceso de mujeres y niñas a las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).

La fecha se enmarca, además, en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que reconoce la igualdad de género no sólo como un derecho humano fundamental, sino como una condición para el crecimiento económico, la innovación y la sostenibilidad.

¿Qué muestran los datos globales?

El diagnóstico más completo proviene del Instituto de Estadística de la UNESCO. Según su informe más reciente sobre la brecha de género en la ciencia, publicado en 2024, pero con datos de 2021,  las mujeres representaban el 31,7 % del total de investigadores a nivel mundial. Es decir, apenas una de cada tres personas dedicadas a la investigación científica es mujer. 

Si se consideran únicamente los países que reportaron datos entre 2018 y 2021, la cifra global asciende a 33,7 %, aunque sigue lejos de la paridad. 

Las diferencias regionales son significativas:

  • Asia Central: 49,6 %
  • América Latina y el Caribe: 44,4 %
  • Europa Occidental: 33,9 %
  • África Subsahariana: 31,5 %
  • Asia Meridional y Occidental: 25,9 %

América Latina y el Caribe se sitúan por encima del promedio mundial. Sin embargo, eso no implica que la brecha esté cerrada. Además, la UNESCO advierte que el progreso global ha sido lento en la última década.

Otro problema estructural es la falta de información sistemática. Entre 2018 y 2021, 98 de 195 países no suministraron datos actualizados sobre la representación femenina en la ciencia. Sin estadísticas comparables y continuas, resulta más difícil diseñar políticas públicas basadas en evidencia.

La propia UNESCO subraya que la paridad numérica no refleja por completo la realidad: contar investigadoras no permite observar con claridad las brechas salariales, el acceso desigual a financiamiento, la estabilidad laboral o la presencia en cargos de liderazgo.

El caso de Ecuador: una brecha más marcada

En Ecuador, el desafío es evidente. Según la Red Ecuatoriana de Mujeres Científicas (Remci), solo el 28 % de las personas dedicadas a la ciencia son mujeres.

La cifra está por debajo del promedio regional de América Latina y el Caribe (44,4 %, según datos de la UNESCO) y también del promedio mundial.

Esta diferencia tiene implicaciones concretas: menor representación femenina en equipos de investigación, menor presencia en liderazgo académico y en espacios de toma de decisiones dentro del sistema científico nacional.

En un país que busca fortalecer su capacidad de innovación y desarrollo, la subrepresentación de mujeres en el ecosistema científico no es un dato menor.

La desigualdad no se explica únicamente por el acceso inicial a la educación. Como hemos explicado en esta nota, los estudios muestran que las barreras aparecen en distintas etapas de la trayectoria científica:

  • Estereotipos de género desde la infancia.
  • Menor acceso a financiamiento y redes académicas.
  • Sobrecarga de tareas de cuidado.
  • Sesgos en procesos de contratación y promoción.
  • Subrepresentación en cargos de liderazgo.

Cerrar esta brecha requiere inversión sostenida. La ONU estima que se necesitan 360.000 millones de dólares adicionales por año hasta 2030 para avanzar hacia la igualdad de género a escala global.

Entre las prioridades señaladas por el Secretario General están: aumentar la inversión en mujeres, combatir la pobreza, implementar financiamiento con perspectiva de género, avanzar hacia una economía del cuidado sostenible y fortalecer a quienes impulsan cambios estructurales.

Preguntas frecuentes

¿La brecha de género en la ciencia es un problema global?
Sí. El promedio mundial muestra que las mujeres representan menos de un tercio del total de investigadores. 

¿América Latina está en mejor situación que otras regiones?
En términos porcentuales regionales, sí. Con 44,4 %, supera el promedio mundial. No obstante, persisten desigualdades en liderazgo, financiamiento y condiciones laborales.

¿La paridad numérica garantiza la igualdad?
No. La representación cuantitativa no refleja necesariamente igualdad en salarios, estabilidad, reconocimiento o acceso a recursos

¿Por qué es relevante esta fecha?
Porque visibiliza una brecha estructural y refuerza la necesidad de políticas públicas basadas en datos y orientadas a la igualdad de oportunidades.

Entonces, el 11 de febrero no es una celebración decorativa. Es un recordatorio de que la ciencia, pese a su aspiración de objetividad, también está atravesada por desigualdades sociales.

Cuando solo una de cada tres personas investigadoras en el mundo es mujer y en Ecuador la proporción es aún menor, la brecha deja de ser abstracta.

Cerrar esa distancia no es únicamente una meta estadística. Implica garantizar igualdad de oportunidades desde la infancia hasta el liderazgo científico, fortalecer políticas públicas y sostener compromisos de largo plazo.

El 11 de febrero no responde a una pregunta simbólica. Plantea una cuestión concreta: cuánto estamos dispuestos a hacer para que la igualdad en la ciencia deje de ser una aspiración y se convierta en una realidad verificable.

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